Batalla de Pavía

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La ofensiva del marqués del Vasto en el Piamonte. La toma de Mondovi y Carignano

 


Tras la ruptura de hostilidades por parte de Francia, en julio de 1542, bajo el pretexto de la pérdida de dos capitanes enviados a obtener una alianza con el Turco y Venecia contra Carlos V, las fuerzas imperiales se pusieron en marcha en el Piamonte. Así, a la plaza de Chieri había llegado el marqués del Vasto con su gente, siendo recibido por el maestre de campo del tercio de Lombardía, el segundo de creación tras la disolución disciplinaria de Vigevano, en 1538. Francisco de Prado tenía en esos momentos en Chieri cinco banderas de infantería española y cuatro piezas de artillería. Para la campaña que iba a tener lugar, acudió a Chieri también Cesareo de Nápoles con dos banderas de infantes italianos para unirlas a los españoles. 

El 17 de septiembre las fuerzas imperiales se pusieron sobre su primer objetivo, la plaza de Chivasso, situada en la margen norte del río Po, a unos 25 kilómetros al norte de Chieri. El maestre de campo envió "a un atambor a los de la villa, mandándoles que se rindiesen", pero los franceses que defendían la plaza, "por verse fuertes", se negaron a ello, creyendo que podrían resistir fácilmente en el interior. Francisco de Prado ordenó tener lista para la mañana siguiente la batería artillera y, al poco de amanecer, se comenzó a batir la muralla de la villa, logrando abrir brecha en ella por la que penetró la infantería española e italiana, causando "muchos muertos de los franceses, y los demás feridos y presos". El maestre ordenó entonces que parte de la infantería italiana quedase de guarnición en Chivasso, por ser una plaza importante para la comunicación entre Turín y el Monferrato. 

La siguiente presa sería la villa de Castelrosso, a poca distancia al este de Chivasso. Esta vez no sería necesario plantear combate ya que, los defensores, sabiendo lo ocurrido en la recién tomada villa, se rindieron al maestre de campo español, quien permitió que marcharan sanos y salvos. Al igual que en Chivasso, se dejó gente italiana y provisiones para poder resistir cualquier improvisado ataque francés en la villa, volviéndose Prado y Nápoles a Chieri para informar de las conquistas al marqués del Vasto. Tras ello, Nápoles regresó con los italianos que le quedaban a su plaza de Volpiano, mientras que Francisco de Prado quedó en Chieri a la espera de las órdenes que diese el marqués del Vasto. 

La Jornada de Túnez

 


El 21 de julio de 1535 las fuerzas imperiales del César Carlos V entraban en la plaza de Túnez, que había sido tomada por el corsario Barbarroja un año antes tras deponer a Muley Hassan, vasallo de España, acabando momentáneamente con la amenaza corsaria en la zona. 

Durante el verano de 1534 los corsarios otomanos suponían un grave peligro en el Mediterráneo Occidental, destacando entre todos ellos, Jeireddin Barbarroja, quien consiguió aglutinar bajo su mando una potente fuerza berberisca y la puso al servicio del sultán Solimán I, llamado El Magnífico. La situación empeoró ostensiblemente tras la captura de Túnez por parte de Barabarroja, en agosto de 1534; los ataques de los corsarios otomanos se incrementaron de tal forma, que muchos pueblos costeros de España e Italia tuvieron que ser abandonados ante la imposibilidad de protección, mientras otros gastaban ingentes cantidades en mejorar sus defensas ante un eventual ataque. 

La situación era tan crítica, que el rey Carlos I de España hubo de convocar a su Consejo de Guerra para decidir cómo solventarla. Para ello solicitó la ayuda de otras naciones que estaban viendo sus intereses amenazados por la actividad corsaria otomana. De este modo se le unieron Portugal, la República de Génova, los Estados Pontificios y la Orden de Malta. Venecia, que también había visto atacadas algunas de sus poblaciones, decidió no intervenir puesto que aún estaba vigente un pacto de no agresión firmado con el Imperio Otomano décadas antes. De este modo, durante el invierno de 1534-1535, se desarrolló una febril actividad en los puertos de Barcelona, Génova, Lisboa o Amberes, Todos los preparativos estaban encaminados a poner en circulación una gran armada que llevase al poderoso ejército que el rey español iba a llevar consigo para recuperar Túnez.

