Sitio de Ostende

La Batalla de las Dunas

 

El 21 de octubre de 1639 tenía lugar la batalla naval de las Dunas en la que la flota española del almirante general Antonio de Oquendo sufría un desastre mayúsculo en las costas inglesas frente a la flota holandesa del almirante Maarten Tromp.  

La guerra contra Holanda se recrudecía por momentos. Atrás habían quedado los tiempos de la Tregua de los Doce Años y los holandeses, crecidos por la intervención francesa en la Guerra de los 30 Años, cada vez ponían en mayores apuros a los españoles. La situación se volvía insostenible y el Cardenal-infante, Fernando de Austria, necesitaba con urgencia tropas y dineros, por lo que realizó una desesperada petición a la Corte de Madrid. 

Felipe IV ordenó a su mejor marino, Antonio de Oquendo, organizar una flota que fuera capaz de llevar los tan ansiados dineros y hombres a Flandes. Éste comenzó a hacer los preparativos en Cádiz, reuniendo cuatro escuadras que zarparon hacia La Coruña, donde llegaron en agosto para reunirse con otras cuatro escuadras españolas. Una vez completados todos los preparativos la flota española estaba lista para zarpar rumbo a Flandes.

La armada que había de zarpar de Coruña estaba compuesta por 51 buques de distintas escuadras. Oquendo dirigía su escuadra formada por los galeones Santiago de España, nave capitana de 1.300 toneladas y 60 cañones, el San Agustín, nave almiranta con similar número de cañones, Esquevel, San Pablo, Santiago de Castilla, La Coruña, Los Ángeles, las urcas San Pedro Mártir y La Fama, y un par de pataches. La escuadra de Martín Ladrón de Guevara, que estaba compuesta por los galeones San Pedro el Grande, El Gran Alejandro, Santiago de Portugal y el San Esteban.

También iba la escuadra de Nápoles, bajo el mando del general Pedro Vélez de Medrano, quien llevaba de segundo al almirante Esteban de Oliste. La escuadra de Jerónimo de Massibradi, que llevaba de almirante a Mateo Ulajani y estaba formada por los galeones Orfeo, San Carlos, San Blas, San Nicolás, Santa Cruz, San Pablo y San Jerónimo y un patache. 

Las escuadras que esperaban a Oquendo en La Coruña eran la de Galeones de Portugal, bajo el mando de Lope de Hoces, que llevaba de segundo al almirante Tomás de Echaburu el cual mandaba el imponente Santa Teresa, de 1.300 toneladas y 60 cañones. A éste se le sumaban otros 5 galeones más. La escuadra de Dunkerque, al mando de Miguel de la Horna, quien dejó como capitán a Matías Rombau y de almirante a Jerónimo de Aragón. Tenía ésta 7 galeones, cuya capitana era el San José. 

La escuadra de Galicia de Andrés de Castro, quien tenía de almirante a Francisco de Feijoo, y de nave capitana el galeón Santiago, de 1.200 toneladas y 52 cañones. Por último estaba la escuadra de San José, bajo el mando de Francisco Sánchez de Guadalupe y compuesta por 6 galeones, siendo el Cristo de Burgos la capitana. A estas escuadras se habían sumado distintos buques procedentes de Galicia, Vizcaya, Portugal y las Cuatro Villas, y además 12 embarcaciones de transporte fletados a Inglaterra, con quien estábamos en paz en aquel momento. 

En aquella fuerza se embarcaban unos 14.000 hombres, de los que 8.000 eran hombres de mar y algo más de 6.000 infantes de tercios nuevos reclutados en España. Además de los necesario soldados que debían llevarse a Flandes, también se transportaban 3 millones de escudos, muy necesarios para pagar al ejército que llevaba meses de retraso en sus pagas. Podría decirse que el futuro de España en los Países Bajos dependía de aquella flota dirigida por Oquendo. 

El estado de la armada no era el más adecuado. Muchos de los buques estaban en malas condiciones pero el conde-duque de Olivares no parecía verlo y le aseguraba por carta a Oquendo que aquella era la mejor armada que se había visto partir de España desde los tiempos de la Gran Armada de 1588. No era de esa opinión el almirante de la escuadra de Galicia Francisco de Feijoo quien advertía que la armada estaba falta de todo, con gente muy bisoña y que servía más de estorbo que de otra cosa, o que los artilleros eran poco e inexpertos. 

