El Milagro de Empel

Los Tercios: Las Formaciones


Los Tercios fueron sin duda alguna la mejor fuerza de combate de los siglos XVI y XVII. Esto fue posible gracias no solo a los soldados que los componían; hombres forjados para la guerra como no había otros en Europa, sino también por lo innovador y revolucionario de sus tácticas de combate, cuyo origen se remontaba a los tiempos del Gran Capitán.

Hoy en día cuesta imaginar cómo era la vida de los soldados de los tercios. Aguantar las penosas condiciones a las que estaban sometidos; el frío, el calor, el hambre, la sed, la falta de pagas... y sobre todo el miedo, algo inevitable cuando rompía el combate. Cervantes, en su inigualable Don Quijote de la Mancha, escribía: "sonaba el duro estruendo de espantosa artillería; acullá se disparaban infinitas escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes". Para hacer frente a tales adversidades sería fundamental el entrenamiento y la disciplina, de tal manera que el soldado fuese capaz de aprender y desarrollar las tácticas de combate y mantener el orden en los momentos más complicados de la batalla.

Por tanto los tercios van a desarrollar, a través de dicho entrenamiento y disciplina, una serie de tácticas que los van a convertir en perfectas máquinas de guerra. Algunas de las enseñanzas obtenidas con las tácticas que el Gran Capitán desarrolló durante las Guerras italianas serán el empleo combinado de las fuerzas por mar y tierra; la movilidad de la infantería, capaz de avanzar por cualquier terreno; el uso masivo de las armas de fuego; las formaciones en profundidad, capaces de maniobrar con gran ventaja sobre los enemigos; y la importancia de la elección del terreno. El elemento esencial desde el cual van a partir estas tácticas se encuentra en las formaciones. Los tercios van a desarrollar principalmente tres tipos de formaciones: de batalla, de marcha y de guarnición.

La formación básica de la infantería para el combate va a ser el escuadrón de picas, capaz de resistir las cargas de la temible caballería pesada, a la que desplazará en relevancia, a la vez que ofrece protección a las armas de fuego, que tanto van a cambiar el arte de la guerra en el siglo XVI. Sancho de Londoño afirma que "en el frente de los escuadrones deben poner las más largas picas". Estas formaciones van a hacer que la infantería, formando en cuadros cerrados, se imponga en los campos de batalla, gracias a la combinación de armas de asta y de fuego y de su movilidad.

Tercios en instrucción de manejo de armas de fuego

-El Escuadrón.

El escuadrón era la unidad básica de los tercios. Un cuadro de infantes formado en hileras y con una forma rectangular que ofrece sus cuatro lados al enemigo. Por tanto, en las filas exteriores se situarán los llamados coseletes, los que disponían de armadura completa y con las picas cumplidas (no recortadas), es decir, las más largas, como señalaba Londoño. Era rectangular debido a que la distancia con el piquero de al lado (hombro con hombro) era de un pie, mientras que con el de atrás y el de delante era de dos y medio, lo que permitía realizar adecuadamente las maniobras.

En la vanguardia de los escuadrones iba lo más granado de los infantes, ya que se consideraba un honor entre los soldados españoles estar en primera línea de combate. Los coseletes más lucidos y de mejor calidad ocupaban las primeras filas. El centro estaba reservado para los tambores y pífanos, que daban las instrucciones a los soldados y, naturalmente, para la bandera, emblema sagrado de la compañía y que nunca debía caer.

La relación ideal era de 3 a 7, es decir, cada soldado debía ocupar 3 pies de ancho por 7 de profundidad, como advertía Martín de Eguiluz, de esta manera se conseguía un cuadro perfecto ya que permitía que el piquero operase con comodidad a la par que se conseguía una formación lo suficientemente cerrada para impedir que el enemigo pudiera penetrar en ella y romperla. Éste era el escuadrón básico, conocido como Escuadrón de gente, formado por el mismo número de hombres de frente que de fondo.

Formación en el desembarco de las Azores

Otro tipo de escuadrón era el Escuadrón cuadro de terreno, donde el número de soldados que debía haber para formar un cuadrado perfecto era de 7 en el frente por cada 3 soldados en profundidad. También existía el Escuadrón de doble frente, donde la relación era de 2 soldados en el frente por 1 de fondo, o el Escuadrón de gran frente, en el que la formación era de 3 soldados en el frente por 1 de profundidad.

Las formaciones en triángulo se consideraban poco provechosas, ni siquiera en la horcajadura de un valle. Para batir una fortificación se recomendaba el orden de Corona o Círculo tondo globo, que es como la llamaban los macedonios. Eguiluz apuntaba que "tiene de redondo 600 pies, que son 200 pasos, y caben 200 soldados por hilera, y tiene de fondo 105 pies, que son 15 hileras, que por cuenta conviene medir cada hilera de por sí".