Guerreros: El Gran Duque de Alba (Parte I)



Fernando Álvarez de Toledo, III duque de Alba, fue el mejor militar de su tiempo, un auténtico guerrero al servicio de España y de sus reyes, al que la historiografía, principalmente anglosajona aunque también nacional, ha tratado injustamente, en gran parte por sus años como gobernador de los Países Bajos.

Pero lo cierto es que el duque de Alba fue un gran hombre de su tiempo; querido por sus hombres y temido por sus enemigos, un portento del arte de la guerra, con una inteligencia y astucia muy superior a la de sus rivales, lo que le llevó a no arriesgar de manera inútil hombres y recursos, y a vencer en todas las batallas en las que participó. Fue capaz de sacar el máximo partido a los exiguos recursos de los que dispuso, mediante una habilidosa planificación estratégica de todas sus campañas, basando su fuerza en la sorpresa, velocidad y un detallado estudio del terreno, con los que encadenó brillantes victorias a lo largo de cuatro décadas. 

Pero no solo fue un brillante militar, también fue un hombre de extraordinaria cultura, amante de los clásicos como Tácito, a quien leía con ahínco en latín, y del arte, reclutando a lo largo de toda su vida a grandes músicos, pintores y humanistas. Hablaba y leía perfectamente en latín, francés e italiano, y se defendía con soltura en el alemán, lo que le confería un inmenso valor en el terreno de la diplomacia. Fue un hombre con unos profundos valores caballerescos, inculcados por su abuelo Fadrique, y que le guiarían durante toda su vida. En definitiva, estamos ante un hombre de una talla y calado difícilmente comparables, un hombre que hizo del servicio a la Corona el más alto ideal al que un noble podía aspirar, un hombre que empequeñeció a grandes figuras de su tiempo y al que, tanto al final de su vida como después de su muerte, no se le llegó a hacer justicia. 

Guerreros: Alfonso de Ávalos, II marqués del Vasto

 


El 25 de mayo de 1502 nacía en el castillo de Ischia, Nápoles, Alfonso de Ávalos Aquino y Sanseverino, llamado a ser uno de los más brillantes militares de la historia de España, y uno de los capitanes de mayor confianza del emperador Carlos V. 

Alfonso había nacido en el seno de una de las familias más importantes de españoles afincados en Italia. Los Ávalos, llegados a Nápoles de la mano de Íñigo Dávalos y Tovar, quien se encontraba sirviendo al rey de Aragón Alfonso V, conocido como "el Magnánimo", se convirtieron con el paso del tiempo en la familia más poderosa a través del marquesado del Vasto, y sobre todo del de Pescara. Fue su primo, Fernando de Ávalos, V marqués de Pescara, quien alcanzó mayor fama y gloria y situó a los Ávalos a la cabeza de las familias españolas en Italia. 

Su padre, Íñigo de Ávalos, I marqués del Vasto, título otorgado por el emperador Carlos V, había muerto teniendo Alfonso apenas 18 años, heredando así el título de II marqués del Vasto. Su madre, Laura Sanseverino, le dejó al cuidado de su primo Fernando, trece años mayor que él, y de su mujer, la poetisa Vittoria Colonna, una de las grandes figuras de las artes femeninas italianas. Sin duda alguna estas dos grandes personalidades tuvieron que contribuir decisivamente a la pasión del joven Alfonso por las armas y a su posterior interés por la literatura, fundamentalmente épica. El marqués del Vasto pronto seguiría el camino de su primo mayor y se enrolaría con él en las campañas de 1524. 

