Batalla de Lepanto
El 7 de octubre de 1571 se producía la batalla de Lepanto, que enfrentó en el golfo de Patras a las fuerzas navales del imperio otomano y a las de la Liga Santa, formada por España, Venecia, la Orden de Malta y el Papado, y que acabó con una rotunda victoria cristiana.
Con Selim II como sultán otomano, en septiembre de 1570 los turcos habían comenzado a asediar la ciudad de Famagusta, en el este de Chipre, tras haber tomado Nicosia y buena parte de la isla. Bajo el mando de Lala Mustafá y Pialí Bajá, más de 150.000 turcos tomaron, tras casi un año de asedio, la ciudad. El encargado de la defensa de Famagusta, Marco Antonio Bragadino, pronunciaría unas proféticas palabras: "Un día nuestra armada llegará y tu ejército y tu flota quedarán destruidos".
A la par que los turcos asediaban Chipre, Venecia, España y el Papado unían sus fuerzas para tratar de enviar un socorro. Los venecianos, con Girolamo Zanne al mando, enviaban 136 galeras, 11 galeazas y otros 14 buques diversos. El papa contribuía con 12 galeras bajo el mando de Marco Antonio Colonna, virrey de Sicilia. España, por su parte, mandaba a Juan Andrea Doria con 50 galeras. Pero las desavenencias entre los distintos generales y el mal estado de muchos de los buques venecianos, pusieron fin a la esperanza de enviar la ayuda necesaria para que Chipre no cayese.
Guerreros: Lope de Figueroa y su Tercio
A pesar de ser un personaje tan interesante y admirado, la persona de Lope de Figueroa y Barradas sigue suscitando muchas preguntas aún. Las dudas con respecto a su nacimiento siguen todavía vigentes y, aunque tradicionalmente este se estableció en el año 1520, como reflejan muchos estudios, entre ellos el de Carlos Belloso Martín en su obra La Antemuralla de la Monarquía, un estudio de Juan Luis Sánchez publicado en el Diccionario biográfico español de la Real Academia de Historia, basado en las pruebas de concesión de del título de Caballero de la Orden de Santiago, afirma que nació en Guadix, Granada, en el año 1541. De esto se tratará más adelante.
Sea como fuere, sabemos que Lope de Figueroa era el segundo hijo de Leonor de Figueroa, nada menos que descendiente directa de Fernando III El Santo, según afirma Juan de Hariza en su obra Descripción genealógica de los excelentísimos señores marqueses de Peñaflor, y bisnieta de Lorenzo Suárez de Figueoroa, I conde de Feria. Su padre era el capitán Francisco Pérez de Barradas, trinchante y maestresala del rey Fernando el Católico, llegando a ser señor de Graena, alcaide de la Peza y Caballero de Santiago.
Los Tercios: El Tercio de Sicilia
En el Archivo General de Simancas se encuentra una carta en la que Lucas Cifuentes de Heredia, presidente de la Gran Corte de Sicilia, escribía al rey Felipe II las siguientes palabras: "Este Reyno de Sicilia es antemuralla de la christiandad, passo de Levante a Poniente, y cabeça del mar Mediterráneo, arrimado al África, fin del Europa y que el mayor enemigo que tiene viene del mar de Asia que le tiene enfrente, y assí lo que con más facilidad por mar y tierra asegurare el passo del trato y comercio y quitarle los incursos de cossarios en mar y tierra y fuere miembro más principal para ofender al enemigo y defenderse del, son las galeras".
Guerreros: Alejandro Farnesio
El 27 de agosto del año 1545 nacía en Roma Alejandro Farnesio, III duque de Parma, y uno de los más brillantes militares al servicio de España de todos los tiempos.
Alejandro tenía unos antepasados ilustres: era hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Austria, hija bastarda de Carlos I y por tanto, Felipe II era su tío. Su bisabuelo fue el papa Pablo III, y recibió el título de III duque de Parma, Plasencia y Castro.
