Batalla de Pavía

Los Tercios: El Tercio de Sicilia


El reino de Sicilia constituía un enclave estratégico, tanto comercial como militar, para la monarquía española. Su situación proporcionaba una base más que necesaria en las campañas militares que el emperador Carlos iba a emprender en el norte de África, como por ejemplo las de Túnez y La Goleta. El propio emperador señalaba muy juiciosamente que "mi reyno de Sicilia, que por estar al aposto del Turco, perpetuo enemigo de la Cristiandad, se puede decir que es como antemuralla de los otros mis Reinos y Señoríos".  

En el Archivo General de Simancas se encuentra una carta en la que Lucas Cifuentes de Heredia, presidente de la Gran Corte de Sicilia, escribía al rey Felipe II las siguientes palabras: "Este Reyno de Sicilia es antemuralla de la christiandad, passo de Levante a Poniente, y cabeça del mar Mediterráneo, arrimado al África, fin del Europa y que el mayor enemigo que tiene viene del mar de Asia que le tiene enfrente, y assí lo que con más facilidad por mar y tierra asegurare el passo del trato y comercio y quitarle los incursos de cossarios en mar y tierra y fuere miembro más principal para ofender al enemigo y defenderse del, son las galeras". 

Por tanto la importancia de este reino era fundamental y los puertos de Sicilia, tales como Palermo, Siracusa, Augusta, Trapani o Mesina, sirvieron de base logística y de reunión de tropas para acometer campañas como las de Túnez, los Gelves, Malta o Lepanto. El virrey de Sicilia, Héctor Pignatelli Carraffa, conde de Monteleón, escribió el 22 de octubre de 1522 al Comendador Mayor de León del Consejo del Rey indicándole que "conviene hazer que sea antes para offender al enemigo que para defender, porque ultra de ser mas provechoso no sperar la guerra en cassa se hará con menos gasto", haciéndonos una idea de la relevancia que tenía este territorio para los intereses de España.

Carlos V debía dar una respuesta a las necesidades militares de España en sus posesiones italianas, y de esta forma se crearon los Tercios Viejos en los enclaves más relevantes de Italia. Los comúnmente denominados  van a ser las primeras unidades militares de carácter permanente, que serán los de Lombardía, Nápoles, Sicilia, Málaga y Cerdeña, que se irán creando formalmente a lo largo de la década de los años 30 del siglo XVI, aunque no tengamos denominación formal como tercios hasta las Instrucciones u Ordenanzas de Génova de noviembre de 1536.

Guerreros: Álvaro de Sande


Álvaro de Sande y Paredes de Ulloa nació en Cáceres, en un tiempo en que Extremadura paría a algunos de los mejores soldados del mundo. Tercer hijo de una noble familia que se había mudado de Lugo a Cáceres a comienzos del siglo XV, su padre era Juan de Sande, señor de Valhondo y primo del cardenal obispo de Ostia, Bernardino de Carvajal y Sande, su madre Isabel de Paredes Golfín, y su abuelo paterno, Sancho de Paredes, fue camarero de la mismísima Isabel la Católica. 

Como todos los que no eran primogénitos en esa época su futuro se encontraba en las armas o la sotana. Álvaro de Sande se decantó por lo segundo, tal vez impulsado por el primo de su padre, y se trasladó a Salamanca para desarrollar su carrera eclesiástica y estudiar derecho. Pero no le duraron mucho las inquietudes religiosas y legales, y pidió una dispensa papal para poderse dedicar a lo que era su auténtica pasión: las armas.

Los años siguientes a esta decisión son poco conocidos pero en la década de 1530 Álvaro de Sande se encontraba combatiendo en el Mediterráneo tras haberse puesto a las órdenes del condotiero Ferrante Gonzaga, leal servidor del emperador Carlos. Fue en la campaña de Túnez y La Goleta de junio de 1535 donde le vemos destacar sobresalientemente, distinguiéndose en los duros combates de aquella jornada que acabó con la victoria española y la recuperación de Túnez, arrancándola de las manos de Barbarroja y los otomanos.

Los Tercios: Tercios Embarcados. Orígenes


Antecedentes históricos.