Batalla de Cerisoles

 


El 11 de abril de 1544 el ejército francés del conde de Enghien se enfrentó a las tropas imperiales conducidas por el marqués del Vasto en la localidad italiana de Ceresole Alba. Los franceses obtuvieron una victoria táctica, pero los imperiales lograron mantener Milán, objetivo principal francés. 

En el marco de las Guerras Italianas, la última contienda había terminado mediante el Tratado de Niza, que pretendía frenar durante diez años la guerra en Italia entre Carlos V y Francisco I. El emperador, cansado ya de tanta guerra y hastiado por los incumplimientos del rey francés, quiso buscar una solución definitiva al enfrentamiento que desde décadas atrás se venía produciendo entre España y Francia por los territorios italianos. Propuso casar a su hija María de Austria con el hijo de Francisco, heredando el matrimonio los Países Bajos, Charolais y el condado de Borgoña a la muerte del emperador. 

No fructificaron las negociaciones por las enormes ambiciones del rey francés, que ansiaba más que nada en el mundo el ducado de Milán. Francisco quería romper el acuerdo y buscó como pretexto la muerte de dos de sus embajadores ante el Imperio Otomano, acusando falsamente a España de ser la responsable. Las hostilidades se rompieron el 12 de julio. De este modo Francisco tenía al fin su nueva guerra y un nuevo intento para hacerse con el Milanesado. Su primer movimiento fue en el norte, en el frente de Flandes; pero el ejército imperial, con el príncipe de Orange a la cabeza, rechazó a los franceses con la ayuda de las tropas inglesas que habían desembarcado en Normandía tras los acuerdos firmados entre Enrique VIII y el emperador en febrero de 1543.

Las Guardas de Castilla. Orígenes



Las Guardas de Castilla se constituyeron como el primer cuerpo militar profesional y permanente en España, ideadas como una tropa de élite que debía proteger el reino de las amenazas internas y externas, a semejanza de los hombres de armas o gendarmes de Francia. 

La Guerra de Granada supuso un punto de inflexión en las tácticas militares españolas. La renovación bélica que se va a producir en las siguientes décadas es de una crucial importancia en la propia historia de España y Europa; desde los Reyes Católicos al emperador Carlos V, su nieto, se va a avanzar a un ritmo imparable pasando de la Santa Hermandad a los afamados Tercios, que se convertirían en la más eficiente máquina militar durante siglo y medio hasta su declive a partir de la segunda mitad del siglo XVII. 

De esta forma a finales del siglo XV tendremos en España un conjunto de fuerzas militares de distinta procedencia y utilidad, formado por las Guardas de Castilla, la Santa Hermandad, la caballería de vasallos y las distintas fuerzas aportadas por los nobles y por los concejos, así como una fuerza dedicada exclusivamente al manejo de la artillería. De todas ellas, solo las Guardas tenían un carácter permanente y, lo que es más importante, estaban formadas por auténticos profesionales de la guerra, no obstante las integraban los llamados hombres de armas, y dependían únicamente de la autoridad real. 

La Guerra de los 80 Años: Los Orígenes (Parte I)

La Guerra de los 80 Años fue, en gran medida, la causa del derrumbamiento del poderío español y el final de su hegemonía en Europa. Una guerra que siempre se pensó originada por enfrentamientos de índole religioso pero que escondió un trasfondo mucho más complejo; ambiciones políticas y económicas se unieron a las cuestiones de fe para hacer estallar uno de los más largos y sangrientos conflictos que se han dado a lo largo de la historia de Europa. 

Este penoso conflicto desangró durante décadas la hacienda de la Corona Española y se llevó por delante la vida de muchos de los mejores hombres que las tierras de España parieron, lo que, unido a otras guerras en las que se involucró el reino, y al constante flujo de españoles que marchaban hacia las Indias buscando huir del hambre y la pobreza, con la ilusión del oro y la plata que aventuraban las anécdotas e historias que circulaban por cada rincón del reino, propició una debacle demográfica, económica y social de la que España tardaría en recuperarse demasiado tiempo, perdiendo así su posición dominante en Europa. 