Fue educado primero en Bruselas y después en la corte de Madrid por invitación del rey, donde permaneció hasta 1565, estudiando en Alcalá de Henares con su primo, el infante Carlos, llamado también "El maldito", por una demencia desarrollada a raíz de una caída casi mortal de la que solo se salvó tras una arriesgada trepanación en la cabeza, y su tío y amigo, Juan de Austria, hermanastro del rey Felipe.
Los Tercios: Tercios Embarcados. Orígenes
Antecedentes históricos.
Los soldados en la marina ya existían en la Edad Media en Castilla y Aragón; pero esto ni mucho menos era una novedad, ya que tanto egipcios, como griegos, persas o romanos, por poner algunos ejemplos, venían empleando este tipo de unidades militares y construyendo las embarcaciones más idóneas para transportarlas. Estos hombres eran contratados de forma temporal para alguna jornada o empresa concreta y se les licenciaba al finalizar esta.
En España el antecedente histórico más lejano se atestigua en Las Partidas del rey castellano Alfonso X: "et sobresalientes llaman otrosi a los hombres que son puestos además en los navíos, así como los ballesteros y otros hombres de armas... no han de facer otros oficios sino defender a los que fueren en su navío lidiando con sus enemigos". Es decir, los sobresalientes eran soldados embarcados cuya única función era el combate, pero no se constituían como un ejército permanente, sino que eran reclutados individualmente cuando las circunstancias lo reclamaban.
Además debían ser "esforzados, recios et ligeros lo más que ellos pudiesen, et cuanto más usados fuesen de la mar, tanto será mejor", es decir, hombres que tenían relación con las armas, experiencias en combate, sobre todo pequeñas incursiones en costas enemigas y defensa y ataque de buques. En la costa del Cantábrico se podían reclutar algunos de los mejores hombres para este tipo de misiones, gentes curtidas en el mar y sus inclemencias.
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| Naves cántabras, en la batalla de la Rochelle |
Los Tercios: Tercios Viejos
La Batalla de las Terceiras
Un 26 de julio del año 1582 se producía el enfrentamiento entre fuerzas navales españolas, bajo el mando del capitán general Álvaro de Bazán, y fuerzas de la armada francesa capitaneadas por el almirante Felipe Strozzi, y que acabó en una brillante victoria española.
Tras el ascenso al trono portugués de Felipe II, el prior de Crato, don Antonio, pretendiente igualmente a la corona portuguesa, había instado a una revuelta contra los españoles con el apoyo de los ingleses y franceses. Isabel I le dio dinero y la promesa del apoyo de sus corsarios a cambio de varias plazas portuguesas, 5 millones de ducados y un tributo anual. Pero Francia, con Enrique III de Valois en el trono, no dudó en ofrecer, además de dinero, tropas y suministros, alarmado por el poder que tenía en aquellos momentos el imperio español, y bajo la promesa de Antonio de cederle la posesión de Brasil.
El reducto del prior de Crato eran las islas Azores, desde donde los corsarios ingleses y franceses podían atacar fácilmente los convoyes que venían hacia España desde América. Felipe II estaba decidido a acabar con esa amenaza, por lo que a comienzos de 1582 ordenó preparar una flota con la intención de ocupar las Azores. Álvaro de Bazán, el almirante que nunca había perdido una batalla, veterano de Lepanto, Muros, Malta, o del peñón de Vélez, sería el encargado de tal empresa.
Las Campañas del duque de Osuna en Sicilia: Batalla naval del Cabo Celidonia
El 14 de julio del año 1616 daba comienzo una batalla naval entre una pequeña flota del imperio español y una potente armada del imperio otomano, en las aguas del cabo de Celidonia, cercanas a las costas de Chipre.
El nuevo virrey de Nápoles, Pedro Téllez de Girón, III Duque de Osuna, había reorganizado la flota del virreinato consciente del peligro que suponía la piratería berberisca en las aguas del Mediterráneo. Una de sus medidas fue la paulatina sustitución de las galeras por galeones. Una de las nuevas escuadras fue puesta bajo el mando de Francisco de Rivera, capitán natural de Toledo.
