martes, 15 de enero de 2019

Defensa de Panamá. El final de Drake

El 15 de enero de 1596 Francis Drake daba la orden a sus buques de zarpar y abandonar el intento inglés de saquear Panamá, tras haber sufrido una sucesión de derrotas, que lo dejaron enfermo y completamente abatido.

En el marco de la Guerra anglo-española, que ya se alargaba por 10 años, la reina Isabel I encargó a dos de sus militares de mayor prestigio, Francis Drake y John Hawkins, ambos antiguos piratas, la misión de atacar las posesiones españolas en el Caribe, y desestabilizar el dominio de Felipe II sobre las rutas hacia América.

Si bien es cierto que la estrella de Drake no brillaba como antaño, debido a su nefasta dirección de la "Contraarmada", en 1589, que tenía por objeto atacar y saquear varios puertos españoles, el veterano pirata seguía teniendo un aura casi mística entre sus hombres, por lo que la reina lo sacó de su "destierro" en Plymouth, tratando de revertir el curso de la guerra, que se inclinaba inexorablemente del lado español, tras las derrotas en Coruña, Lisboa o las Azores.

Drake, convencido de que lo más dañino para España era atacar sus posesiones en el Caribe, le propuso el plan a la reina, que finalmente accedió a tal empresa, colocando como segundo de Drake a John Hawkins, y dando el mando de la infantería una vez en tierra al general Thomas Baskerville. Para ello contaban con 6 galeones reales, los mejores de la armada inglesa: el "Garland", el "Adventure", el "Hope", el "Defiance", el "Bonaventure" y el "Foresight". A estos buques había que sumarles más de una veintena de pinazas y numerosas barcazas y naves menores para transporte de tropas y pertrechos. Drake, además, contaba con 3.000 soldados y más de 1.500 marinos.

El optimismo era desbordante en la corte de la Pérfida Albión, y nada hacía presagiar algo distinto a una completa victoria inglesa, que diese la vuelta a la tortilla a una guerra que estaba asfixiando económica y moralmente a las islas. Pero la realidad es que desde el primer momento y, como ya sucediera en anteriores expediciones de Drake, la falta de provisiones supondría un gran contratiempo.

Tras valorar el alcance del problema, Drake y Hawkins concluyeron que sería imposible llegar al Caribe, por lo que tomaron la decisión de atacar las islas Canarias, al advertir el general Baskerville que podría hacerse en menos de medio día, y con un mínimo de bajas, con Las Palmas. Hasta allí llegarían el día 4 de octubre, sin reparar en que Alonso de Alvarado, gobernador de la plaza, había advertido su presencia y movilizaba a unos 1.500 hombres para defenderla.

El resultado sería la retirada de los ingleses tras más de una hora de fuego de artillería y mosquetería española, en la que perdieron casi medio centenar de hombres y diversas barcazas de desembarco. La empresa no iba a resultar como aseveraba Baskerville, por lo que Drake, más prudente de lo habitual, trató de desembarcar una decena de hombres para aprovisionarse de agua, siendo éstos muertos o capturados, y descubriéndose el plan original de los ingleses.

Alvarado no perdió un segundo y mandó aviso a América y España, mientras que Drake se aprovisionaba de agua en la Gomera, poniendo rumbo hacia el Caribe el 6 de octubre. Para principios de noviembre llegaron los ingleses allí, poniendo el ojo en Puerto Rico, donde el galeón español "Nuestra Señora de Begoña" estaba siendo reparado tras sufrir un temporal mientras transportaba plata.

A la vez que esto ocurría, llegaba por la retaguardia inglesa Pedro Téllez de Guzmán con una escuadra de 5 fragatas, más rápidas y marineras que los galeones reales ingleses, aunque de menor tamaño, que habían sido enviadas nada más recibir el mensaje que desde Canarias envió el gobernador Alvarado.

A la altura de las islas Guadalupe, en las Antillas, Guzmán arremetió contra la flota inglesa en una temeraria y singular acción, ya que el enemigo le superaba ampliamente. Pero la mejor maniobrabilidad y mayor rapidez de sus fragatas, unido al gran conocimiento español de aquellas aguas y a su disciplina y pericia en el combate, decantaron la balanza del lado del intrépido capitán. Los ingleses perdieron en aquella jornada a casi un centenar de hombres, incluidos 53 muertos, y al buque "Francis", que cayó en poder español juntos son los supervivientes de éste.

Guzmán, enterado del propósito inglés, puso rumbo inmediato a San Juan, en Puerto Rico, reforzando así las pobres defensas de la ciudad, que apenas contaba con 400 soldados y unos centenares de vecinos. También se unieron cerca de 300 hombres del general Pardo Sancho Osorio, capitán del "Nuestra Señora de Begoña".