El 31 de agosto se dictaron las últimas instrucciones y se embarcó a toda la tropa en los buques, confesándose y escuchando todos misa antes de partir. A comienzos de septiembre partieron dejando la ría coruñesa el día 5 de ese mes. La escuadra de Dunkerque iba de descubierta, por ser la más rápida de todas, mientras que el resto iba en buen orden y pegada a la costa. 

Los holandeses, que estaban enterados por sus espías de los planes de España, habían formado una poderosa flota bajo el mando de Maarten Tromp, un experimentado almirante curtido en numerosos combates. Tromp había ordenado dividir su flota en tres divisiones para así cubrir al máximo posible el Canal de la Mancha. No era intención del holandés plantear batalla, más bien tratar de impedir que los españoles pudieran arribar al puerto de Dunkerque.

El día 15 de septiembre los españoles divisaron la ensenada de Boulogne y aquella misma noche pudieron observar las primeras velas enemigas. La mañana del 16, con el viento a favor y viendo que tan solo había 17 buques holandeses, Oquendo dio la orden de arribar sobre ellos. En cabeza, como no podía ser de otra manera, iba el Santiago de España, y detrás de él se sumaron los buques más marineros. 

Combate entre las escuadras holandesa y española

En ese momento Oquendo cometió un fallo poco habitual en él; al pasar junto a los buques holandeses guardando el fuego de manera gallarda pero poco prudente. Los buques enemigos comenzaron a disparar causando numeroso daños en las naves españolas, por lo que Oquendo esta vez sí dio la orden de hacer rugir su artillería. De manera incomprensible los españoles no trataron de abordar los barcos holandeses, algo que era su especialidad, por lo que Tromp pudo escapar vivo de aquellos combates refugiándose en la ensenada de Bolougne. Esto ha sido objeto de controversias entre los estudiosos de aquella batalla. 

Las pérdidas en ambos bandos fueron similares en cuanto a hombres, aunque los holandeses, por ser menos buques, en proporción salieron vencedores de aquel encuentro. La capitana Real perdió unos 80 hombres entre muertos y heridos, además de quedar casi desaparejada. Por su parte los holandeses sufrieron la pérdida de un galeón; un certero disparo alcanzó su santabárbara y voló por los aires para hundirse en las aguas del Canal con más de un centenar de hombres. Los holandeses se mantuvieron todo el día siguiente a barlovento en línea de fila muy cerrada llegando a tocarse los baupreses con las popas y salieron de la ensenada libres de toda persecución por parte de los españoles. 

El día 17 Tromp recibió refuerzos; era la división del almirante Van Kaart, quien llevaba con él 16 potentes galeones. Ahora Tromp contaba con 32 buques y estaba en condiciones de presentar batalla. No tardó éste en ganar el barlovento y aproximarse a la flota española, dándose inicio a una serie de pequeños combates que tendrían su culminación en la mañana del día 19 cuando el almirante Tromp se lanzó a la carga tras organizar su flota en 3 divisiones. Dos de ellas irían bajo su mando, entrando en columna por el centro español, que en esos momentos se encontraba desorganizado. La otra, bajo el mando del almirante De Witt, segundo de Tromp, iría por fuera de la línea española. 

Los holandeses maniobraron con maestría y causaron importantes daños en la flota española, la cual peleaba con uñas y dientes pero sin dirección alguna. Resulta curioso la falta de organización en una flota con generales de la talla de Oquendo, Hoces, o de la Horna. Fruto de ello se vivieron momentos muy tensos, como cuando el buque de Mateo de Ulajani, quien resultó muerto en esta acción junto al general Francisco Sánchez Guadalupe, fue abordado por varios galeones holandeses, salvándose in extremis por la crucial llegada de dos galeones amigos. Lo cierto es que a pesar del pundonor y el arrojo de los españoles, la flota se salvó del desastre gracias a que el enemigo se quedó sin pólvora. 