La misión de Rivera era partir desde Sicilia hacia el mediterráneo oriental y poner freno a las acciones de la piratería berberisca y de paso castigar los territorios otomanos. Para ello contaba con 5 galeones y un patache. El galeón "Concepción" era su capitana y contaba con 52 cañones. Con él iban también el "Buenaventura", de 27 cañones, bajo el mando de Íñigo de Urquiza; el "Almirante", de 34 cañones y con Serrano al frente; el "Carretina", con otros 34 cañones y comandado por Valmaseda; el "San Juan Bautista", galeón capitaneado por Juan de Cerceda y que contaba con 30 piezas de artillería; y el patache "Santiago", bajo el mando de Garraza. Como refuerzo embarcaron 1.600 infantes españoles.
El Asedio de Leiden
El 3 de octubre de 1574 un ejército hispánico comandado por Francisco Valdés ponía fin al asedio sobre Leiden, iniciado unos meses atrás. La ciudad no pudo ser tomada debido a la apertura de los diques que la rodeaban, provocando la llegada del ansiado socorro de los defensores, pero también la ruina económica de la ciudad.
En el marco de la Guerra de los Ochenta Años, los avances rebeldes de 1572 en Holanda habían logrado conquistar la ciudad de Leiden, un enclave estratégico en la Holanda meridional. Era sin duda la ciudad más importante de la región, y servía de puente con la Holanda septentrional, estando a poco menos de 50 kilómetros de Ámsterdam o Haarlem. Ahora disponían de un puñal en el corazón de la región, pudiendo moviliza tropas hasta Zelanda sin apenas oposición. Tras esto, la práctica totalidad de Holanda, a excepción de Amsterdam y un puñado de ciudades más, y Zelanda, estaban en manos de los rebeldes.
Los rebeldes lanzaron una campaña muy fuerte ese año. Desde el sur, Luis de Nassau, hermano del estatúder Guillermo de Orange, avanzó con sus fuerzas sobre Henao y Artois, mientras que Guillermo IV, conde van den Bergh, avanzó sobre Güeldres y el norte de los Países Bajos, con intención de llegar hasta Frisia. Mientras, Guillermo de Orange avanzaría sobre Limburgo, y de ahí acometería contra Brabante y Flandes, en una especie de golpe al corazón de los Países Bajos españoles. El duque de Alba, en ese momento gobernador de los Países Bajos, emprendió una serie de campañas para recuperar lo arrebatado por los rebeldes. Su éxito fue casi total, con asedios tan importantes como el de Haarlem o Mons.
La Pacificación de Gante y el Edicto Perpetuo
El 8 de noviembre de 1576 se firmaba el acuerdo conocido como la Pacificación de Gante, un acuerdo alcanzado por todas las provincias de los Países Bajos, tanto las rebeldes como las leales a la Corona, por el cual se determinaban las condiciones en las que se firmaría una paz con la Monarquía Española, para poner fin de esta manera a la guerra que había comenzado en 1568.
La invasión rebelde de 1572, tras la toma por parte de los Mendigos del Mar de las villas de Brielle, Flesinga o Dordrecht, había hecho crecer como la pólvora la rebelión en los Países Bajos. Guillermo de Orange y su hermano vieron la oportunidad de lograr lo que no habían podido en 1568. Tres fueron los ejércitos rebeldes que penetraron en los Países Bajos; por el norte avanzó Guillermo de Berg, el príncipe de Orange lo hizo por el centro, mientras que Luis de Nassau junto al almirante Coligny avanzó por el sur desde Francia. El Gran Duque de Alba tuvo que redoblar sus esfuerzos para contener el desastre, sin los fondos necesarios y con la sombra del duque de Medinaceli, Juan de la Cerda, que había llegado en teoría para sustituirle.
Pero Medinaceli, conocido por su carácter apacible y comedido, no se entendió desde el primer momento ni con Alba ni con las tropas españolas, que le consideraban débil e incapaz de hacer frente a una situación como la que se venía encima, así que, hastiado, regresó a España. Esta vez Felipe II encontró en el gobernador de Milán, Luis de Requesens, la figura que debía apaciguar mediante la diplomacia el indómito escenario de los Países Bajos. Como mentor de Juan de Austria, estuvo en la Guerra de las Alpujarras o en la Batalla de Lepanto a su lado, lo que le dotaba de buenos conocimientos militares, pero sus años de embajador ante la Santa Sede también le habían conferido un talento diplomático bastante grande.
