sábado, 25 de mayo de 2019

Batalla de Cartagena de Indias


El 20 de mayo del año 1741 las últimas tropas británicas abandonaban en sus buques las aguas de Cartagena de Indias, la plaza más importante de la España de ultramar, tras ser ampliamente derrotadas por el ejército español bajo el mando del general Blas de Lezo.

Esta batalla se produjo en el marco de la Guerra del Asiento, conflicto acaecido tras la captura del navío pirata inglés de Robert Jenkins, por parte del capitán León de Fandiño. El capitán español, inflexible con la piratería, le cortó la oreja al inglés y le mandó con un recado para el rey Jorge II de Inglaterra: "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". El ofendido pirata realizó dicha declaración ante la Cámara de los Comunes, lo que provocó la ruptura de hostilidades con la España de Felipe V.

Llevaban tiempo los ingleses tratando de medir el potencial del decadente imperio español y arrebatarle sus plazas de ultramar. Tras la declaración de guerra tomaron a la sorpresa Portobelo, en Panamá. Acto seguido pusieron sus ojos en Cartagena de Indias, fundada por Pedro de Heredia en 1533, joya de la corona española, y puerto más importante de la América del momento.

Los ingleses no escatimaron gastos ni esfuerzos. Para tal empresa iban a emplear la mayor flota naval que jamás habían reunido: 195 buques entre los que se contaban 8 navíos de 3 puentes, 28 navíos de línea y más de una docena de fragatas, con un potencial de fuego de más de 3.000 cañones y un ejército de unos 30.000 hombres, entre los que se encontraban 9.000 soldados ingleses, 2.000 macheteros negros y cerca de 4.000 colonos del norte de América dirigidos por el hermano del futuro líder de la independencia norteamericana, George Washington.

Para mandar aquella imponente fuerza se eligió al almirante Edward Vernon, un veterano de la Guerra de Sucesión Española, y que conocía muy bien las aguas del Caribe, ya que había sido comodoro de Port Royal, en Jamaica. Vernon ya había sido ascendido a la categoría de héroe nacional tras la toma de Portobelo en 1740, por lo que nadie tenía dudas en Inglaterra sobre el éxito de la misión.

Por su parte, para defender la plaza, los españoles apenas contaban con 2.800 soldados, 500 arqueros indígenas y unos 1.500 voluntarios civiles. A esto había que añadirle 6 buques de guerra. los navíos "Galicia", insignia de Blas de Lezo, "Dragón", "Conquistador", "San Felipe", "San Carlos" y "África", y casi un millar de cañones repartidos entre los distintos fortines y castillos de Cartagena de Indias. Todo ello estaba puesto bajo el mando del veterano general español.

Éste era natural de Pasajes, en Guipúzcoa, y con apenas 12 años se embarcó en la armada francesa, aliada española por la parte borbónica en la Guerra de Sucesión. En la batalla de Vélez-Málaga se destacó ejemplarmente y perdió una pierna, teniéndosela que amputar sin anestesia. Ascendió a alférez y luego tras recuperarse, decidió seguir enrolado en la marina.

En la batalla de Tolón perdió el ojo izquierdo. Asedió Barcelona y tomó Mallorca en 1715, que seguía leal a la casa de Austria. Un año después fue enviado a La Habana para combatir la piratería que había en aquellas aguas, algo que hizo con suma efectividad. Para 1725 se había casado con una limeña y, tras desavenencias con el virrey, regresó a España para hacerse cargo de la flota del Mediterráneo. En 1737 regresaba de nuevo a América con los navíos "Fuerte" y "Conquistador", habiendo sido nombrado comandante general de Cartagena de Indias.

Ahora Blas de Lezo, que había sido avisado de las intenciones inglesas gracias a los espías que España mantenía en Londres, disponía de tiempo para preparar la defensa con un número muy inferior de tropas y medios. Pero el general español, veterano de muchas guerras, preparó a conciencia el terreno. Se reforzaron los fuertes de San Juan, Santa Clara y Santa Catalina, las cortinas de las murallas que iban desde el Reducto hasta el castillo de San Felipe y se reconstruyó el castillo de San Luis de Bocachica.

A la bahía de Cartagena de Indias tan solo se podía acceder por 2 estrechos: el de Bocachica, donde colocó 4 de sus buques, y el estrecho de Bocagrande, donde dejó los otros 2 de los que disponía con órdenes de ser hundidos para bloquear el paso, en caso de verse superados. Entre medias de ambos estaba la isla de Tierrabomba, donde se encontraban las batería de la Chamba, Santiago y San Felipe.