A los largo de las ocho décadas que duró esta guerra se vivieron algunas de las batallas más épicas y algunas de las gestas más increíbles que el mundo militar ha visto. Episodios como la batalla de Jemmingen, el Socorro de Goes, el Asedio de Haarlem, el Milagro de Empel, o la Toma de Breda, ya forman parte del imaginario de los amantes de la historia militar, y constituyen solo unos pocos de los muchísimos ejemplos de lo que unos pocos hombres consiguieron luchando contra todo y contra todos, movidos por la lealtad a su reino y a su rey y la inquebrantable fe en su dios. 

Guerreros: Sancho Dávila



Sancho Dávila y Daza vino al mundo un 21 de septiembre del año 1523 en la ciudad castellana de Ávila y alcanzó merecida fama por sus notables éxitos militares en las 4 décadas en las que combatió en los campos de batalla de media Europa y del norte de África.

Sancho de Ávila o Dávila era hijo del militar comunero Antonio Blázquez Dávila, veterano del asedio de la fortaleza de Fuenterrabía, y de Ana Daza, de notoria familia hidalga. Tuvo dos hermanos, Tomás y Beatriz, y quedó huérfano a la temprana edad de 15 años, por lo que se encomendó a los hábitos, como muchos otros hidalgos en España.

Inició estudios eclesiásticos esperando seguir los pasos de su tío, Pedro Daza, que era el archidiácono de la catedral de Ávila, recibiendo formación en filosofía, latín, gramática y teología, pero viajó a Italia para seguir formándose y cambiaron todos sus planes, descubriendo la pasión de las armas. Fue en Italia, concretamente en Roma, donde decidió unirse al Tercio de Hungría de Álvaro de Sande, veterano soldado de Túnez, que marchaba para Alemania para luchar en las disputas del Emperador Carlos V con la Liga de Esmalcalda.

Los Tercios: El Origen. De los Reyes Católicos a las Ordenanzas de Génova


Mucho se ha especulado con el origen de los tercios, las unidades de infantería que iban a emplear los reyes de España para extender sus dominios por Europa y allende los mares. La versión más extendida sobre los orígenes es la que apunta a la época del Gran Capitán durante las dos primeras guerras de Italia contra Francia, y señalan al militar español como el introductor de una serie de reformas que posteriormente darían lugar a los tercios, que acabarían convirtiéndose con el tiempo en una máquina de guerra casi imparable durante siglo y medio. 

Sin embargo el doctor en historia por la Sorbona de París, René Quatrefages atribuye el origen a los propios Reyes Católicos y su adaptación del modelo suizo de piqueros. Sea como fuere, es obvio que no no podemos olvidar las labores organizativas del ejército español que lleva a cabo Gonzalo Fernández de Córdoba como capitán general del ejército, como tampoco las evoluciones que poco después se van a ir desarrollando en Italia, principalmente en Lombardía, donde un ejército permanente va a ser usado por el emperador Carlos V para responder a sus necesidades bélicas, y cuyas unidades, de la mano de generales tan prestigiosos como Próspero Colonna, el marqués de Pescara, o el marqués del Vasto, se van a enseñorear de los campos de batalla.

Tampoco podemos olvidar la particularidad de las gentes de la guerra españolas. A diferencia del resto de reinos europeos, los distintos reinos cristianos de la Península Ibérica han pasado los últimos ocho siglos combatiendo frente al invasor musulmán; haciendo de la guerra una cuestión de supervivencia y, sobre todo, una forma de restablecer el antiguo reino visigodo, del que los distintos reinos se consideraban herederos. Esta característica va a cristalizar definitivamente a finales del siglo XV y principios del XVI, y de esta forma asistiremos a una revolución militar como pocas se hayan visto, con el uso masivo de las armas de fuego, que pondrá a la Monarquía Española al frente de la innovación en el arte de la guerra, haciendo caer en el olvido los modelos combativos que hasta el momento dominaban los campos de batalla de la vieja Europa. 