Batalla de Gembloux
El 31 de enero de 1578 las tropas realistas, comandadas por don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, se enfrentaron en Gembloux a los ejércitos de los Estados Generales de los Países Bajos, obteniendo una aplastante victoria que daría un notorio giro en el devenir de la guerra.
Llevaba casi 10 años en marcha la Guerra de los Ochenta Años años. Atrás quedaban los inicios de la contienda con la victoria protestante en mayo de 1568 en Heiligerlee, y la posterior devolución del golpe por parte de los españoles en Jemmingen. La sustitución como gobernador de los Países Bajos del Duque de Alba por Luis de Requsens, no había logrado frenar las revueltas protestantes, que se recrudecían por momentos. Felipe II, angustiado por el cariz que tomaban los acontecimientos, resolvió nombrar gobernador, tras la muerte de Requesens en 1576, a su hermanastro Juan de Austria, confiando en que el "Héroe de Lepanto" pudiera hacerse con el control de la situación. Tras su llegada en noviembre de 1576, no perdió un segundo y comenzó a tender puentes con los protestantes.
En febrero de 1577, don Juan lograba firmar el conocido como "Edicto Perpetuo" en el cual aceptaba los acuerdos de la "Pacificación de Gante", por los que se declaraba la tolerancia religiosa en los Países Bajos, se realizaba una amnistía para los presos holandeses, se confirmaban y otorgaban nuevos privilegios a la nobleza y el clero protestante, se nombraba a Guillermo de Orange como Estatúder de Holanda y Zelanda, y se sacaban a las tropas extranjeras de los Países Bajos, incluyendo a los tercios españoles, en un plazo de 20 días. A cambio, los protestantes reconocían a Felipe II como su rey y a Juan de Austria como gobernador actuando en nombre de éste, y se comprometían a respetar a los católicos de sus territorios.
Guerreros: Álvaro de Bazán y Guzmán
El 12 de diciembre del año 1526, nacía en Granada Álvaro de Bazán y Guzmán, Capitán General de la Mar Oceana, y uno de los marinos más importantes y brillantes de la historia de España. De ascendencia navarra, el linaje Bazán estuvo siempre ligado a La Corona de Castilla. Su abuelo llegó a ser capitán general en la guerra de Granada. Su padre derrotó a los franceses en Galicia, en la batalla naval de Muros, también como Capitán General de la Mar Oceana, y en la que llegó a participar su hijo Álvaro.
A los 3 años, Álvaro de Bazán fue nombrado caballero de la Orden de Santiago, y con 8 fue nombrado, por Carlos I, Alcaide del Castillo de Gibraltar mediante una Real Cédula expedida por el rey y que rezaba: “Acatando vuestra suficiencia y habilidad y los muchos y leales servicios que el dicho vuestro padre nos ha hecho y esperamos que vos nos haréis”.
En 1546, ya como un consolidado marino, fue puesto al mando de la flota que daba escolta en las costas del suroeste de España a los buques que llegaban de América. Esto le permitió mostrarse como un brillante táctico en sus enfrentamientos con piratas y corsarios, principalmente ingleses y franceses, aunque también otomanos. Tras su matrimonio con Juana de Zúñiga, fue nombrado capitán de la armada con tan solo 28 años, sirviendo en numerosas acciones en las que siempre acababa saliendo victorioso.
Las Campañas del duque de Osuna en Sicilia: Las Batallas de Cabo Corvo y Messina
Al amanecer del 29 de agosto de 1613 la escuadra española de galeras de Sicilia al mando del general Octavio de Aragón, mano derecha del duque de Osuna en los asuntos del mar, avistó a la altura del cabo Corvo 12 galeras turcas, salidas del puerto de Rodas, bajo el mando de Mehemet Pashá.