Formación en triángulo. Martín de Eguiluz

Otra formación era la de Media luna, dificultosa de realizar en orden de pelear con picas. Eguiluz, en su Discurso y Regla Militar nos ofrece una ejemplo: "tiene 8.000 picas con que hacerle, y el terreno ocupa un ruedo de 500 pies, que es 166 soldados, a 3 pies cada uno de costado, y con ellos se parten los 8.000 soldados, y salen 48 hileras y sobran 32 soldados para las banderas". Con este tipo de formación se corría el peligro de que la caballería enemiga flanquease la formación, por lo que para evitar esto el Sargento Mayor deberá ordenar que vuelvan las caras hasta 7 o 9 soldados de cada hilera del flanco que esté en peligro.

Formación de media luna. Martín de Eguiluz

El Cuadro de terreno fuerte era una formación para los casos en que se hallase un ejército poco numeroso rodeado por tres de sus lados por un ejército mayor. Por ejemplo, en un contingente de 12.700 picas "cabe a cada uno a 4.233 y un soldado más que llevará el uno; y entre los escuadrones queda la plaza de lo que en el campo hay; es en cuadro de terreno, porque ocupe harta frente, y salen 42 hileras de a 100 soldados cada una, y sobran en cada uno en los dos a 33 y el otro 34 y se guardan las espaldas el uno al otro".

Formación cuadro de terreno fuerte. Martín de Eguiluz

Para calcular estas formaciones estaba el Sargento Mayor. Éste debía conocer el número de soldados de que disponía, fundamentalmente coseletes y picas secas, el terreno en el que iban a formar y las características y números del enemigo al que se iba a enfrentar. No era tarea fácil escuadronar, de manera que a lo largo de los siglos XVI y XVII surgieron numerosos eruditos en la materia que hicieron del arte de formar toda una ciencia, publicando multitud de tratados y estudios al respecto.

Tabla de escuadronar

Uno de los grandes estudios sobre cómo escuadronar lo encontramos en la ya mencionada obra Discurso y Regla Militar, del alférez Martín de Eguiluz. Éste advertía que se debía mediar el terreno mediante la mediad de medio pie geométrico cúbico, que eran doce onzas de un pie. El Sargento Mayor tenía que tener en cuenta que "cada hilera de banderas ocupará por dos de picas, que son catorce pies con sus tambores y pífanos para estar desavahadas y poder campear de modo que no estorben a las hileras de picas que están vecinas detrás y delante".

Orden de batalla. Martín de Eguiluz

-Las Guarniciones. 

Las guarniciones servían para proteger los escuadrones de piqueros en su punto más vulnerable: los flancos, que era por donde más fácil podía penetrar una carga de caballería. También auxiliaban a las mangas de arcabuceros, ya que de aquí salían hombres para refrescarlas cuando caían sus compañeros o agotaban sus municiones o sobrecalentaban sus armas. Normalmente formaban en 5 hileras de arcabuceros situadas a los costados de las piqueros, ya que la protección que podían ofrecer las picas caladas era precisamente de 5 hileras.

-Las Mangas.

Las mangas de arcabuceros se situaban en las esquinas de las formaciones y solían disponerse en filas 10 a 15 arcabuceros y una profundidad de 8 a 12, siendo la primera la considerada como ideal. De igual forma se entendía que las mangas no debían superar los 300 hombres, por ser más complicadas de manejar. Situadas a vanguardia y retaguardia, su objetivo era desgastar al enemigo con una descarga continuada de fuego. Podían despegarse de la formación y escaramuzar con la infantería o caballería enemiga, pudiendo volver rápidamente al resguardo de la formación si la situación se complicaba.

Los españoles eran auténticos maestros en el manejo de las armas de fuego, siendo capaces de disparar con más acierto y recargar más rápido que ningún otro ejército de su época. Los arcabuceros españoles gustaban de realizar la primera rociada a bocajarro, ya que era la más mortífera y desordenaba por completo el ataque enemigo. Con la introducción paulatina del mosquete también se establecieron mangas de mosqueteros, de esta manera en las formaciones solían encontrarse 4 mangas de arcabuces y otras tantas de mosquetes, siendo también muy extendida la formación con 4 mangas de arcabuceros y 2 de mosqueteros situados en vanguardia, ya que podían ofender al enemigo a una mayor distancia.

Arcabuceros escaramuzando

También existían las mangas volantes, que no eran más que grandes grupos de arcabuceros o mosqueteros que combatían sin la protección de los piqueros, usando un frente amplio y una adecuada profundidad, normalmente de 5 filas, para descargar grandes rociadas de fuego de manera constante. Las mangas se adelantaban al resto de sus compañeros y escaramuzaban y desgastaban al enemigo. Además siempre podían volver a la protección y resguardo de los cuadros de picas, aunque con el paso del tiempo el número de arcabuces y mosquetes iba a aumentar hasta llegar a las dos terceras partes de la formación, por lo que era inviable resguardarlos a todos.

Sancho de Londoño apuntaba que "a cada tercio puede ocurrir necesidad de hacer con sólo sus soldados escuadrón, en el que las banderas, el bagaje y todos ellos se reparen de caballería, o mayor número de infantería, formando un escuadrón cuadrado de gente de a 10 hileras por cada una de las partes, 47 picas en alto y 53 en hondo, y dejando en el centro lugar de 890 hombres, para meter el bagaje e impedimentos, guarneciendo los dos costados de a 371 arcabuceros por costado, y haciendo dos mangas de cada otros tantos de las dos compañías de ellos, que es costumbre haber en cada tercio y de los 58 que sobran 800 que son el tercio de los 8 compañías de piqueros".