El 22 de noviembre llegaron los ingleses a San Juan, y lo hacían sin Hawkins, quien había muerto el día 12 por unas fiebres. Pudiendo verse las velas enemigas por la Punta Escambrón, donde fondearon al atardecer, sin percatarse de la cerca que se encontraban del fuerte de San Felipe del Morro. Al caer la noche, y cuando Drake cenaba con sus oficiales, los españoles abrieron fuego contra el buque insignia de Drake, alcanzado su comedor y matando en el acto a los capitanes Clifford y Brown. Los ingleses levaron anclas y se batieron con las defensas de la plaza mientras trataban de salir del alcance del fuego español.

A la noche siguiente, aprovechando la nubosidad reinante, los ingleses enviaron 30 barcazas con casi 1.500 efectivos. El plan consistía en prender fuego a las fragatas españolas, y casi lo logran. Lanzaron artefactos incendiarios en 3 de ellas, pudiendo apagarse el fuego en 2, pero la luz de las llamas de la "Magdalena", hizo visible las barcazas enemigas, por lo que la dotación de las fragatas españolas se cebó con los ingleses, convirtiendo aquellas aguas en una auténtica carnicería. Más de 400 muertos y una decena de barcazas perdieron los de Drake, quien debía huir nuevamente.

Dos fracasos estrepitosos que no sirvieron de mucho al antiguo pirata, que se resignaba a no obtener una victoria con la que presentarse ante la reina. Para ello, y tras comprobar la imposibilidad de tomar poblaciones importantes como Cartagena de Indias, decidió partir hacia Panamá, quizás pensando en obtener botín de algún mercante español. Mientras, Pedro Téllez de Guzmán partía con la plata del "Nuestra Señora de Begoña"el 20 de diciembre, llegando a España sin el menor contratiempo.

Era el 6 de enero de 1596 cuando la flota de Drake llegaba a las costas de Panamá. El lugar elegido para el desembarco era una villa convenientemente abandonada llamada Nombre de Dios, en pleno istmo. Alonso de Sotomayor, gobernador de la provincia de Panamá, había urdido un brillante plan de tierra quemada y lucha de guerrillas, que acabaría resultando letal para el enemigo. Desde el lugar de desembarco partió Baskerville con algo más de 1.000 hombres, mientras que Drake, con las barcazas que le quedaban, remontaría el río Chagres para apoyarle. Lo cierto es que, tras dos días de marcha, Baskerville se plantó ante el fuerte de San Pablo, defendido por 70 españoles bajo el mando del capitán Juan Enríquez, sin obtener noticia alguna de los refuerzos prometidos por Drake, quien permaneció en la costa sin intervenir, como ya había hecho en Lisboa en 1589.

El 8 de enero los ingleses se lanzaban al ataque. Los españoles, con su habitual disciplina y en perfecta formación, consiguieron rechazar uno a uno todos los asaltos enemigos manteniendo una cadencia de fuego insuperable para los hombres de Baskerville. Para mayor desgracia inglesa, a mediodía llegaba el capitán Hernando de Liermo con un refuerzo de 50 hombres. Consciente de lo inútil que sería enfrentarse a un contingente tan superior, situó a sus hombres entre la maleza, ocultos y bien separados entre sí, haciendo sonar los tambores y los clarines, de manera que pareciera que un gran ejército avanzaba hacia el fuerte.

Baskerville, desesperado ante el gran número de bajas que tenía, las enfermedades que asolaban a su ejército, y la ausencia del refuerzo de Drake, decidió batirse en retirada. No sería fácil; los españoles iniciaban la guerra de guerrillas planificada por Sotomayor, convirtiendo los 3 días que tardarían los de Baskerville en llegar a la costa, en un auténtico infierno. Tampoco faltaría la ayuda de los indios, que se lanzaron a la caza de cuantos ingleses se encontraban en el camino. Casi la mitad de sus hombres perdió el general inglés, quien se las tuvo con Drake a su llegada a los barcos.

Las bajas, las enfermedades y la ausencia de agua potable y víveres, hicieron que el antiguo pirata tuviera que izar velas y retirarse el día 15 de enero. Por si fuera poco, cada intento de aprovisionarse de agua era respondido por un ataque español, haciendo que en pocos días casi otro medio centenar de hombres murieran como consecuencia de ello. Drake, abatido y muy enfermo debido a la disentería contraída por beber agua en mal estado, acabaría muriendo el 28 de enero de 1596, siendo su cuerpo arrojado al mar.

Ahora el mando recaía en el general Baskerville, quien resolvió volver a Inglaterra, haciendo antes las reparaciones necesarias para el viaje en la isla de Pinos, en las Antillas Mayores. Mas no acabaría aquí la pesadilla inglesa; una escuadra española de 3 galeones bajo el mando del almirante Juan Gutiérrez de Garibay, quien se había adelantado al resto de la flota que hacía reparaciones en Cartagena de Indias, sorprendió a Baskerville, quien veía cómo la mayor parte de sus hombres aún estaban en tierra recogiendo víveres.