Tromp no tuvo más remedio que abandonar el combate y dirigirse al puerto amigo de Calais, donde el gobernador de la plaza le recibió con los brazos abiertos y le facilitó cuanta pólvora y suministros necesitaba. Ante esta fraternal acogida los holandeses hicieron acopio de 500 toneladas de pólvora y repararon aparejos y desperfectos, recompusieron sus tripulaciones, y en tan solo 20 horas estaban listos para pelear de nuevo, en un alarde de eficiencia mayúsculo. 

Por su parte Oquendo se batía en un dilema muy complejo. Muchos de sus buques se encontraban en mal estado tras los combates con los holandeses, carecían igualmente de suficiente pólvora y municiones, y tenía que tomar la decisión de arriesgarse y subir el Canal de la Mancha para llegar a los puertos españoles de Mardick o Dunkerque. El primero era un puerto auxiliar del segundo, habilitado en 1622 para proteger la entrada oeste de Dunkerque, que desde esa misma fecha se había convertido en el principal puerto español en Flandes tras su recuperación en 1583 por parte de Alejandro Farnesio. Oquendo barajó la opción de llegar hasta esos dos puertos pero en Mardick el fondo no era el suficiente para el calado de los grandes buques españoles y Dunkerque se le antojaba difícil de ganar.

Oquendo tomó entonces una decisión que cambiaría el curso de los acontecimientos y decidiría el futuro a corto plazo de la armada española. Estando tan solo a 3 millas de la rada de las Dunas, se decidió por este lugar, puerto neutral inglés, para reparar sus buques y aprovisionarlos. Se encontraba en la costa oriental del condado de Kent, al norte del importante puerto de Dover, y frente a la población de Deal. La rada de las Dunas era bastante amplia y abierta, pero tenía al este los bancos de arena de Goodwin, con el consiguiente peligro que eso suponía para cualquier flota, pues con corrientes adversas podían acabar encalladas allí. A pesar de lo controvertido de la decisión, es más que probable que Oquendo acertara con ella, pues con las prisas que los holandeses se habían dado en reparar sus buques, es lógico pensar que éstos los hubieran cazado antes de poder llegar a los puertos españoles. 

Mapa de la costa de Kent, Inglaterra

Nada más empezar a llegar los españoles a las Dunas los habitantes de Deal mostraron su miedo y enfado ante la presencia de tantos buques. En la rada se encontraba el almirante Pennington con su escuadra de buques y Oquendo, en un alarde de dignidad y de torpeza diplomática, no hizo el obligado saludo a la bandera inglesa, lo que puso a la población aún más en contra de los españoles. Por si la situación no era ya complicada, los holandeses empezaron a entrar en la rada y bloquear la salida. Oquendo no tuvo más remedio que saludar a la bandera y pedir la protección inglesa, ya que se encontraban en puerto neutral, colocándose Pennington con 34 buques ingleses entre ambas flotas para evitar enfrentamientos en sus aguas. 

Oquendo informó inmediatamente al embajador español en Inglaterra y también al Cardenal-infante, quien se encontraba en Dunkerque a la espera de la llegada de la flota del general español, El gobernador de Flandes realizó una intensa labor diplomática y logística y logró enviar cuantos pesqueros y embarcaciones menores pudo, además de refuerzos de marineros y soldaos para cubrir las bajas producidas en los combates en las aguas del Canal. Aprovechando la noche lograron los españoles meter aquellas pequeñas naves en las que pensaban embarcar a los tan necesarios soldados y dineros para Flandes. 

Los españoles aprovechaban siempre las noches para trasladar las sacas de dinero y las partidas de infantes a las embarcaciones pesqueras y de poco calado, de esta forma evitaban las atentas miradas de los holandeses y también de la población inglesa, alineada claramente con los enemigos de España. Tras varias días esperando una buena oportunidad ésta llegó en forma de espesa niebla en la madrugada del 27 al 28 de septiembre. Sin apenas visibilidad los barcos cargados con los hombres de los tercios y el necesario dinero, lograron sortear el bloqueo holandés de la salida de la rada de las Dunas y dirigirse hacia el puerto de Dunkerque. En total salieron 56 embarcaciones menores y 13 fragatas y pataches, sin que los holandeses pudieran apresar más de 6 barcos. La operación había sido un éxito total y la misión principal de la flota española se había cumplido. 