Los soldados en la marina ya existían en la Edad Media en Castilla y Aragón; pero esto ni mucho menos era una novedad, ya que tanto egipcios, como griegos, persas o romanos, por poner algunos ejemplos, venían empleando este tipo de unidades militares y construyendo las embarcaciones más idóneas para transportarlas. Estos hombres eran contratados de forma temporal para alguna jornada o empresa concreta y se les licenciaba al finalizar esta.

En España el antecedente histórico más lejano se atestigua en Las Partidas del rey castellano Alfonso X: "et sobresalientes llaman otrosi a los hombres que son puestos además en los navíos, así como los ballesteros y otros hombres de armas... no han de facer otros oficios sino defender a los que fueren en su navío lidiando con sus enemigos". Es decir, los sobresalientes eran soldados embarcados cuya única función era el combate, pero no se constituían como un ejército permanente, sino que eran reclutados individualmente cuando las circunstancias lo reclamaban.

Además debían ser "esforzados, recios et ligeros lo más que ellos pudiesen, et cuanto más usados fuesen de la mar, tanto será mejor", es decir, hombres que tenían relación con las armas, experiencias en combate, sobre todo pequeñas incursiones en costas enemigas y defensa y ataque de buques. En la costa del Cantábrico se podían reclutar algunos de los mejores hombres para este tipo de misiones, gentes curtidas en el mar y sus inclemencias.

Naves cántabras, en la batalla de la Rochelle

La Batalla de Ruvo


El 23 de febrero de 1503 las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán , tomaban al asalto la plaza de Ruvo, defendida por una guarnición francesa bajo el mando de Jaques de Chabannes, señor de La Palisse.

En el marco de las Guerras Italianas, el Tratado de Granada entre los Reyes Católicos y el monarca francés había hecho repartirse el centro y sur de Italia; Nápoles quedó bajo el dominio francés, mientras que Sicilia quedaba en manos de España. Pero pronto surgieron las discrepancias en la interpretación de los términos del acuerdo y el monarca francés, Luis XII, no dudó en invadir las posesiones italianas españolas para colmar sus ambiciones expansionistas a mediados de 1502.

Los franceses, aprovechando la sorpresa y su gran superioridad numérica, avanzaron hacia el sur de la península itálica y cercaron a las tropas españolas del Gran Capitán en la villa de Barletta. Allí se atrincheró el brillante militar español durante el invierno de 1502-1503, permitiendo tan solo un singular combate, para guardar el honor de los españoles, entre 11 de sus jinetes y 11 franceses, en lo que se conoció como el Desafío de Barletta. 

La Guerra de la Valtelina: La batalla de Tirano


En septiembre de 1620 se produjo la batalla de Tirano, que enfrentó a los calvinistas grisones y a las fuerzas españolas del Tercio de Saboya, que prestaban apoyo a los católicos de la zona alpina de Lombardía, y supuso recuperar el control de la Valtelina y por tanto, el aseguramiento de la nueva ruta del Camino Español.

La Guerra del Monferrato había concluido en 1617 pero las tensiones entre el ducado de Saboya, apoyado por Francia, habían hecho peligrar el antiguo Camino Español, por lo que los soldados de Felipe III hubieron de buscar una alternativa, y la encontraron atravesando la región de la Valtelina, una zona montañosa del norte del Milanesado pegada al cantón de los grisones. Esta región se había mantenido bajo autoridad del ducado de Milán desde el siglo XIV, pero a partir del siglo XVI surgieron tensiones tras la llegada del calvinismo al cantón grisón.

Los grisones, llamados así según parece por sus ropajes grises, invadieron parte de la Valtelina y persiguieron sin tregua a los católicos de la región. Los grisones no dudaron en torturar y asesinar al arcipreste de Sondrio, Nicola Rusca, en septiembre de 1618. Los católicos estallaron ante tal provocación y se rebelaron contra los calvinistas. A mediados de julio de 1620 los católicos, liderados por Robustelli di Grosotto, lograron hacerse nuevamente con el control de la Valtelina y deshacerse del poder grisón en la región.