El almirante español arremetió contra la mermada flota inglesa, que aún contaba con 18 buques para presentar batalla, pero el sorpresivo ataque desarboló por completo a los ingleses, quienes huyeron a la carrera, perdiendo en la acción un galeón con 300 hombres a bordo, a los que hubo que sumar otros buques y muchas barcazas y hombres, que no tuvieron tiempo de embarcar. Por su parte, los españoles perdieron un galeón, que se incendió y acabó estallando, y cerca de 80 hombres en aquella acción.

Bernardino de Avellaneda, que había partido junto a Garibay a comienzos de enero desde Lisboa, tras conocer la presencia de Drake en el Caribe, y cuya formación se había visto rota por las fuertes tormentas del invierno atlántico, ahora llegaba hasta Pinos y se lanzaba a la persecución de los ingleses quienes, para ganar velocidad, no dudaron en arrojar por la borda la artillería de la que disponían, renunciando a combatir, teniendo incluso que mojar las velas para ganar impulso, y conseguir abrir distancia y poner rumbo a Plymouth, donde llegarían semanas después.

La misión fue un estrepitoso fracaso, uno de los mayores que ha conocido Inglaterra a lo largo de su historia. Los 5 combates que entablaron con las fuerzas de la Corona Española acabaron en derrota. Sus 2 carismáticos almirantes murieron, junto a 15 comandantes y capitanes y otros 22 oficiales, así como otros 3.000 hombres, entre soldados y marineros. De los 28 buques que habían zarpado de Plymouth un año antes, tan solo regresaron 8, perdiendo 1 galeón, que fue capturado junto a otros 2 barcos de transporte, y resultando hundidos 17 buques más, mientras que en el lado español tan solo hubo que lamentar unas 200 bajas y la pérdida de un galeón y una fragata.

El ilustre poeta español Lope de Vega, apodado el "Fénix de los ingenios", escribió en 1598 una epopeya de título "La Dragontea", inspirado por el apellido del pirata inglés, en la que narraba la muerte de Francis Drake, simbolizado en la obra por un terrible dragón que moría a manos de los soldados españoles, representados por el águila, de ahí que en la portada viniese la expresión latina "Tándem Aquila Vincit" (por fin venció el águila). En su dedicatoria al futuro rey Felipe III, mostraba de esta forma las causas que le habían llevado a escribir dicho poema épico:

"Dos cosas me han obligado a escribir este libro, y las mismas a dirigirme a V. Alteza: la primera que no cubriese el olvido tan importante victoria, y la segunda que descubriese el desengaño lo que ignoraba el vulgo, que tuvo a Francisco Draque en tal predicamento, siendo la verdad que no tomó grano de oro que no costase mucha sangre...".

Portada de la Dragontea

Ruta seguida por la expedición de Drake y Hawkins

Francis Drake

John Hawkins

Alonso de Sotomayor

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Leyes de Burgos

El 27 de diciembre de 1512 el rey de España, Fernando "El Católico", firmaba en la ciudad de Burgos unas pioneras leyes, creadas por una comisión de expertos juristas y teólogos, que organizaban la conquista del Nuevo Mundo y sobre todo, desarrollaban el primer cuerpo jurídico donde se otorgaban derechos a los indios.

Casi 20 años habían pasado ya desde que la expedición dirigida por Cristóbal Colón llegase al Nuevo Mundo, y los españoles se habían extendido por las islas del Caribe, las selvas de Colombia y Panamá, y exploraban hacia el norte la costa mexicana. El descubrimiento de tierras llevaba consigo la necesidad de repoblarlas y sobre todo, de cultivarlas y trabajarlas. Y es que los españoles no habían ido hasta allí a buscar puertos comerciales, como hacían los portugueses, y más adelante los franceses, ingleses u holandeses; los españoles iban a trasplantar España al Nuevo Mundo.

Casi desde el inicio de los viajes a América, en los barcos españoles no solo viajaban hombres, también lo hacían mujeres y familias enteras. A comienzos del nuevo siglo la esclavitud de los indios había sido prohibida, bajo pena de muerte, por la reina Isabel. A los colonos que se establecían en tierras americanas se les asignaba una parcela de terreno y una serie de indios para trabajarlo, los cuales entregaban un tributo fijo, bien fuera en alimentos o minerales, y a cambio los españoles debían darles asistencia, protección y trato justo; esto se llamaba encomienda.

En la práctica no era distinto a lo que ya sucedía en América, donde los indios tenían que servir al cacique local, en el mejor de los casos, y en el peor, eran directamente esclavos de las tribus enemigas. El modelo diseñado por el fraile Nicolás de Ovando en 1503 establecía para los nativos diversos derechos, muy adelantados a su tiempo, pero ni mucho menos era perfecto o se cumplía siempre. Por lo que no tardaron en surgir detractores importantes, sobre todo entre los frailes dominicos, quienes lo veían como una práctica cruel.

Pero lo cierto es que nada tenía que ver con ello. Desde marzo de 1503 los matrimonios entre españoles e indígenas se habían autorizado expresamente, y además los hijos nacidos de esas uniones, los mestizos, no entraban dentro del sistema de encomienda. También, y hay que entender la mentalidad española de la época, la profunda fe religiosa de los que partían al Nuevo Mundo les obligaba a dispensar un trato casi fraternal a los indios, si bien siempre había villanos dispuestos a anteponer su ambición a cualquier principio moral o religioso.