De la Paz de Niza a la Paz de Crépy: el asedio de Saint-Dizier


El 8 de julio de 1544 las tropas imperiales de Carlos V, bajo el mando del virrey de Sicilia, Ferrante Gonzaga, iniciaban el asedio de la importante plaza francesa de Saint-Dizier, que acabaría siendo tomada tras más de un mes de duros combates. 

La Paz de Niza de 1538 había paralizado las hostilidades entre España y Francia, al menos por el momento. Carlos ansiaba la paz con Francisco I, y le propuso casar a su hija María con el segundo hijo del rey francés, el duque de Orleans, entregándoles los Países Bajos. Pero la ambición de Francisco no conocía límites y no cedió a las pretensiones del emperador, empezando negociaciones secretas con los protestantes y los turcos para romper la paz firmada. 

Aprovechando el desastre español de la jornada de Argel el año anterior, Francia se lanzó en enero de 1542 a ocupar Stenay, un estratégico enclave de la región de Verdún y un formidable paso sobre el Mosa. Por si no fuera bastante, el 12 de julio proclamó la ruptura de la paz y comenzó con el asedio de Perpiñán.

Batalla de Pavía




El 24 de febrero de 1525 las tropas imperiales de Carlos V aplastaban a los ejércitos del rey francés, Francisco I, en la batalla de Pavía, al sur de Milán, batalla que sería la tumba de buena parte de la nobleza francesa de aquella época y en la que caería preso de los españoles el propio monarca galo.

En el contexto de las Guerras Italianas, España y Francia se medían en un conflicto por decidir cuál era la potencia dominante en Europa. Francisco I, que había perdido la carrera por el trono al Sacro Imperio contra el monarca español Carlos I, se lanzó a la invasión de Navarra a comienzos de octubre de 1521, mientras que en noviembre del mismo año el ejército español entraba en Milán y provocaba la huida de las tropas francesas de la ciudad, quedando como último reducto el castillo de la ciudad, al que Antonio de Leyva y el marqués de Pescara pusieron asedio de inmediato con tropas alemanas. 

A pesar de ello, el rey galo no se dio por vencido y se lanzó contra el Milanesado nuevamente, amenazando Pavía y Monza hasta que, el 27 de abril de 1522 los españoles lograron una de las victorias más espectaculares e increíbles de la historia en la Batalla de Bicoca. España seguía imponiendo su hegemonía en Europa gracias a la visión estratégica del propio monarca, que además contaba con los mejores mandos militares del momento. Hombres como Próspero Colonna, el marqués del Vasto o el de Pescara, Carlos de Lannoy o Antonio de Leyva, constituían la élite de los ejércitos de toda Europa. 

Rendición de Ulm. Campaña del Danubio


Un 23 de diciembre del año 1546 la ciudad de Ulm, una de las principales ciudades que sustentaban la revuelta de la Liga Esmalcalda contra el emperador Carlos V, capitulaba, finalizando así con éxito la campaña del Danubio emprendida por las fuerzas imperiales contra los protestantes alemanes.

Las tensiones religiosas vividas a comienzos del siglo XVI en Alemania desembocaron, tras la Confesión de Augsburgo, en la creación de la Liga Esmalcalda, nombrada así por celebrarse en la ciudad alemana de Turingia, en 1531. Con ella, diversos príncipes luteranos alemanes, liderados por el landgrave Felipe de Hesse y el elector de Sajonia, Juan Federico, formaban una alianza militar con el propósito de defender el protestantismo.