La Guerra del Monferrato. Parte II (1616-1617)


Con el comienzo de 1616 las maltrechas arcas del duque de Saboya se vieron aliviadas con lustrosas cantidades de dinero veneciano que sirvieron para reclutar un nuevo ejército y romper el tratado firmado en Asti con el marqués de Hinojosa tan solo unos meses atrás. De esta forma Carlos Manuel volvió a reanudar la guerra en el Monferrato, invadiendo el territorio a través del Langhe y a lo largo del río Tanaro.

En el Monferrato los españoles contaban con unos 10.000 infantes y 20 compañías de caballos, algo a todas luces insuficiente ya que el de Saboya había logrado reunir un ejército de casi 35.000 hombres, entre los que se encuentran 14.000 infantes saboyanos, 4.000 alemanes, 4.000 suizos, 10.000 franceses y casi 3.000 jinetes. El nuevo gobernador del Milanesado, el marqués de Villafranca del Bierzo, Pedro Álvarez de Toledo, emprende una rápida campaña de reclutamiento de hombres en Alemania, Borgoña y Suiza.

Así para mediados de agosto de 1616 los españoles contaban ya con un ejército de casi 34.000 soldados de los cuales 5.500 era españoles, 6.000 alemanes, 8.000 lombardos, 4.000 borgoñones, 3.500 italianos, 4.000 suizos y 3.000 jinetes. De estas fuerzas habrá que descontar las que se queden en labores defensivas en el Milanesado, pudiendo movilizar el marqués para la guerra con Saboya a unos 22.000 soldados y 2.500 jinetes.

La Guerra del Monferrato. Parte I (1613-1615)


El 18 de febrero de 1612 moría en Mantua Vincezo I Gonzaga y su hijo, Francesco Gonzaga se convertía en el IV duque de Mantua y II Marqués del Monferrato, poniendo fin, momentáneamente, a las aspiraciones del duque de Saboya, Carlos Manuel I, quien ambicionaba el marquesado espoleado por sus nuevos aliados franceses con quienes había firmado en 1610 el Tratado de Bruzolo.

La Pax Hispanica de Felipe III, con Francisco de Sandoval y Rojas, I duque de Lerma, a la cabeza del gobierno, se había impuesto en el continente y la idea de acabar con los conflictos en Europa parecía vislumbrarse, aunque las disputas religiosas en Francia y el Sacro Imperio amenazaban con romper el frágil equilibrio promovido por España, quien necesitaba con urgencia reducir sus teatros de operaciones bélicas si querían sanear y poner en orden sus cuentas.

Esta necesidad había llevado a España a firmar importantes acuerdos de paz; primero la Paz de Vervins, donde los españoles se comprometieron a concluir su participación en las guerras de religión francesas. Posteriormente el Tratado de Londres, en 1604, por el cual se ponía fin a la Guerra anglo-española que desde 1585 tenía lugar. Y por último la Tregua de los doce años, que suponía un parón importante en el agotador y sangrante conflicto bélico en Flandes, que tantos quebraderos de cabeza había costado ya a la monarquía española desde los tiempos de Felipe II. 

En este panorama internacional la repentina muerte de Francisco Gonzaga el 22 de diciembre de 1612 ponía en jaque el delgado equilibrio de la zona del noreste de Italia que se lograba mantener gracias a los esfuerzos de la monarquía española. El duque de Saboya, antiguo aliado español, despreciando las legítimas reclamaciones del cardenal Fernando, heredero legítimo de Mantua y del Monferrato, invadió el marquesado a comienzos de la primavera de 1613 con un ejército de 7.000 infantes y 1.000 caballos entre los que se encontraban mercenarios suizos, franceses, piamonteses y saboyanos bajo el mando del conde San Giorgio.

Guerreros: Carlos Coloma de Saa


Nacido en 1566 en el castillo de la localidad alicantina de Elda, Carlos Coloma de Saa fue un destacado militar, historiador y diplomático español que sirvió con honor y distinción en los ejércitos de la monarquía española.