En el último domingo de Adviento, el 21 de diciembre de 1511, el fraile dominico Antonio de Montesinos, lanzaba un incendiario discurso en la iglesia de Santo Domingo. Diego Colón, gobernador de la isla, estaba presente y tuvo que escuchar como el fraile les acusaba a todos de estar en pecado mortal debido a la práctica de la encomienda. "¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tal trato y servidumbre aquestos indios?", exclamó el fraile ante los atónitos e indignados presentes. Dominicos como Pedro de Córdoba, Tomás de Fuentes o Domingo Velázquez, se unieron a las protestas, negando incluso la confesión o la absolución de quienes realizaban estas prácticas, entre los que se encontraba por aquel entonces el propio fray Bartolomé de las Casas.

El terremoto que se estaba generando en el Nuevo Mundo no tardó en llegar a España y el propio superior dominico, fray Alonso de Loaysa, denunció a sus compañeros ante el rey Fernando, tras presentar Diego Colón una queja ante el Consejo de Castilla por el comportamiento de los monjes. Pero si bien el rey reafirmó la práctica de la encomienda, advirtió la necesidad de establecer una clara regulación y sobre todo, de calmar a la opinión pública. España era un reino devoto y piadoso, y también culto, y los rumores de abusos sobre los que se consideraban igualmente súbditos de la Corona, era inasumible.

Fernando convocó para ello la Junta de Burgos, reuniendo a lo más destacado de la intelectualidad del reino: el obispo de Palencia, Juan Rodríguez de Fonseca, que era factótum de las Indias, Hernando de Vega, letrado mayor, los destacados juristas López de Palacios Rubios y Santiago Zapata, o los teólogos fray Pedro de Covarrubias, fray Tomás Dufrán y fray Matías de Paz. Todo ello, con la presencia como testigos de los dominicos que habían iniciado aquel terremoto político: Montesinos y Córdoba.

De aquella junta salieron las "Ordenanzas Reales para el buen regimiento y tratamiento de los indios", conocidas como las Leyes de Burgos, absolutamente revolucionarias para la época e impensables para las naciones europeas incluso varios siglos después. Estos principios serían la base del derecho indiano y establecían en primer lugar un hecho trascendental: los indios son hombres libres y como tal han de ser tratados, debiendo ser instruidos en la fe tal y como mandaban las bulas papales.

Tenían la obligación de trabajar, pero sin que ello interrumpiese su educación y su instrucción en la fe, de acuerdo a su capacidad, y siempre obteniendo un provecho personal por su propio trabajo y un salario justo. También se establecieron medidas igualmente adelantadas para su época: como la prohibición del trabajo por parte de las mujeres embarazadas o lactantes y de los menores de 14 años, o la exigencia de que los indios tuvieran casas y haciendas propias, con tiempo para su mantenimiento y cultivo. Además se fomentaba la unión con los españoles, prohibiendo expresamente la segregación.

No solo era el primer texto normativo sobre el tratamiento de los indios, sino que se acababa de constituir el embrión de una nueva corriente jurídica, teológica y social. A las Leyes de Burgos le siguieron un año después las de Valladolid, donde se ampliaban los derechos de mujeres y niños, y posteriormente, en 1542, las Leyes Nuevas, tras las denuncias realizadas por Bartolomé de las Casas al rey Carlos I. Todo ello acabaría desembocando, de la mano del fraile dominico y catedrático, Francisco de Vitoria, en el nacimiento del derecho internacional y el reconocimiento de los Derechos Humanos.

Fray Antonio de Montesinos. 

Fray Bartolomé de las Casas
Leyes de Burgos

Reyes Católicos


martes, 25 de diciembre de 2018

Conquistadores: Pedro de Valdivia

El 25 de diciembre del año 1553 fallecía durante la batalla del fuerte de Tucapel, Chile, durante la Guerra del Arauco contra los indios mapuches, el militar y conquistador español Pedro de Valdivia.

Nació un 17 de abril de 1497 en Extremadura, en la región de la comarca de La Serena, siendo incierto el lugar exacto. El cronista y militar español, Alonso de Góngora Marmolejo, compañero de armas de Valdivia, afirmaba que éste era natural de Castuera, donde estaba su casa. Hijo de Pedro de Oncas de Melo e Isabel Gutiérrez de Valdivia, pronto destacó como un notable militar, enrolándose en 1520 en el ejército del rey Carlos I en la Guerra de los Comuneros.

De ahí partió para combatir en las Guerras Italianas, distinguiéndose en la batalla de Pavía, en febrero de 1525, volviendo a España para contraer matrimonio con Marina Ortiz de Gaete, y volviendo a destacarse en el combate dos años después, durante el saqueo de Roma. La vida en España no le satisfacía y, como otros muchos hidalgos empobrecidos de su época, partió al Nuevo Mundo con el afán de buscar fortuna y gloria. Esa sería su máxima en la vida.