El 13 de marzo llegaron noticias, a través de una balandra francesa enviada por el general Leogan, advirtiendo de la presencia de más de un centenar de buques ingleses, y el día 15 asomaron por el horizonte las primeras velas inglesas mientras los españoles se aprestaban a terminar sus preparativos, no saliendo de su asombro el gobernador Sebastián Eslava, que desde su llegada a la plaza en 1740 siempre había creído que los ingleses atacarían La Habana.

Al frente de la flota iban el "Russel", de 3 puentes y 80 cañones y mandado por el capitán Charles Ogle, y el "Torbay", con idéntico número de cañones y con el general Thomas Wentworth, que había sustituido al general Carthcart, muerto en diciembre, como jefe de las fuerzas terrestres.

El día 19 de marzo, una vez que Vernon hubo calibrado las fuerzas españolas y reunido y organizado su flota, ordenó el ataque. Primero mandó 15 buques a tratar de irrumpir en la bahía y acabar con las batería españolas de los fuertes de San Felipe y Santiago, bajo el mando de Lorenzo de Alderete. El "Princess Amelia", navío de 80 cañones mandado por el comodoro Hemmington, comenzó el bombardeo sobre la batería de la Chamba, que quedó destruida antes de que los españoles pudieran siquiera utilizarla.

Al día siguiente le tocó el turno a la batería de Santiago. Esta vez era el "Russel" quien se situaba al frente de la misión de bombardeo, acompañado de otros 8 navíos más. Alderete, tras 4 horas de combate y causar severos daños al "Norfolk", al "Shrewsbury" y al propio "Russel",  juzgó imposible mantener la posición y se replegó con sus hombres al castillo de San Luis. Los defensores de la batería de San Felipe harían lo propio ante el inminente desembarco inglés y la incapacidad de defensa en esas condiciones.

De este modo los ingleses pudieron comenzar el desembarco de las fuerzas del general Wentworth que duró 3 días. Mientras esto sucedía, Vernon ordenó el cañoneo sobre San Luis de Bocachica, pero la resistencia española no mermaba, por lo que mandó al comodoro Richard Lestock, con varios de sus buques, para bombardear a costa distancia el castillo.

La sorpresa fue mayúscula cuando, además del fuego recibido desde el propio castillo, los ingleses fueron cañoneados desde la batería de San José y desde los 4 navíos españoles situados en la bahía de Bocachica. Éstos eran el "Galicia", el "África", el "San Carlos" y el "San Felipe". El resultado fue la pronta retirada de Lestock con 3 de sus buques seriamente dañados.

Lo que debía ser un paseo militar empezaba a convertirse en una pesadilla para los ingleses. El 24 de marzo Vernon convocó un consejo de guerra para planificar la estrategia. Atacaron la baterías de Varadero y Punta Abanicos, en la isla de Barú, pero no las ocuparon. Mientras esto sucedía, los ingleses avanzaban lentamente en la construcción de una batería en Tierra Bomba desde donde batir el castillo de San Luis. Para el día 28 ya la tenían lista. De nada sirvieron los intentos españoles de asaltarla por tierra, pues el ingeniero jefe Jonas Moore, se había empleado a fondo en sus defensas.

Desde el día 2 de abril los ingleses batieron el castillo desde su batería, con 20 cañones de 24 libras y 40 morteros, auxiliados por los navíos de Vernon. El día 4, en uno de los rutinarios bombardeos británicos, una bala entró en el camarote del capitán del "Galicia", donde se encontraban Blas de Lezo, que resultó herido por astillas en el muslo, y el virrey Eslava, con heridas de menor consideración.

San Luis estaba completamente rodeado y la única salida de la guarnición se tenía que efectuar por mar. En la noche del 4 al 5 de abril, tras un potente bombardeo, los ingleses abrieron brecha en las murallas del castillo, penetrando en él. La bahía de Bocachica era suya. La retirada fue penosa, y las órdenes para hundir los buques situados en el estrecho no pudieron ejecutarse completamente. Tan solo el "San Carlos" pudo ser hundido según lo proyectado, mientras que el "San Felipe" y el "África" se quemaron. Para colmo, el "Galicia"  fue asaltado por varias lanchas con infantes de marina británicos, evitando el inmediato barrenado del buque.

Los ingleses habían perdido en estos combates unos 1.500 hombres y habían disparado cerca de 18.000 proyectiles y 6.000 bombas. Vernon no cabía en sí de gozo, y en medio del júbilo general, se aprestó a enviar a la fragata "Spence" rumbo a Inglaterra con la nueva de la pronta y segura caída de Cartagena de Indias, la cual llegó a la isla el 17 de mayo.