Con la llegada de Pedro Téllez-Girón, III Duque de Osuna, a Sicilia tras ser nombrado virrey en marzo de 1611, el reino experimentó importantes cambios. Osuna se encontró un reino en bancarrota, un severo problema de delincuencia y con una escuadra de tan solo 9 galeras, que padecía una falta acuciante de remeros, con la que resultaba imposible hacer frente a los ataques de la piratería berberisca y otomana. Pero el duque se puso manos a la obra y con su energía y perspicacia habitual, en menos de un año tenía resulto el problema de la delincuencia y la economía mejoraba a buen ritmo.
Para paliar la falta de remeros convocó un concurso de saltos de altura, entregando un doblón a quien superase el primer salto y un escudo de oro a quien saltase el segundo. Sucedía que en el reino había toda clase de supuestos ciegos, cojos, mancos o tullidos, que cayeron en el engaño del duque y se presentaron al concurso. Aquellos que lograron superar los obstáculos obtuvieron el doblón y el escudo y también una condena a galeras por 10 años. De esta forma se consiguió poner fin al problema de la falta de remeros.
Asedio de Mons
El 19 de septiembre de 1572 se firmaban las capitulaciones de la rendición de Mons, ciudad tomada en mayo de ese año por los protestantes holandeses de Luis de Nassau, y que fue recuperada por los ejércitos del Duque de Alba, gobernador de los Países Bajos.
En el marco de la Guerra de los 80 años, los protestantes preparaban un nuevo golpe de mano empujados por las negociaciones que estaban llevando a cabo con los franceses y los ingleses. Éstos, tras la victoria de los españoles en Lepanto, temían que Felipe II quedase con las manos libres para extender su poder aún más en Europa, por lo que tenían un claro interés en avivar las llamas de las revueltas en los Países Bajos.
Con estas promesas de respaldo se lanzó Luis de Nassau a tomar Mons. Iba acompañado de Mos de Genlis y su ejército de 1.500 hugonotes franceses. Mediante diversas artimañas consiguieron meter una pequeña fuerza en la ciudad y abrir las puertas para que entrase después el resto del ejército. A los pocos días llegarían unos 2.000 soldados franceses más, y otros 2.500 hombres, entre infantes y jinetes, bajo el mando del conde de Montgomery, que irían a conquistar distintas plazas. Los saqueos de templos y abusos y asesinatos contra la población católica no se hicieron esperar.
Las Campañas de Farnesio en Flandes. De Gembloux a Maastricht
Habían transcurrido ya seis años desde la gran victoria católica contra el Turco en la Batalla de Lepanto y el ardor guerrero de Alejandro Farnesio se volvía cada vez más difícil de contener, más aún tras la muerte de su mujer, María de Portugal, princesa de Parma. El joven príncipe ardía en deseos de acompañar a su tío don Juan de Austria, que había sido nombrado gobernador de los Países Bajos, y ayudarle en la complicada situación en la que se encontraba. Don Juan había tenido que huir de Bruselas el 13 de junio de 1577, ante las graves informaciones de un complot para asesinarle, y hacerse con el castillo de Namur, donde se refugiaría con los que aún le eran leales. El 15 de agosto don Juan, en una emotiva carta, solicitó el regreso de los soldados españoles, que habían abandonado los Países Bajos en virtud de los acuerdos alcanzados en la Paz de Gante y el Edicto Perpetuo. De igual forma, solicitó la llegada de su querido sobrino, Alejandro Farnesio.
Unas semanas antes, el 30 de junio, y con su esposa recién fallecida, Farnesio solicitó al rey que le emplease en algún "servicio". Tenía en mente el de Parma acudir a Flandes o embarcarse en la aventura que el rey Sebastián I de Portugal preparaba: la conquista del norte de África. Pero don Juan le reclamaba ante el rey Felipe II, y el 29 de agosto escribió a Farnesio solicitando que acudiese a Flandes a la mayor brevedad posible. Geoffrey Parker en su obra Felipe II, la biografía definitiva, apunta que en reunión del Consejo de Estado, el consejero Quiroga indicó al rey que "el príncipe de Parma estarían bien con el señor don Juan y podría ayudarle mucho", y además expuso el argumento que acabó de convencer al rey: "y lo que más importa es que si el señor don Juan faltas, no quedaría aquello desamparado como cuando murió el comendador mayor (Luis de Requesens), que ha sido la causa de venir a estos términos".