Si bien en un principio no se declaró una guerra abierta contra el emperador y el catolicismo, las expropiaciones de tierras, las expulsiones e incluso ejecuciones y linchamientos a la población católica, hicieron que los príncipes de dicha confesión religiosa, encabezados por el duque de Baviera y por Jorge de Sajonia, se organizasen formando la Liga Católica en 1538, también conocida como Santa Liga de Nuremberg, por ser esa ciudad la elegida para acoger la reunión.

Los años transcurrieron con bastantes tensiones hasta la celebración de la Dieta de Ratisbona, a comienzos del verano de 1546. El emperador Carlos se había estado preparando para una posible revuelta; consiguió firmar un acuerdo con el papa Paulo III por el que Roma se comprometía con más de 10.000 soldados y un aporte económico de 200.000 ducados. También consiguió atraer a su causa al margrave de Brandemburgo-Kustrin, al de Brandemburgo-Kulmbach, al duque de Brunswick-Kalemberg, e incluso al duque Mauricio de Sajonia, uno de los más notables príncipes protestantes.

Carlos V toma Cateau-Cambrésis


El 3 de noviembre del año 1543 las fuerzas imperiales de Carlos V pusieron en fuga a los ejércitos franceses del rey Francisco I, que se hallaban acampados en Cateau-Cambrésis, dejando expedito el camino de las fuerzas del emperador hacia Cambrai.

Como respuesta a los ataques franceses de 1542, orquestados por Francisco I contra las posesiones de la Corona Española, tanto en la propia frontera de España como en el Milanesado y sobre todo en los Países Bajos, Carlos V emprendió en 1543 una enérgica política tanto diplomática como militar, para recuperar la iniciativa en el teatro europeo.

Completamente desengañado de la palabra y el honor del rey francés, el cual no tenía reparos en incumplir sus juramentos, como el realizado para obtener su liberación tras su captura en la batalla de Pavía, o sus pactos con el Turco, a pesar de declararse como "Rey Cristianísimo", Carlos comprendió que la única manera de tratar con el monarca galo era mediante la vía de las armas.

Batalla de Bicoca


El 27 de abril del año 1522 tenía lugar en la villa de Bicoca, en el Milanesado, una batalla entre las fuerzas francesas y venecianas contra los ejércitos del emperador Carlos, dirigidos por Próspero Colonna, la cual terminó con una sonora victoria de las fuerzas imperiales.

En el marco de la Guerra de los Cuatro Años, que enfrentaba a la Francia de Francisco I y su aliada Venecia contra el Emperador Carlos V y los Estados Pontificios por el control del norte de Italia, se produjo la batalla de Bicocca, una contienda que dejaría huella incluso siglos después, recordando las tácticas que el famoso Gran Capitán había aplicado en los campos de batalla italianos dos décadas antes. 

Los franceses, apoyados por el Estado de Venecia, se habían lanzado en 1521 a la ocupación del Milanesado. Odet de Foiex, vizconde de Lautrec, había reunido un ejército de más de 40.000 soldados, entre los que se encontraban mercenarios suizos a las órdenes de Albert von Stein y las Bandas Negras del condottiero Giovanni de Medicis. Para evitar que los franceses tomasen Milán, las tropas imperiales, comandadas por el gran militar Próspero Colonna, oponían apenas 12.000 soldados, por lo que Colonna, al igual que Fernández de Córdoba antes, estudió el terreno y le sacó el máximo partido posible. Celebró consejo con el duque de Tratto, el duque de Termenes, el marqués de Pescara, el marqués de Civita Sant Angelo, el conde Golisiano, Antonio de Leyva, Georg von Frunsberg y Fernando de Alarcón, comisario general del ejército, resolviendo interceptar al ejército de Lautrec que había abandonado la idea de tomar Milán ante la obstinada defensa que habían planteado los españoles. 

Batalla de Mühlberg. La Campaña del Elba



El 24 de abril de 1547 las tropas imperiales, comandadas por el propio emperador Carlos V, obtenían una victoria aplastante en la localidad alemana de Mühlberg, sobre el ejército de la Liga de Esmalcalda, dirigido por Juan Federico I, Elector de Sajonia, y Felipe I, Landgrave de Hesse.