Varios días estuvieron reagrupando sus fuerzas los ingleses, mientras que los exhaustos españoles trataban de recuperarse y planificar la defensa. El virrey Eslava resolvió hundir los 2 buques que se encontraban en Bocagrande, el "Dragón" y el "Conquistador", a la par que abandonar el castillo de Santa Cruz. Lezo lo consideró un despropósito, ya que los españoles no rendían nada sin luchar, y además se perdían las preciadas bocas de fuego de los navíos. Dejó escrito en su diario que el virrey "ha conseguido la ruina de estos navíos tirando a la marina de que se ha declarado enemigo capital y de los más opuestos a ella".

El 11 de abril los ingleses ocuparon el abandonado castillo de Santa Cruz y el 12 el fuerte de Manzanillo. Los ingleses ya habían penetrado en la bahía de Cartagena y el 13 de abril empezaron a bombardear la ciudad. Para el 16 de abril, el general Wentworth ordenó al general William Blakeney, que tomase una posición situada a unos 3 kilómetros de la ciudad de Cartagena. La resistencia española convenció a Wentworth de la necesidad de fortificarse y reforzar sus posiciones de tierra, mientras las discrepancias con Vernon iban en aumento.

El 16 de abril los voluntarios americanos lograron hacerse con el convento de la Popa, que había sido previamente abandonado por los españoles. Ahora los británicos se encontraban a tan solo 1 kilómetro del castillo de San Felipe, en el cerro de San Lázaro, y decidieron jugarse el todo por el todo, tras un nuevo consejo de guerra el 19 de ese mes, en el que se resolvió atacar al día siguiente el último baluarte español en Cartagena de Indias.

El día 20 los británicos dividieron sus fuerzas en 2 cuerpos de infantería. Por la ladera este del cerro de San Lázaro atacaría el cuerpo comandado por el coronel John Wynyard, mientras que desde el norte cargaría el coronel John Grant. Lezo, que había reforzado las defensas del castillo durante los días en que los británicos se reagrupaban, ya había advertido el ataque enemigo.

Los hombres de Wynyard, tras pasar un calvario sorteando el fuego, los taludes y las trincheras españolas, se plantaron ante los muros de San Felipe y se llevaron una desagradable sorpresa: las escalas que portaban no eran suficientemente elevadas, gracias al foso frente a los muros ordenado por Lezo. El fuego de artillería y la tenaz resistencia española pusieron en fuga a las fuerzas inglesas.

Grant no corrió mejor suerte y vio perecer en el intento de asalto a muchos de sus hombres, acabando el propio coronel muerto. Según cuenta Gonzalo Quintero Saravia en su libro "Don Blas de Lezo", las últimas palabras del coronel Grant fueron "el general debe ahorcar a los guías y el rey debe ahorcar al general".

Para terminar de empeorar las cosas para el enemigo, Lezo ordenó una carga justo antes del amanecer; unos 300 españoles cargaron con sus bayonetas contra los ingleses, que presa del pánico huyeron a la desesperada hacia sus barcos, pereciendo muchos en el intento. Vernon comprendió en aquel instante que ni con toda aquella fuerza, todos aquellos buques, artillería y hombres podría doblegar Cartagena jamás. Al menos mientras las defensas de aquella plaza las comandase Blas de Lezo.

Más de 2 semanas tardaron los ingleses en hacer todos los preparativos para partir, en las que tuvieron tiempo de demoler las fortificaciones que estaban bajo su poder y cañonear unos días más la ciudad, hasta el día 27. Tuvieron que hundir 41 naves ante la falta de hombres para gobernarlas. El balance de la batalla fue desolador para los súbditos del rey Jorge: 50 buques y 1.500 cañones perdidos, más de 4.500 muertos y unos de 6.000 heridos. Toda una tragedia.

Lo más humillante para los ingleses vendría tras las noticias de la derrota de Vernon en Cartagena. El rey Jorge prohibió, bajo pena de prisión, que se hablara de aquel suceso, que sería enterrado por los historiadores británicos durante décadas. También mandó retirar de circulación las monedas no oficiales acuñadas en honor a la supuesta victoria inglesa. En algunas de esas monedas se podía ver al almirante Vernon recibiendo la espada de un Lezo arrodillado junto a él, con la leyenda: "El orgullo de España humillado por el almirante Vernon".