Ahora a Oquendo solo le quedaba preocuparse de cómo salir de aquella ratonera, que ya era bastante preocupación. Los ingleses, de manera consciente, estaban retrasando cuanto podían el suministro de pertrechos, pólvora y municiones que los españoles habían solicitado y por el cual pagaban. De esta forma el día 20 de octubre los ingleses enviaron por fin la tan ansiada pólvora poco antes de caer la noche. No era suficiente, ni mucho menos, pero Oquendo la repartió entre sus principales galeones y se aprestó a combatir contra un enemigo que había ido recibiendo refuerzos paulatinamente hasta contar con más de 100 buques de guerra y 16 brulotes. 

Oquendo convocó a su consejo de guerra esa misma noche y dirimieron qué opciones tomar. Aunque había opiniones que abogaban por quedarse en la rada, la mayoría compartía la opinión del almirante general de que los ingleses no eran de fiar, y de que probablemente se unieran a un hipotético ataque por parte de Tromp. De esta forma a primera hora de la mañana del 21 de octubre los españoles, aprovechando la niebla matinal propia de aquellas costas, levaron anclas y largaron velas, yendo en primer lugar la capitana real seguida del Santa Teresa de Lope de Hoces.  

Al despejar la niebla Oquendo comprobó estupefacto cómo tan solo le seguían 21 buques, destacando entre ellos el mencionado Santa Teresa, las naves capitanes de las escuadras de Dunkerque y de Massibradi, o la almirante de la escuadra de Galicia de Francisco de Feijoo, única que siguió al Santiago de España, pues toda su escuadra, bajo el mando de Andrés de Castro, había varado en los bancos de arena de Goodwin, junto con otros cuantos buques más, siendo más de 20 galeones los que quedaron atrapados en aquella rada a pesar de contar con vientos favorables. En este punto es lógico pensar que pudiera haber habido "mala voluntad o apocamiento de algunos de los capitanes", como señala Cesáreo Fernández Duró. 

Sea como fuere lo cierto es que ahora Oquendo se encontraba en una proporción de fuerzas de casi 6 a 1 en su contra. Los holandeses, que ya habían salido de la ensenada y se encontraban esperando a los buques españoles, lanzaron tres de sus brulotes contra la capitana de Oquendo, quien ordenó arriar los botes y tratar de desviar los navíos de fuego. En eso se pusieron los marineros del Santiago de España quienes, mediante una serie de maniobras casi suicidas, lograron cumplir el objetivo. De igual forma enviaron dos brulotes más contra el Santa Teresa, el cual estaba siendo batido por un incesante fuego desde los buques holandeses. 

El buque de Lope de Hoces, quien se encontraba herido en un brazo y una pierna, pudo evitar los dos brulotes lanzados, y otros dos más que habían desviado los marineros de la capitana real, pero no un quinto que hizo arder el barco y llevarlo a pique tras una fortísima explosión, consumiendo las aproximadamente 600 vidas que llevaba a bordo. Los combates se prolongaron desde la mañana hasta la noche. La resistencia de algunos buques españoles fue épica, como por ejemplo la de la almiranta de la escuadra de Galicia, que combatió durante toda la tarde contra 5 buques holandeses siendo rendida al anochecer. 

Batalla de las Dunas. Museo Naval

El Santiago de España peleó de una manera tan brava que rozaba la locura, combatiendo contra más de 25 buques enemigos en muchos momentos. Cuesta imaginar lo que podía pasar por la cabeza de aquellos aguerridos marinos, recibiendo un incesante fuego de artillería y repeliendo cada intento de abordaje por parte del enemigo. Oquendo tuvo que tirar de todas sus dotes de oratoria y de personalidad para mantener el ánimo y la moral de la tropa a su cargo, de esta forma logró llevar su buque, mantenido a flote mediante 5 bombas de achique, al puerto de Mardick esa misma noche. La capitana real había recibido 1.700 disparos, tal y como alardeaba el propio Oquendo, y había entrado en el puerto español enarbolando el estandarte real, para júbilo de los que allí se encontraban. Oquendo exclamó: "ya no me queda más que morir, pues he traído a puerto con reputación la nave y el estandarte". 