Así que en 1534 se embarcó en la expedición a Venezuela liderada por Jerónimo de Ortal, nombrado gobernador de la región de Paria, llegando a la isla caribeña de Cubagua en diciembre de 1534. Desde allí partieron hacia tierra firme buscando El Dorado, situado supuestamente en el virreinato de Nueva Granada. En 1535 se lanzó, junto a su amigo Jerónimo de Alderete, con quien combatió codo con codo en las revueltas comuneras, a la conquista de la provincia de Nueva Andalucía.

No están muy claros los años posteriores, aunque se sabe que tuvo problemas con la justicia. Para 1538 se pasó a Perú, poniéndose a las órdenes de Francisco de Pizarro, quien se disputaba los territorios de Cuzco con el adelantado Diego de Almagro. Participó como maestre de campo de Pizarro en la Batalla de las Salinas, en el valle del Cuzco, derrotando a las tropas de Almagro, quien vería cómo su lugarteniente y mano derecha, Rodrigo Orgóñez, fallecía.

Pizarro premió sus servicios otorgándole minas de plata en la región de Potosí, donde conoció a la conquistadora extremeña Inés de Suárez, con quién inició una relación. Juntos emprenderían la conquista de Chile, asumida económicamente por el propio Valdivia, acompañados por 11 hombres más, entre los que destacaban el alférez Pedro de Miranda, el sargento mayor Alonso de Monroy o el escribano Luis de Cartagena.

Partió de Cuzco en enero de 1540, llegando al valle de Arequipa y marchando hacia el sur próximos a la costa. Durante la expedición se les fue uniendo gente en busca de aventuras y riquezas hasta sumar más de 100 hombres. Se dirigieron hacia Atacama la Chica siguiendo la red de caminos del Tahuantinsuyo, y de allí partió al encuentro del conquistador Francisco de Aguirre, quien se encontraba en San Pedro de Atacama, evitando así ser asesinado por uno de sus socios, Pedro Sancho de la Hoz.

A su vuelta, y tras sofocar aquel conato de traición, partió junto con 154 hombres, según los escritos del cronista Jerónimo de Vivar, hacia el sur, llegando al desierto de Atacama, el más seco del planeta. Allí tuvo que hacer frente a un intento de motín y elevar la moral de sus hombres quienes, agotados por las extremas condiciones de aquellos parajes, pensaron más de una vez en abandonar la empresa. Pero fue Inés Suárez quien encontró, tras hacer un agujero en el suelo, y cuando la expedición se descomponía por la falta de agua, un arroyo subterráneo que salvó la vida de los hombres.

La fortuna siguió sonriéndoles cuando, el 26 de octubre de 1540, encontraban el valle del Copiapó, rico en agua y vegetación. No sería fácil asentarse en aquellas tierras, ya que estaban habitadas por los hostiles indios diaguitas, a los que tuvieron que derrotar para tomar así posesión de ese territorio en nombre del rey Carlos I, bautizándolo por el propio Valdivia como Nueva Extremadura.

Desde allí siguió hacia el sur por el camino del Inca y el 24 de febrero de 1541 fundó la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, la actual Santiago de Chile, nombrando alcaldes a Francisco de Aguirre y a Juan Jufré; regidores a Juan Fernández de Alderete, Francisco de Villagra, Martín de Soler y a su amigo Jerónimo de Alderete, y procurador a Antonio de Pastrana. Ante los rumores del asesinato de Pizarro por parte de los almagristas, y temiendo perder los poderes otorgados por éste, sus seguidores le entregaron el gobierno de Chile, aceptándolo finalmente el 11 de junio de 1541.

Hubo de hacer frente nuevamente a un intento de motín promovida por Sancho de la Hoz, y vio como el 11 de septiembre de 1541. el cacique Michimalonco, habiendo reunido a diversas tribus indias del Aconcagua y del valle del Cachapoal. Valdivia, en una desacertada decisión, decidió abandonar Santiago para combatir a los enemigos en Cachapoal, mientras que Alonso de Monroy, su lugarteniente, quedó al mando de la defensa de la ciudad con apenas 50 hombres y 200 aliados indios yanaconas.

Michimalonco atacó la ciudad de Santiago con entre 6.000 y 10.000 indios. La batalla fue terrible y los españoles tuvieron que ver cómo sus enemigos quemaban la villa y sus provisiones. Cuando todo parecía perdido, Inés Suárez acabó con la vida de varios caciques que habían sido apresados, infundiendo el desánimo en las filas indígenas, que acabaron por retirarse.