Vernon deambuló por el Caribe, desde su base en Jamaica, tratando por todos los medios de obtener una victoria que compensase tal desastre, pero en septiembre de 1742 recibió un despacho de la fragata "Gibraltar", ordenándole volver inmediatamente a Inglaterra, llegando allí el 14 de enero de 1743. Desde ese momento iniciaría una incesable campaña para limpiar su nombre, la cual sería continuada por su sobrino a su muerte, quien consiguió que se erigiera un monumento a él en la Abadía de Westminster con la leyenda "Sometió Chagres y en Cartagena conquistó la victoria hasta el punto en que la fuerza naval puede llegar". Hasta ese punto llegó la indignidad inglesa.

Los españoles contaron 600 muertos y unos 1.200 heridos. Lo peor era el estado en que habían quedado las defensas de la plaza española, ya que los ingleses habían destruido a conciencia durante su retirada todo fuerte o castillo tras de ellos. Lezo escribiría en su diario: "no quedan ya ningunos en este puerto; pero al mismo tiempo que quedamos libres de estos inconvenientes quedamos expuestos a que puedan acaecer respecto que desde el día 27 que cesó el último fuego de los enemigos, cesaron también los trabajos y reparos de dentro y fuera de la ciudad, y se han despedido a los trabajadores quedando esto en el mismo estado con poca diferencia que lo estaba en el mes de marzo".

La relación con el virrey Eslava era insostenible, y le acusaba abiertamente de falta de diligencia en la preparación defensiva ante un posible nuevo ataque. A su vez, Eslava usaba todos los medios a su alcance para erigirse como el máximo artífice de la victoria y el obispo de Cartagena le echó una mano enviando una carta a la Corona en la que atribuía el mérito exclusivamente al virrey. Eslava llegó a pedir que se le destituyese del cargo de Comandante del Apostadero, como así sucedió, ordenándole regresar a España.

No se materializaría tal afrenta ya que el 7 de septiembre de 1741 Blas de Lezo y Olavarrieta moriría en su casa. No había podido resistir las heridas de guerra sufridas ni quizás, las que suponían el olvido y la desconsideración hacia su persona. Como otros tantos héroes de la historia de España, Blas de Lezo fue denostado en vida y en muerte. No recibió honores militares en su entierro. Es más, ni siquiera se conoce el lugar exacto donde fue enterrado. Ni Felipe V ni Fernando VI tuvieron la decencia de honrar su memoria. Solo Carlos III, ya en 1760, dignificó la figura del general vasco otorgándole a su hijo el marquesado de Ovieco.

Con esta victoria España lograría mantener durante 70 años más su imperio en América. Además, manteniendo sus plazas en el Caribe conseguiría jugar un papel decisivo contra Inglaterra en la Guerra de Independencia Americana, gracias a las hábiles maniobras y extraordinaria labor de Bernardo de Gálvez, el héroe de Pensacola.

Blas de Lezo. Museo Naval

Batalla de Cartagena de Indias. Luis Fernández Gordillo
Edward Vernon. Thomas Gainsborough
Virrey Sebastián Eslava
Moneda de Vernon y Lezo acuñada por los ingleses

Batalla de Cartagena. Mapa de Paco Domingo





















lunes, 6 de mayo de 2019

El Saco de Roma

El 6 de mayo de 1527 las tropas de Carlos I invadían Roma y saqueaban la ciudad para cobrarse el adeudo de sus pagas y poner fin a la traición del papa Clemente VII. 

En el marco de las Guerras con Francia sostenidas entre los dos principales monarcas de la época, Carlos I de España y Francisco I de Francia, y que ya provenían de los tiempos de los Reyes Católicos y su pugna por los territorios italianos, Carlos, como rey de España y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, había logrado situarse como el hombre más poderoso de Europa, tras su brillante victoria en Pavía en 1525.

Esto fue acogido con recelo por el papa Clemente VII y por otras ciudades estado italianas. Nada más ser liberado de su cautiverio en Madrid, bajo promesa de no volver a alzarse en armas contra España y a los territorios del Milanesado, Nápoles, Flandes, Borgoña y Artois, el rey francés incumplió su palabra, algo muy dado en él, y acudió presto al pacto propuesto por el papa.

De este modo se formó la Liga Clementina o Liga del Cognac en 1526, que agrupaba a los reinos de Francia e Inglaterra, las repúblicas de Venecia y Florencia, el ducado de Milán y los Estados Pontificios, con la misión de quebrar la hegemonía en Europa de España y el Sacro Imperio.

