Para 1624 Mansfeld había disuelto su ejército ante la imposibilidad de seguir combatiendo y pagarlo, y estaba cómodamente asentado en Frisia, mientras que Brunswick había sufrido la pérdida del suyo tras la Batalla de Stadtlohn, y Bethlen Gabor se había avenido a un nuevo acuerdo de paz en Hungría. Esto supuso que Fernando II empezase a licenciar a sus tropas y que el ejército de la Liga Católica detuviese sus levas y se acuartelase a la espera de nuevos acontecimientos.
En el norte del continente Dinamarca y Suecia empezaban a erigirse como nuevos paladines del protestantismo. Cristian IV de Dinamarca era un luterano moderado que tenía en alta estima a España, con la que guardaba muy buenas relaciones, y desconfiaba de los holandeses, con los que tenía una enemistad manifiesta. No era partidario del calvinismo radical que estaba asolando el imperio por lo que había buscado la paz en los primeros años del conflicto. Era un hombre de una constitución formidable, fuerte y sagaz, pero sus miedos le llevaron a cometer gravísimos errores. Por otro lado estaba el rey sueco Gustavo Adolfo, un belicoso monarca con un carisma tremendo, que entendía aquella guerra como una especie de cruzada contra Roma y para la cual comenzó a prepararse ya en 1623.