Valdivia se enfrentó al desolador panorama de ver su ciudad arrasada. Apenas 2 gorrinas y 1 cochinillo, junto a una gallina y un pollo y un puñado de trigo, fue todo lo que quedó para alimentar a toda la población. Valdivia envió a Monroy junto a varios hombres a pedir ayuda a Perú, pero fueron atacados por los diaguitas. Tan solo Monroy y Pedro de Miranda, tras lograr escapar de su cautiverio, llegaron a Perú y pudieron solicitar el tan ansiado socorro que llegaría en septiembre de 1543, levantando en su honor una ermita a la virgen de Nuestra Señora del Socorro.

Para asegurar el futuro de la colonia, Valdivia estableció una alianza con Michimalonco y emprendió el comercio con los indios del Aconcagua y otros valles cercanos. Expandió sus territorios y fundó la ciudad de La Serena, que contaba con minas de oro y abundante vegetación y tierras para el cultivo. Pero Valdivia y sus hombres querían más; habían descubierto, gracias a una expedición de dos barcos salidos del puerto de Valparaíso, las tierra situadas más al sur, que parecían ofrecer incluso mejores posibilidades, pero había un problema: había escasez de hombres y la población indígena era muy numerosa y no parecía dispuesta a compartir aquel vasto territorio.

Valdivia mandó a su fiel Monroy, junto con un genovés llamado Pastene, hacia Perú con unos 25.000 pesos para reclutar hombres, caballos y pertrechos. También envió a Antonio de Ulloa de vuelta a España para informar al rey de los progresos y los logros de la expedición del extremeño. Mientras esto ocurría, en Santiago los españoles no disponían de suficientes tierras ni indios para trabajarlas y apremiaban a Valdivia para dirigirse al sur sin esperar la llegada de los refuerzos que había ido a buscar Monroy.

Así pues, con 60 soldados, el intrépido extremeño se lanzó hacia el sur en enero de 1546 y, tras varias semanas cabalgando se toparon con unos indígenas de ferocidad inusitada: eran los mapuche, un pueblo que, según el cronista Jerónimo de Vivar, combatían como si fueran soldados alemanes. El terrible encuentro, conocido como la batalla de Quilacura, duró varias horas, en mitad de la noche, y los españoles, tras conseguir acabar con unos 200 indios y el cacique Malloquete, pudieron abandonar el lugar con 12 heridos y 2 caballos muertos a sus espaldas.

Valdivia, ante la abrumadora superioridad numérica de los mapuche, resolvió junto a sus hombres partir de allí hacia Santiago cuanto antes. Soportaron los españoles el hostigamiento de los agresivos indígenas, capturando a varios de ellos, entre los que se encontraba el hijo de un cacique local: Lautaro, quien se mostraría a la larga como el peor enemigo de los españoles en aquellas tierras.

Era evidente que se necesitaban muchísimos más hombres, pero Monroy no aparecía y por si fuera poco, durante la ausencia de Valdivia una nueva conspiración, orquestada por Pedro Sancho de la Hoz, amenazaba la vida del propio gobernador. Ésta vez no habría perdón para el traidor, quien fue ejecutado tras el pertinente juicio en diciembre de 1547. Justo a la vez, regresaba Pastene, que había partido en busca de hombres hacía más de 2 años. Venía sin el fiel Monroy, que había muerto víctima de unas fiebres infecciosas. Además, Antonio de Ulloa le había traicionado y le entregó el dinero a Gonzalo Pizarro, quien se había rebelado en Perú contra el rey, por las nuevas ordenanzas sobre la Encomienda.

Las cosas irían mejorando poco a poco gracias al oro que extraían de las minas de Marga-Marga, que darían cerca de una tonelada del preciado material en los siguientes años, pero la revuelta de Pizarro había hecho que Carlos I enviase a Pedro de La Gasca para devolver las cosas a su estado natural. Valdivia vio en esto la oportunidad de ponerse del lado de la Corona y hacer que ésta le ordenase oficialmente gobernador de Chile. Así que partió al norte, hacia Perú, y se puso a las órdenes de La Gasca y, como maestre de campo de éste, obtuvo una brillante victoria en la batalla de Xaquixahuana.

Pero no sería todo un camino de rosas. No había tenido Valdivia ocasión de reclutar hombres y partir a Chile, cuando llegaron las noticias de la ejecución de Sancho de la Hoz. Eran graves las acusaciones, que se sumaban a las de algunos enemigos del gobernador. La Gasca no tenía más remedio que abrir un proceso para investigar y esclarecer los hechos, que concluyó con la absolución de todos los cargos en noviembre de 1548.

Partió así hacia Chile, llegando a La Serena en enero de 1549, encontrándose la ciudad asolada y al capitán Juan Bohón, junto a 30 hombres más, muerto. Mandó reconstruirla y se dirigió a Santiago, desde donde ordenó a Aguirre pacificar la región del Huasco, que era de donde partieron los ataques a La Serena. Tampoco perdió de vista su ansiado objetivo de colonizar los territorios situados al sur, los cuales tuvo que abandonar a toda prisa tras el ataque de los indios mapuche.