Esto debió ser toda una sorpresa para Carlos, que acababa de ver cómo los turcos habían vencido en Mohács, Hungría, y donde había fallecido tras combatir hasta el final junto a sus hombres el rey Luis II de Hungría. Pocos cristianos podían entender cómo el propio papa se alzaban en armas contra el máximo defensor de la cristiandad en esos momentos, ignorando la amenaza otomana y preocupándose únicamente por su posición de poder en Europa.

Tanto Carlos como su hermano, Fernando de Habsburgo, archiduque de Austria, trataron por todos los medios de hacer cambiar de actitud al papa, tratando de hacerle ver el peligro que suponía para toda la cristiandad la presencia del turco tan cerca del corazón de Europa. No hubo éxito.

Los franceses aportaron un ejército de 10.000 infantes y 2.000 lanzas, mientras que los italianos sumaron un total de unos 12.000 infantes y jinetes. A esto se sumaron multitud de mercenarios suizos. La Liga golpeó primero invadiendo Lodi, en el norte de Italia, pero las fuerzas imperiales contraatacaron, tras reforzarse con 12.000 lansquenetes enviados por Fernando de Habsburgo, y lograron tomar la ciudadela de Milán.

Carlos ordenó al virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy, apoyar al cardenal Pompeo Colonna, cuya familia tenía varios pleitos pendientes con Clemente VII. De esta manera el virrey puso a disposición de Colonna 3.000 soldados españoles bajo el mando de Hugo de Moncada, que con un golpe de mano sorprendente lograron penetrar en las murallas de Roma, obligando al papa a refugiarse en el castillo de San Ángelo.

Moncada y Colonna obtuvieron la promesa papal de aceptar una tregua de 4 meses, por lo que las tropas españolas abandonaron la ciudad. Pero al igual que Francisco, incumplió su palabra y, tras reforzar las defensas de Roma, ordenó el ataque del reino de Nápoles. El emperador, cansado de las falsas promesas de sus enemigos, ordenó el ataque sobre el rival más débil de la Liga: Roma.

Carlos de Borbón dirigiría la fuerza que se encargaría de tal empresa. Dejó al mando de la defensa de Milán a Antonio de Leyva, y partió desde allí hacia Roma con una fuerza de 6.000 soldados españoles, 8.000 italianos y 13.000 lansquenetes alemanes comandados por Georg von Frundsberg.

Las fuerzas imperiales se plantaron en Florencia, cuyos dirigentes accedieron al pago de una importante suma para evitar el asalto a la ciudad. A pesar de dicho pago, que consiguió acallar las protestas momentáneamente, las tropas imperiales seguían sin cobrar muchas de sus pagas, por lo que el ambiente mientras se avanzaba hacia la Ciudad Eterna era bastante caldeado, a pesar de que las órdenes de Carlos eran muy claras: no invadir Roma.

Las tropas imperiales se plantaron ante las murallas papales. No llevaban consigo artillería, pero eso no supuso un problema para aquellas aguerridos hombres. Tampoco lo sería el fuego de los cañones de Roma, ni la tenaz resistencia de los defensores, unos 3.000 soldados italianos comandados por Renzo da Ceri, 7.000 voluntarios y 189 miembros de la Guardia Suiza, ni tampoco la muerte de su comandante, Carlos de Borbón, por un arcabuzazo en la puerta del Santo Espíritu. El escultor Benvenuto Cellini se atribuyó el disparo en su autobiografía.

Lejos de arredrarse, las tropas cargaron con más fuerza y lograron penetrar en la ciudad, y tomando al asalto la basílica de San Pedro tras una heroica resistencia de la Guardia Suiza, que vio como solo sobrevivían 42 de los 189 componentes que la formaban, y permitían al papa escapar de la capilla donde estaba rezando, a través de un pasadizo secreto conocido como el Pasetto, y refugiarse en el castillo de San Ángelo.

Sin la autoridad de Carlos de Borbón, los imperiales se lanzaron al saqueo de la ciudad. Los alemanes protagonizaron los episodios más violentos y crueles, mientras que los españoles se limitaron a saquear las posesiones papales y de los cardenales afines a Clemente. Filiberto de Chalons, príncipe de Orange, se reveló como la nueva autoridad del ejército imperial y logró detener poco a poco los saqueos.

El 6 de junio Clemente, que aún seguía retenido en el castillo, se vio obligado a firmar la paz con Carlos, que se dice que vistió de luto y envió misivas a los monarcas europeos disculpándose por el comportamiento de los alemanes. Clemente pagó 400.000 ducados y cedió las plazas de Módena, Civitavecchia, Parma y Piacenza.