La situación en Flandes era crítica, tal es así, que don Juan había escrito el 15 de agosto una sentida carta en la que reclamaba la vuelta urgente de los infantes españoles. "A los magníficos, amados, y amigos míos, los capitanes y soldados de la mía infantería española que salió de los Estados de Flandes [...] Venid pues, amigos míos, mirad que no solo aguardo yo, sino también las iglesias, monasterios, religiosos y católicos cristianos, que tienen a su enemigo presente, con el cuchillo en la mano, y no os detenga el interés de lo mucho o poco que se os dejaré de pagar, pues será cosa muy ajena de vuestro valor preferir eso, que es miseria, a una ocasión donde con servir tanto a Dios y a S. M. podréis acrecentar la fama de vuestras hazañas, ganando perpetuo nombre de defensores de la fe". Y concluía don Juan con una última arenga: "a todos ruego que vengáis con la menor ropa y bagaje que pudiereis, que llegados acá no os faltarán de vuestros enemigos".
Guerreros: Álvaro de Sande
Álvaro de Sande y Paredes de Ulloa nació en Cáceres, en un tiempo en que Extremadura paría a algunos de los mejores soldados del mundo. Tercer hijo de una noble familia que se había mudado de Lugo a Cáceres a comienzos del siglo XV, su padre era Juan de Sande, señor de Valhondo y primo del cardenal obispo de Ostia, Bernardino de Carvajal y Sande, su madre Isabel de Paredes Golfín, y su abuelo paterno, Sancho de Paredes, fue camarero de la mismísima Isabel la Católica.
Como todos los que no eran primogénitos en esa época su futuro se encontraba en las armas o la sotana. Álvaro de Sande se decantó por lo segundo, tal vez impulsado por el primo de su padre, y se trasladó a Salamanca para desarrollar su carrera eclesiástica y estudiar derecho. Pero no le duraron mucho las inquietudes religiosas y legales, y pidió una dispensa papal para poderse dedicar a lo que era su auténtica pasión: las armas.
Los años siguientes a esta decisión son poco conocidos pero en la década de 1530 Álvaro de Sande se encontraba combatiendo en el Mediterráneo tras haberse puesto a las órdenes del condotiero Ferrante Gonzaga, leal servidor del emperador Carlos. Fue en la campaña de Túnez y La Goleta de junio de 1535 donde le vemos destacar sobresalientemente, distinguiéndose en los duros combates de aquella jornada que acabó con la victoria española y la recuperación de Túnez, arrancándola de las manos de Barbarroja y los otomanos.
Defensa de Castelnuovo
El 7 de agosto del año 1539, se producía la toma de la fortaleza de Castelnuovo por la fuerzas otomanas, tras la heroica resistencia de los españoles que la defendieron durante varias semanas.
Tras conseguir parar el avance turco sobre Austria en Viena en 1529, y las conquistas de la Jornada de Túnez, Barbarroja fue puesto al frente de la nueva flota de Solimán que debía asolar las tierras bañadas por el mar Jónico y por el Egeo. Tanto Venecia como el papa estaban claramente alarmados, y emprendieron una campaña diplomática para crear la Liga Santa, que acabó compuesta por el Papado, Venecia, España, la Orden de Malta y el archiducado de Austria. Esta liga se lanzó a acabar con el dominio otomano en el Mediterráneo, combatiendo contra Barbarroja en el golfo de Arta, pero las diferencias entre sus miembros precipitaron su disolución tras la derrota sufrida a manos otomanas. Como resultado de estos, Barbarroja pudo escapar y los españoles se quedaron solos junto a los venecianos en la toma de Castelnuovo, fortaleza clave en la costa dálmata de Montenegro.