En enero de 1550 cruzó el río Bío-Bío junto a 200 soldados españoles a caballo y unos 300 indios yanaconas. A partir de este punto, ya en pleno valle del Arauco, los mapuche empezaron a hostigar a los españoles casi a diario. Para finales de febrero llegaron al río Andalién, decidiendo acampar en sus proximidades. La noche del día 22 una hueste de más de 10.000 mapuche, dirigidos por el cacique Aillavillú, atacó las posiciones españoles. Los combates se prologaron durante más de 3 horas, muriendo unos 300 indios, por tan solo un español.

Valdivia se percató de que la posición era indefendible, por lo que mandó partir hacia la costa, donde fundó la ciudad de Concepción del Nuevo Extremo, la actual Concepción, el 3 de marzo de 1550. Las obras de fortificación alcanzaron un ritmo febril, construyendo en apenas una semana un muro de unos 2 kilómetros de largo y un fuerte, el Penco, al norte de la nueva villa. También envió emisarios para lograr la paz con los mapuche, algo que resultó del todo infructuoso; de nuevo el cacique Aillavillú se dirigía contra ellos, y esta vez acompañado de más de 20.000 guerreros.

El 12 de marzo los mapuche asediaron la ciudad. La batalla resultó durísima y las fortificaciones resistieron, aunque lo que decidió el combate fue una carga de caballería lanzada por Jerónimo de Alderete, seguida por otra de Francisco de Villagra, que desarboló por completo las líneas enemigas, poniendo a los hombres de Aillavillú en fuga. Unos 300 indios cayeron en ese combate y otros 3.000 en la persecución que se inició luego. Esto indignó a la población indígena de la zona, incluido al joven Lautaro, que empezó a asentar en su interior un odio terrible contra los españoles.

La Guerra del Arauco había dado comienzo y ahora Valdivia emprendía una nueva campaña hacia el sur, reuniendo para la ocasión a unos 170 españoles y cerca de 200 yanaconas. En octubre de 1551 fundó la ciudad de La Imperial, por la forma de águila que tenía su diseño. A comienzos de 1552 los españoles seguían avanzando pero se produce un misterioso incidente: el joven Lautaro desaparece. Para el 9 de febrero sería fundada la ciudad de Santa María la Blanca de Valdivia. 1552 terminaba de manera prometedora: la región estaba relativamente tranquila y 6 ciudades funcionaban a pleno rendimiento en Chile.

A comienzos de 1553 las cosas empezaron a torcerse. Primero una pequeña revuelta mapuche acaba con un español muerto en Villa Rica. Después cayeron 4 más en una emboscada tendida a Diego de Maldonado, quien marchaba hacia Tucapel con órdenes de Valdivia. Se hacía evidente un próximo levantamiento mapuche. Mientras tanto, el fuerte de Purén se ve asediado por varios miles de mapuches que consiguen introducir uno de sus hombres en el campamento, dejándose capturar por los españoles. Éste indio les contó a los españoles que los mapuche tenían pensado atacarlos en cuanto salieran del fuerte, por lo que el capitán de Purén decidió fortificar sus posiciones y aguantar hasta la llegada de los refuerzos que había solicitado a través de un emisario que, astutamente había sido dejado pasar por entre las fuerzas enemigas. Este emisario sería posteriormente interceptado cuando llevaba las órdenes de Valdivia al capitán de Purén.

Los mapuche habían empezado a hacer una nueva forma de guerra, y todo gracias a un antiguo paje de Valdivia: Lautaro, quien se había fugado de un campamento española apenas un año antes. Valdivia había ordenado a los hombres de Purén reunirse con él en Tucapel, pero estas instrucciones nunca llegaron a su destino. El gobernador llegaba a Tucapel el 23 de diciembre de 1553 acompañado de 50 españoles y unos 2.000 indios yanaconas. Allí se encontró con el fuerte completamente en ruinas; había sido asolado por los mapuches.

Casi sin tiempo de reaccionar, unos 10.000 mapuches se les echaron encima. Estaban dirigidos por el cacique Caupolicán y por Lautaro, auténtico cerebro de la estrategia Arauca. Los mapuches desbarataron las cargas de caballería españolas a base de formaciones cerradas y el reemplazo de sus líneas. Tras varias horas de combates, más de 20 españoles y varios cientos de yanaconas habían fallecido. El militar y cronista Alonso de Góngora Marmolejo, que servía a las órdenes de Valdivia relató de esta forma las palabras que el gobernador dirigió a sus hombres: "¿Caballeros, qué hacemos?", a lo que el capitán Altamirano respondió lacónicamente: "¡Que quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!".

Y eso fue lo que realmente ocurrió. Los españoles pelearon hasta el final y murieron. Valdivia fue apresado tras quedar su caballo atrapado en una ciénaga, y llevado ante Lautaro y Caupolicán. Marmolejo relata en sus crónicas que Valdivia fue asesinado tras tres días de torturas y que su cráneo fue conservado como trofeo, siendo devuelto por el cacique Pelantarú en 1608. Jerónimo de Vivar, en cambio, afirma que fue asesinado de una lanzada asestada por el cacique Teopolican, y luego decapitado, siendo colocada su cabeza en un palo a las puertas de la casa del señor local. De cualquier forma, el día de Navidad de 1553, Pedro de Valdivia moría en el fuerte de Tucapel, a la edad de 56 años.