El sometimiento del papa a Carlos fue total, no volviendo a hacer nada que pudiera importunar al rey español. Negó la nulidad matrimonial a Enrique VIII cuando quiso separarse de Catalina de Aragón, tía de Carlos, y le coronó emperador el 24 de febrero de 1530 en la ciudad de Bolonia.

Saqueo de Roma. Cuadro de Francisco Javier Amérigo

Saqueo de Roma. Grabado de Cornelis Boel



Clemente VII. Cuadro de Sebastiano del Piombo

Carlos de Borbón. Grabado de Thomas de Lau






domingo, 28 de abril de 2019

Batalla de Ceriñola

Un 28 de abril del año 1503, se producía la batalla de Ceriñola, que enfrentó a los ejércitos de Francia y de España por el dominio del Reino de Nápoles, tras haber roto los franceses el Tratado de Granada, firmado en octubre de 1500, y que establecía un reparto conjunto de estos territorios italianos.

Se suele hablar de esta batalla como el origen de la hegemonía militar española en Europa. Ocurrida durante las Guerras de Nápoles (1494-1559), enfrentó al ejército español al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como “El Gran Capitán”, contra el ejército francés de Luis de Armagnac, duque de Nemours y conde de Guisa. 

La repentina ruptura de hostilidades por parte de Francia, a comienzos de 1502, cogió por sorpresa a las tropas españolas en Italia. Armagnac invadió el territorio español y forzó a Fernández de Córdoba a retirar su ejército a la protección de la plaza de Barletta. Los franceses consiguieron ocupar todo el Reino de Nápoles, a excepción de la Apulia y Calabria. 

El duque de Nemours, una vez aseguradas las posiciones, mandó sitiar Barletta, estableciendo su campamento en la ciudad de Bisceglie. En septiembre de ese año, los españoles, tras aguantar las constantes provocaciones francesas, aceptaron un duelo a caballo en la ciudad de Trani, en la República de Venecia, por aquel entonces neutral. 11 caballeros españoles y 11 franceses se batieron en duelo el 20 de septiembre. 

El resultado otorgado por los jueces venecianos fue de empate, a pesar de que un caballero francés murió y otro cayó rendido, mientras que por parte de los españoles solo se rindió Gonzalo de Aller. En este duelo destacó, como en todos en los que participó, Diego García Paredes, apodado "El Sansón de Extremadura", que dicen que jamás perdió un combate. 

El Gran Capitán, tras salvar la reputación de sus hombres, evitó caer en más provocaciones y exponer sus exiguas tropas, esperando que llegasen refuerzos alemanes por mar. El problema era que el puerto de Otranto, donde debía atracar la flota española, estaba tomado por una escuadra francesa bajo el mando del almirante Prijan. El almirante guipuzcoano Juan de Lezcano, capitán general de la armada de los Reyes Católicos, obtuvo una brillante victoria y consiguió desembarcar los tan ansiados hombres que esperaba el Gran Capitán. 

Gracias a estos refuerzos, y a la victoria en Seminara obtenida por las tropas de Hugo de Cardona y Fernando de Andrade sobre el ejército francés de Bérault D'Aubigny tan solo una semana antes, las tropas del Gran Capitán se encontraban listas para combatir. Quedaban ahora compuestas por unos 5.000 infantes, entre los cuales se encuadraban 1.000 arcabuceros, 2.000 mercenarios alemanes, unos 600 hombres de caballería ligera, 800 de caballería pesada y 18 piezas de artillería. González de Córdoba estaba preparado para iniciar la campaña de reconquista de los territorios perdidos para la primavera de 1503.

Por la parte francesa se concentraron cerca de 2.000 hombres de caballería pesada, otros 2.000 de ligera, casi 6.000 infantes, 2.000 piqueros suizos y 26 piezas de artillería. La diferencia cuantitativa era evidente, pero las revolucionarias tácticas del "Gran Capitán" harían que la balanza se inclinase del lado español, causando una severa derrota al enemigo, e iniciando así el posterior triunfo sobre Francia en tierras italianas.

La clave para el general español residía en la velocidad de los movimientos de sus tropas y en explotar al máximo sus recursos y sobre todo, el terreno. De este modo Fernando mandó a sus caballeros cargar a un infante a las grupas, algo inaudito para la época, pues se consideraba un deshonor. Para acallar las protestas de sus caballeros, el propio general tomó a un soldado a su grupa y se dirigió a toda prisa hacia Ceriñola, imitándole al instante el resto.