Formación de los tercios en combate. Batalla de Nördlingen

-La Marcha. 

Tan importante como la formación en el combate era la formación a la hora de marchar, algo que se aprendió de las Guerras italianas, ya que un ejército desordenado en movimiento era un blanco fácil para un enemigo disciplinado. Londoño señalaba muy acertadamente que "grandísimo cuidado se debe tener, en que caminando el ejército, especialmente habiendo enemigos cerca, que más veces se ofrece ocasión de romperle en el camino, que en escuadrones formados, en los cuales los soldados están en orden armados y determinados para combatir, pero caminando sin gran orden, muchos no llevan las armas cumplidas, porque no creen ser necesarias, y yendo sin pensamiento de pelear, fácilmente se turban a cualquier incursión de enemigos, y turbados una vez difícilmente se ponen en orden".

Los ejércitos españoles solían marchar con las picas en el centro de la formación y los arcabuces y mosquetes en vanguardia y retaguardia, que también ocupaba parte de la caballería ligera en sus labores de reconocimiento y que además cubría los flancos dando protección a la marcha. La retaguardia era ocupada por la caballería pesada, el tren de artillería, municiones, bagaje y víveres, así como toda suerte de acompañantes, y era dotada de protección por pequeños grupos de coseletes y algunos arcabuceros. "Débese antes de partir de un lugar, considerar muy bien, y reconocer el camino, que se ha de hacer, si es llano o expedito, o montuoso y embarazado de todo, y conforme a como fuere, debe ir la gente ordenada", reflexionaba Londoño.

Tercios en formación de marcha

-Acampada y fortificación. 

Acampar resultaba una cuestión de vital importancia ya que, al igual que la marcha, un ejército ordenado y dispuesto podía rechazar cualquier ataque por sorpresivo que fuese. El lugar donde acampar las tropas dependía de un buen número de factores, tales como el tamaño del ejército, el terreno a elegir y la calidad, cantidad y cercanía del enemigo.

La elección del terreno era crucial. Londoño indicaba que había que "considerar la templanza y sanidad del aire, si la tierra es seca y paludosa, rasa o cubierta de árboles, llana o montañosa, sombría o demasiado ofendida del sol, si las aguas que en tal sitio se hallan son corrientes claras y de buen sabor o al contrario". Ocupar un lugar desde el que poder privar al enemigo de una posición de ventaja o desde el que poder ofenderle más fácilmente con su artillería era otra de las consideraciones más importantes a la hora de elegir el lugar de descanso y campamento.

La forma de asentar el campo podía ser cuadrada, circular, triangular o rectangular, pero nunca debía ser muy estrecho "porque la estrechura puede constipar demasiado los soldados", como reflexionaba Londoño, ni tampoco demasiado amplio, de tal forma que se haga complicada la reagrupación de fuerzas o la transmisión de órdenes. En el centro del campamento se solían colocar los mandos del ejército, de tal forma que pudieran despachar órdenes y recibir información a la mayor brevedad posible. Además los soldados se situaban por nacionalidades para evitar roces y mantener mejor la disciplina.

Posición fortificada del Tercio de Juan del Águila en Kinsale

Si era posible a cada tercio se le asignaba un cuartel propio con su plaza de armas en la parte más necesaria, de tal forma que las tropas puedan salir del campamento sin problemas, y una plaza particular para los mercaderes y vivanderos, distribuidos por calles para facilitar el abastecimiento de los soldados sin distinción de nación. Se debe disponer de tal forma que las vituallas y el agua puedan entrar y salir del campamento de la manera más rápida, separando animales de hombres para evitar cualquier enfermedad.

Convenía fortificar el campamento, más aún si la estancia se iba a prolongar durante varios días o si el enemigo se encontraba cerca. Londoño recomendaba hacer las trincheras "cuando menos nueve pies de hondo y hasta diez y siete en ancho, echando la tierra, como dicho es tras césped y fajinas, de manera que no se pudiese caer, mas hecha a manera de muro pudiesen poner sobre ella los instrumentos que usaban en lugar de artillería". A cada compañía se le asignaba un tramo de trinchera y, mientras se realizaba, las armas se colocaban en orden en torno a su respectiva bandera, mientras que a su vez, los infantes que no trabajaban, ofrecían protección junto a la caballería para evitar cualquier ataque enemigo.

Por último, una vez fortificado el campo, era necesario organizar las guardias de tal forma que el campamento pueda quedar protegido gracias al aviso de los centinelas, los cuales se colocaban en las trincheras y en posiciones elevadas para observar mejor los alrededores. Las guardias debían no durar más de 3 horas, evitando así que los hombres se durmieran o se agotaran, y eran inspeccionadas por el Sargento Mayor, quien procuraba mantener la disciplina, el buen hacer y la moral alta de sus hombres.

Tercios en el asedio de París




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