Pedro de Valdivia

Fundación de Santiago

Estatua de Pedro de Valdivia

Francisco Pizarro

Diego de Almagro





Batalla de Nördlingen

Bibliografía y lecturas recomendadas

  • De Pavía a Rocroi "Los Tercios de Infantería española en los siglos XVI y XVII" (Julio Albi de la Cuesta)
  • Batallas de la Guerra de los Treinta Años (William P. Guthrie)
  • Los Tercios (René Quatrefages)
  • El Gran Capitán. El héroe militar de los Reyes Católicos (José Enrique Ruiz Domenec)
  • Historia de la Armada Española desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón (Cesáreo Fernández Duro
  • Comentarios de lo sucedido en las guerras de los Países Bajos (Bernardino de Mendoza)
  • Spínola. Capitán general de los Tercios: De Ostende a Casal (José I. Benavides)
  • El Coronel Cristóbal de Mondragón (Ángel Salcedo Ruiz)
  • Victorias por mar de los españoles (Agustín Rodríguez González)
  • Señores del mar (Agustín Ramón Rodríguez González)
  • El león contra la jauría (Agustín Ramón Rodríguez González)
  • Farnesio. La ocasión perdida de los Tercios (Alex Claramunt Soto)
  • Los Tercios de Alejandro Farnesio, 1588: El plan combinado con la Armada y la invasión de Inglaterra (Joaquín G. Peña Blanco)
  • Rocroi y la pérdida del Rosellón "Ocaso y gloria de los Tercios" (Alex Claramunt Soto)
  • Osuna el Grande. El duque de las empresas (Emilio Beladiez Navarro)
  • Cuando éramos invencibles (Jesús A. Rojo)
  • Guerreros y Batallas: Las campañas del duque de Alba. De Fuenterrabía a Argel (1524-1541) (Rubén Sáez Abad)
  • Guerreros y Batallas: Las campañas del duque de Alba. Contra franceses y protestantes, la "guerra total" (1542-1559) (Rubén Sáez Abad)
  • Felipe II (Geoffrey Parker)
  • La Guerra de los 30 años (Geoffrey Parker)
  • Historia de Felipe II (Evaristo San Miguel)
  • Bravuconadas de los españoles: así eran de verdad los soldados de los Tercios (Pierre de Bourdeille)
  • Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado (Sancho de Londoño)
  • Carlos Coloma, 1566-1637: Espada y pluma de los Tercios (Miguel Ángel Guill Ortega)
  • Julián Romero: el de las hazañas (Jesús de las Heras)
  • Gravelinas, 1558: Los Tercios de Felipe II conquistan la supremacía continental (J.D. Cabrera Peña y Alberto Raúl Esteban Rivas)
  • La batalla de Nieuport, 1600: los Tercios de Flandes en la batalla de las Dunas (Enrique F. Sicilia Cardona)
  • El Glorioso (Agustín Pacheco Fernández)
  • El Gran Capitán. Gonzálo Fernández de Córdoba (José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez)
  • La Guerra de Frisia (Hugo A. Cañete)
  • Los Tercios de Flandes en Alemania. La Guerra del Palatinado 1620-1623 (Hugo A. Cañete)
  • Los Tercios en el Mediterráneo. Los sitios de Castelnuovo y Malta (Hugo A. Cañete)
  • Los Tercios en América "La jornada del Brasil.Salvador de Bahía 1624-1625" (Hugo A. Cañete)
  • Islas Terceiras: Operaciones navales españolas del siglo XVI (Antonio Luis Gómez Beltrán)
  • La antemuralla de la Monarquía: Los Tercios Españoles en el Reino de Sicilia en el siglo XVI (Carlos Belloso Martín)
  • Memorias del Capitán Contreras. Vida de este Capitán (Alonso de Contreras)
  • 1537. Historia de la infantería de marina más antigua del mundo. (Jesús Campelo Gaínza)
  • El ejército español en la guerra de los 30 años (Pablo Martín Gómez)
  • El Gran Capitán (Juan A. Granados)
  • Carlos V (Manuel Fernández Álvarez)
  • La cruzada del océano (José Javier Esparza)
  • Hierro y Plomo. Cuentos de los Tercios Viejos (Antonio Villegas González)
  • Tercios (José Javier Esparza)
  • Los Tercios saben morir (Jesús Lorente y Luis Mediavilla)
  • Los Tercios de Flandes (Antonio José Rodríguez Hernández)
  • Tercios de España (Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca)
  • El Camino Español y la logística en la época de los Tercios (Fernando Martínez Laínez)
  • Pisando Fuerte (Fernando Martínez Laínez)
  • Revista de Historia Moderna: Anales de la Universidad de Alicante
  • Atlas ilustrado de Los tercios españoles en Flandes (Germán Segura García)

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