Creada en 1531, la Liga Esmalcalda agrupaba a los territorios de Sajonia, Hesse, El Palatinado, Brunswick, Bremen, Lübeck, Magdeburgo, Estrasburgo, Ulm y Constanza entre otros, extendiendo sus dominios desde el Báltico hasta Suiza, con el fin de apoyar la Reforma Luterana y debilitar el poder del emperador del Sacro Imperio, Carlos V. Lo que en un primer momento era una unión para tratar de mantener los privilegios de los príncipes protestantes, se acabó convirtiendo en una guerra sin declaración previa, más aún con las ayudas recibidas por los protestantes desde Francia primero, y más tarde desde Dinamarca.

Alentados por el titubeo y la tolerancia inicial del emperador, pronto empezaron las confiscaciones de tierras a la Iglesia Católica y la expulsión y persecución de católicos, ya que los protestantes no solo buscaban imponer su fe, sino apropiarse también del patrimonio de sus enemigos. Los príncipes católicos se unieron algo más tarde, en 1538, bajo la llamada Liga Católica o Santa Liga de Nuremberg. Reclamado por la Iglesia, Carlos V, como emperador, estaba obligado a defender al catolicismo de los constantes ataques en los territorios protestantes, por lo que se decidió a actuar acompañado por su hermano Fernando, archiduque de Austria y rey de Hungría y Bohemia, y de sus aliados en Baviera, territorio que permanecía fiel a la Iglesia Católica. 

Carta de Carlos V a Francisco Sarmiento

"Primeramente el dicho maestre de campo ha de hordenar y procurar, que el amistad y buena hermandad, que agora se tiene con los súbditos de la Señoría de Venecia se conserve y aumente. Otrora se ha de procurar buena amistad con los pueblos y gente principal de los cristianos moriacos dando a entender a todos la potencia y benignidad de S.M. y de la Santa Liga... Y en caso que se tenga aviso cierto, si cerca deste lugar hay alguna banda de turcos, y pareciendo que se les puede dar alguna buena mano o encamiçada, y hacer buena presa de ellos ó de sus haciendas y ganados, podrá permitir el dicho maestre de campo que para tal caso puedan salir hasta myl hombres."

Carta del Emperador Carlos V al maestre de campo Francisco de Sarmiento, a cargo del tercio de Castelnuovo.

"Estudios Históricos; 1515-1555" (Francisco de Laiglesia).



Guerreros: Juan de Urbieta


Un 22 de agosto del año 1553, moría en Hernani Juan de Urbieta Berastegui y Lezo, soldado de los tercios españoles que alcanzó gran fama tras capturar, junto a 2 compañeros de armas, al rey francés Francisco I en la batalla de Pavía.

Natural de Hernani, su destino parecía estar ya marcado por el contexto en el que nació, ya que su llegada a este mundo se produjo cuando los Reyes Católicos acababan de dar las primeras Ordenanzas Municipales con las que, a partir de entonces, debía regirse su villa natal. La entrada del ejército francés en Guipúzcoa para apoyar a Navarra contra las tropas de Fernando el Católico, provocó enfrentamientos que, en el caso de Hernani, supusieron un incendio que destruyó el lugar echando por tierra todos los planes previstos para su desarrollo económico, social y político.

Tras servir como criado en la Casa de los Artola, durante su estancia en San Sebastián consideró que la mejor forma de defender a su patria era comenzar con la carrera militar. Llegó a Italia como arcabucero, combatiendo en Bicoca y posteriormente en Pavía, donde las tropas francesas sufrieron un durísimo golpe y vieron, al menos durante un tiempo, imposibles sus pretensiones sobre Italia.
Es en Pavía, al sur de Lombardía, donde Juan de Urbieta adquiriría la merecida fama.

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