Para la toma de esta fortaleza se había constituido por parte de los españoles un fuerte contingente bajo el mando de Sancho de Alarcón, y compuesto por diversas compañías sacadas de los presidios de Puglia, y cuyo número se acercaba a los 3.000 hombres. Tras la toma de la fortaleza por los españoles, el emperador Carlos V, a la sazón rey de España, decidió que Castelnuovo quedase bajo su mando, por lo que Venecia, que reclamaba su propiedad, interrumpió su apoyo y se retiró. Las compañías que habían tomado Castelnuovo regresaron a sus lugares de origen mientras que el maestre de campo Alarcón se le puso al frente del nuevo tercio de Nápoles que se había de levantar tras la disolución del antiguo por corrupción, junto a los de Sicilia y Lombardía.
Gran Sitio de Malta (Parte III)
Para mediados de agosto García de Toledo había convocado al consejo para exponer las órdenes del rey, Felipe II. Allí estaban Álvaro de Bazán, general de galeras de España; Andrea Doria, general de galeras de Génova; Álvaro de Sande, maestre de campo del Tercio Viejo de Nápoles; Sancho de Londoño, maestre del Tercio Viejo de Lombardía, y Gonzalo de Bracamonte, maestre del Tercio de Cerdeña. Las noticias que les llegaban a los turcos acerca del Gran Socorro no eran muy halagüeñas: Mustafá recibió misivas que le advertían de la presencia en Messina de al menos 36 navíos, 113 galeras y varios miles de soldados. Debía darse prisa en tomar Malta si no quería vérselas con los Tercios de España.
Siguieron los turcos descargando su artillería contra las defensas cristianas y el día 20 de agosto lanzaron un nuevo gran asalto. Mustafá atacaría San Miguel, liderando él mismo las tropas para infundirles moral. Pialí, mientras tanto, terminaría la mina que estaba preparando contra el puesto de Castilla. El plan era atraer a cuantos cristianos pudieran sobre San Miguel para que, una vez desguarnecido el Burgo, hacer volar la mina e iniciar el asalto. El asalto llevaba varias horas cuando Pialí tenía lista su mina. La fortuna sonrió a los defensores del espolón de Castilla, ya que el artefacto explosionó hacia afuera, causando enormes daños entre los turcos.
Guerreros: El Gran Duque de Alba (Parte II)
Mientras la influencia de Ruy Gómez crecía sobre la figura de Felipe, el recelo de éste hacia el duque de Alba iba en aumento. De esta forma, y aprovechando el intento de invasión francesa de los Países Bajos, a finales de 1554, rechazado finalmente por las tropas de Carlos y la entrada de una nueva fuerza en el Piamonte, bajo el mando de Charles de Cossé, conde de Brissac, Felipe convenció a su padre para que mandase al duque a poner en orden los asuntos en Italia.
Allí fue el duque a comienzos de 1555, teniendo que hacer frente no solo a los franceses, sus enemigos externos, sino a las maquinaciones de sus enemigos en la Corte, especialmente el vil Ruy, quien hizo todo lo posible para privarle de fondos y hombres para su campaña en Italia. Y es que ya antes de la partida del duque, a los soldados acantonados en el Estado de Milán se les debía, en concepto de pagas atrasadas, se les debía la desorbitante cantidad de 600.000 ducados. No solo no se le fueron entregadas estas cantidades, sino que apenas se le asignaron 200.000 ducados a última hora, pues uno de sus más fieles partidarios, Francisco de Eraso, se había pasado al bando de Ruy e intentó todo lo que estuvo en su mano para que no le llegasen esos dineros.
Mientras el duque se reunía en Augsburgo con el rey Fernando, las intrigas continuaban en la Corte, negándole incluso su propio sueldo de 12.000 ducados. Llegado a Innsbruck envió una carta a Felipe advirtiendo de que no tomaría posesión de sus cargos en Italia a menos de que se le abonaran las cantidades prometidas. En vistas de la situación, Alba trató de conseguir dinero de todas las formas posibles, tanto en Italia, a través de Bernardino de Mendoza, como en sus posesiones en España, desarrollando una gran actividad agrícola en sus tierras.
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