Ésta fue una muestra de lo que luego se vería más adelante en los ejércitos españoles, donde cualquier soldado era importante y no se distinguía por condiciones de nacimiento sino por manejo de las espadas y arcabuces y valor derrochado.

La pronta llegada de los españoles a Ceriñola dio tiempo al Gran Capitán a preparar a conciencia las defensas. Mandó excavar un gran foso y levantar, gracias a la tierra extraída del mismo, un pequeño talud tras éste, reforzado por empalizadas, y tras éstas se colocaron, en primera línea, los arcabuceros, divididos en 2 grupos de 500. Tras ellos se encontraban los lansquenetes alemanes, preparados para dar batalla con sus picas, mientras que a los flancos se situaban los ballesteros y coseletes y tras éstos esperaba la caballería pesada de Próspero Colonna y Pedro de Mendoza. Fernández de Córdoba aprovechó un pequeño cerro existente tras el foso para situar su artillería y colocar a su caballería ligera, lista para acudir en apoyo de la infantería si los franceses conseguían superar sus líneas.

El general español, a sabiendas de lo obsoleto de las tácticas francesas, y de que todo su poder se basaba en su potente caballería pesada, tenía clara la estrategia a seguir. Cuando empezaba a caer la tarde del 28 de abril, mandó cargar a sus jinetes ligeros. Los franceses, totalmente confiados en su caballería, compuesta por 2.000 hombres y mandada por el mismísimo Armagnac, cayeron en la provocación de Fernández de Córdoba. 

Los jinetes
españoles simularon retirarse tras un fallido ataque, momento en que Armagnac mandó cargar a sus caballeros y perseguir a los españoles, teniendo que detener su avance al llegar al foso y al talud empalizado situado concienzudamente por los españoles, donde se atrincheraban los arcabuceros y espingarderos. En ese instante, desde la dominante posición que ocupaba el cerro de Ceriñola, la artillería española empezó a escupir fuego a diestro y siniestro. 


Hasta ese momento el arcabuz no había sido usado de manera masiva y con éxito tal, que acabase decidiendo una batalla. La caballería francesa quedó expuesta al alcance del fuego de la artillería pero sobre todo, a la veloz cadencia de disparo de los arcabuceros españoles, que masacraron al enemigo sin piedad, cayendo en la refriega el propio Armagnac. 

En ese instante la infantería francesa cargó en ayuda de su comandante y sus caballeros. Los españoles tuvieron la mala fortuna de ver cómo prendía accidentalmente la pólvora y explotaba su artillería, quedando inutilizada. Cuentan que Fernández de Córdoba, testigo del incidente, exclamó: "¡Ánimo, estas son las luminarias de la victoria! ¡En campo fortificado no necesitamos cañones!". 

Los arcabuceros siguieron haciendo fuego de manera brillante hasta que, ya demasiado cerca la infantería francesa, cansados y casi sin munición, Gonzalo los sustituyó por sus piqueros, que estaban totalmente frescos y pararon sin problemas las cargas francesas. El propio Chadieu, comandante de los mercenarios suizos al servicio de Francia, murió en la carga. Se calcula que durante el transcurso de los combates los arcabuceros españoles efectuaron unos 4.000 disparos.

Con el ejército francés inmovilizado y sin mando, el "Gran Capitán" ordenó a sus reservas flanquear al enemigo y envolverlo mientras su caballería ligera se enfrentaba a la francesa, al mando de Yves D'Allegre que, sobrepasado ampliamente, tuvo que huir. El resto del ejército francés se rindió ante la apabullante victoria de las tropas españolas.

Había transcurrido poco más de 1 hora, y las bajas entre los franceses alcanzaban algo más de 4.000 hombres, mientras que entre los españoles se contaron poco más de 100. Gonzalo Fernández de Córdoba había cambiado para siempre la forma de hacer la guerra y había sentado las bases de la guerra moderna y de lo que tres décadas después serían los famosos y temibles Tercios de España.