Poco después entraron en el puerto la capitana de la escuadra de Massibradi acompañada de siete buques más de la escuadra de Dunkerque. De los otros buques que salieron de la rada de las Dunas se rindieron nueve, acabando la almiranta de Galicia de Feijoo, la almiranta de Vizcaya y el galeón de Gaspar de Carvajal, hundidos en el fondo del mar al ser arrastrados por los buques holandeses a sus puertos. El resto de los barcos embarrancaron en las costas francesa y de Flandes para no entregarse al enemigo. De igual modo nueve navíos que vararon en los bancos de arena de Goodwin, pudieron regresar posteriormente a Dunkerque. 

Las cifras de buques hundidos y fallecidos son muy diversas. La propaganda protestante exageró hasta la saciedad la derrota española, presumiendo del hundimiento de 43 buques y haber dado muerto a unos 6.000 hombres, cifras del todo improbables, dado que tan solo había 8.000 hombres de mar en toda la flota y el total de buques que zarparon de Coruña eran 51. Seguro es que se perdieron casi una treintena de navíos, entre los que quedaron varados en los bajíos, que fueron posteriormente "ocupados" por los ingleses, como los perdidos en los combates contra los holandeses. El número de fallecidos pudo superar ampliamente los 2.000 hombres, pero no podemos olvidar que las tripulaciones varadas quedaron en Inglaterra y volvieron más tarde a España, lo mismo que muchas de las tripulaciones que embarrancaron en las costa francesa. 

Por su parte los holandeses admitieron una pérdida de 10 buques y más de 1.000 hombres, lo cual es con mucha probabilidad una cifra inferior a la real, dada la manía que tenían éstos de exagerar sus victorias y ocultar sus fracasos. Pero aun admitiendo estos datos como válidos, es de justicia destacar la brillante defensa que los españoles hicieron, pues tan solo 22 buques salieron de la ensenada de las Dunas y plantaron cara a más de 100 naves holandesas. 

Viendo en perspectiva los acontecimientos Oquendo actuó de la forma más prudencial y acertada en la elección de la rada de las Dunas como lugar donde reparar y reabastecer su flota. En el estado en el que se encontraban los buques españoles, no hubieran tenido tiempo de remontar las aguas del Canal y llegar hasta Dunkerque, y hubieran sido presa fácil de la flota holandesa que en tan solo 20 horas fue puesta a punto en Calais. En cuanto a la decisión de salir de la rada de las Dunas también hay que señalar el acierto del almirante general, pues los ingleses estaban confabulando con Tromp, quien iba a atacar a los buques españoles en la misma ensenada, donde es casi seguro que hubieran acabado con toda la flota de Oquendo. 

No podía contar el marino español con la traición de los ingleses; tampoco con la falta de pericia marinera o, por qué no decirlo, mala fe de algunos de sus capitanes, que vararon sus buques en las arenas de aquellas aguas, quedándose sin 23 de sus buques y en una inferioridad de casi 6 a 1. Otra cosa bien distinta es la incomprensible orden de no abrir fuego hasta que era demasiado tarde en aquel primer encuentro con la pequeña escuadra de Tromp, o que los españoles no abordaran a los buques holandeses en ese momento, algo que hubieran podido hacer sin problemas. 

Sea como fuere la derrota en las Dunas supuso un golpe para la armada de Felipe IV imposible de soportar. La pérdida de tantos y tan buenos buques constituyó un debilitamiento terrible para los intereses de la monarquía española, hastiada ya por tanta guerra y tantos enemigos. Si bien la misión que llevaba Oquendo desde España pudo cumplirse, el precio pagado por ello fue demasiado elevado. Peleó el general español con determinación y valor, también con pericia y brillantez. Prueba de ello fueron las palabras del almirante Maarten Tromp ante las críticas de los Estados Generales por no haber sido capaz de rendir al Santiago de España y apresar su estandarte: "la capitana real de España, con Don Antonio de Oquendo dentro, es invencible". 

Antonio de Oquendo 


Maarten Tromp


Galeón Santa Teresa, hundido en las Dunas

Batalla de las Dunas. Reinier Nooms






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