El Gran Capitán en Ceriñola

Batalla de Ceriñola





Batalla de Nördlingen

Bibliografía y lecturas recomendadas

  • De Pavía a Rocroi "Los Tercios de Infantería española en los siglos XVI y XVII" (Julio Albi de la Cuesta)
  • Batallas de la Guerra de los Treinta Años (William P. Guthrie)
  • Los Tercios (René Quatrefages)
  • El Gran Capitán. El héroe militar de los Reyes Católicos (José Enrique Ruiz Domenec)
  • Historia de la Armada Española desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón (Cesáreo Fernández Duro
  • Don Blas de Lezo (Gonzalo M. Quintero Saravia).
  • Spínola. Capitán general de los Tercios: De Ostende a Casal (José I. Benavides)
  • Don Juan de Austria (José Antonio Vaca de Osma).
  • Comentarios de lo sucedido en las guerras de los Países Bajos (Bernardino de Mendoza)
  • El Coronel Cristóbal de Mondragón (Ángel Salcedo Ruiz)
  • Victorias por mar de los españoles (Agustín Rodríguez González)
  • Señores del mar (Agustín Ramón Rodríguez González)
  • El león contra la jauría (Agustín Ramón Rodríguez González)
  • Farnesio. La ocasión perdida de los Tercios (Alex Claramunt Soto)
  • Los Tercios de Alejandro Farnesio, 1588: El plan combinado con la Armada y la invasión de Inglaterra (Joaquín G. Peña Blanco)
  • Rocroi y la pérdida del Rosellón "Ocaso y gloria de los Tercios" (Alex Claramunt Soto)
  • El ejército de Carlos V (Carlos Montuenga)
  • Osuna el Grande. El duque de las empresas (Emilio Beladiez Navarro)
  • Cuando éramos invencibles (Jesús A. Rojo)
  • Los generales de Flandes (Juan Carlos Losada)
  • Guerreros y Batallas: La Batalla de Gembloux. 1578 (Carlos J. Carnicer)
  • Guerreros y Batallas: Las campañas del duque de Alba. De Fuenterrabía a Argel (1524-1541) (Rubén Sáez Abad)
  • Guerreros y Batallas: Las campañas del duque de Alba. Contra franceses y protestantes, la "guerra total" (1542-1559) (Rubén Sáez Abad)
  • Felipe II (Geoffrey Parker)
  • La Guerra de los 30 años (Geoffrey Parker)
  • Historia de Felipe II (Evaristo San Miguel)
  • Bravuconadas de los españoles: así eran de verdad los soldados de los Tercios (Pierre de Bourdeille)
  • Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado (Sancho de Londoño)
  • Carlos Coloma, 1566-1637: Espada y pluma de los Tercios (Miguel Ángel Guill Ortega)
  • Julián Romero: el de las hazañas (Jesús de las Heras)
  • Gravelinas, 1558: Los Tercios de Felipe II conquistan la supremacía continental (J.D. Cabrera Peña y Alberto Raúl Esteban Rivas)
  • La batalla de Nieuport, 1600: los Tercios de Flandes en la batalla de las Dunas (Enrique F. Sicilia Cardona)
  • El Glorioso (Agustín Pacheco Fernández)
  • El Gran Capitán. Gonzálo Fernández de Córdoba (José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez)
  • La Guerra de Frisia (Hugo A. Cañete)
  • Los Tercios de Flandes en Alemania. La Guerra del Palatinado 1620-1623 (Hugo A. Cañete)
  • Los Tercios en el Mediterráneo. Los sitios de Castelnuovo y Malta (Hugo A. Cañete)
  • Los Tercios en América "La jornada del Brasil.Salvador de Bahía 1624-1625" (Hugo A. Cañete)
  • Islas Terceiras: Operaciones navales españolas del siglo XVI (Antonio Luis Gómez Beltrán)
  • La antemuralla de la Monarquía: Los Tercios Españoles en el Reino de Sicilia en el siglo XVI (Carlos Belloso Martín)
  • Memorias del Capitán Contreras. Vida de este Capitán (Alonso de Contreras)
  • 1537. Historia de la infantería de marina más antigua del mundo. (Jesús Campelo Gaínza)
  • El ejército español en la guerra de los 30 años (Pablo Martín Gómez)
  • El Gran Capitán (Juan A. Granados)
  • Carlos V (Manuel Fernández Álvarez)
  • La cruzada del océano (José Javier Esparza)
  • Hierro y Plomo. Cuentos de los Tercios Viejos (Antonio Villegas González)
  • Tercios (José Javier Esparza)
  • Los Tercios saben morir (Jesús Lorente y Luis Mediavilla)
  • Los Tercios de Flandes (Antonio José Rodríguez Hernández)
  • Tercios de España (Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca)
  • El Camino Español y la logística en la época de los Tercios (Fernando Martínez Laínez)
  • Pisando Fuerte (Fernando Martínez Laínez)
  • Revista de Historia Moderna: Anales de la Universidad de Alicante
  • Atlas ilustrado de Los tercios españoles en Flandes (Germán Segura García)

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