Era el cuarto hijo del conde de Elda, Juan Coloma y Cardona, nieto de quien fuese secretario del rey de Aragón, Juan II y de Fernando el Católico. Juan Coloma se había casado con la portuguesa Isabel de Saa, proveniente de una familia burguesa originaria de Aragón, a quien había conocido en la corte de María de Austria, hermana de Felipe II. De esta unión nació Carlos Coloma en el castillo de Elda, donde se había trasladado su familia. Tan solo cuatro años después, en 1570, su padre fue nombrado virrey de Cerdeña, cargo que desempeñaría hasta 1577, recibiendo el título de I marqués de Elda. 

Carlos Coloma comenzó su carrera militar a la edad de 14 años, alistándose en los ejércitos del Gran Duque de Alba para la invasión de Portugal. En 1584 se alistó en las galeras de Sicilia y apenas dos años después, cuando su padre muera en octubre de 1586, recibirá como herencia 500 ducados y una casa, poco pero algo típico de aquel entonces para los segundones de casas nobles. En 1588 Pedro de Tassis es nombrado veedor general del ejército de Flandes. Era familia lejana de Carlos Coloma, así que accedió a llevárselo como entretenido con una paga de 40 escudos en el ejército de Alejandro Farnesio.

Los Tercios: Las Formaciones


Los Tercios fueron sin duda alguna la mejor fuerza de combate de los siglos XVI y XVII. Esto fue posible gracias no solo a los soldados que los componían; hombres forjados para la guerra como no había otros en Europa, sino también por lo innovador y revolucionario de sus tácticas de combate, cuyo origen se remontaba a los tiempos del Gran Capitán.

Hoy en día cuesta imaginar cómo era la vida de los soldados de los tercios. Aguantar las penosas condiciones a las que estaban sometidos; el frío, el calor, el hambre, la sed, la falta de pagas... y sobre todo el miedo, algo inevitable cuando rompía el combate. Cervantes, en su inigualable Don Quijote de la Mancha, escribía: "sonaba el duro estruendo de espantosa artillería; acullá se disparaban infinitas escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes". Para hacer frente a tales adversidades sería fundamental el entrenamiento y la disciplina, de tal manera que el soldado fuese capaz de aprender y desarrollar las tácticas de combate y mantener el orden en los momentos más complicados de la batalla.

Por tanto los tercios van a desarrollar, a través de dicho entrenamiento y disciplina, una serie de tácticas que los van a convertir en perfectas máquinas de guerra. Algunas de las enseñanzas obtenidas con las tácticas que el Gran Capitán desarrolló durante las Guerras italianas serán el empleo combinado de las fuerzas por mar y tierra; la movilidad de la infantería, capaz de avanzar por cualquier terreno; el uso masivo de las armas de fuego; las formaciones en profundidad, capaces de maniobrar con gran ventaja sobre los enemigos; y la importancia de la elección del terreno. El elemento esencial desde el cual van a partir estas tácticas se encuentra en las formaciones. Los tercios van a desarrollar principalmente tres tipos de formaciones: de batalla, de marcha y de guarnición.

Batalla de Garellano


El 28 de diciembre de 1503 las tropas españolas del Gran Capitán cargaban sobre el ejército francés en las inmediaciones del río Garellano, obteniendo una brillante victoria y poniendo fin a las pretensiones de Luis XII sobre Nápoles, quien se vería obligado a firmar la paz con España. 

Las pretensiones del rey francés Carlos VIII sobre el trono napolitano en 1494 habían dado comienzo a las llamadas Guerras Italianas. Francia fue derrotada por España y sus aliados: Venecia, Milán, el Sacro Imperio y los Estados Pontificios. Su sucesor en el trono, Luis XII, reanudó la guerra en 1499 y conquistó el Ducado de Milán, apresando al duque Ludovico Sforza, contando esta vez con el apoyo veneciano y del papa Alejandro VI y su hijo César Borgia.

Luis XII, que no quería repetir los errores de su predecesor, firmó con Fernando el Católico el Tratado de Granada mediante el cual se repartían el centro y el sur de Italia; Nápoles para Francia y Sicilia para España. Las discrepancias pronto surgieron y los franceses, a mediados de 1502, invadieron las posesiones españoles en Italia. La superioridad numérica francesa pronto dejó a los españoles en una situación crítica en la península itálica, quedando el Gran Capitán encerrado en la plaza de Barletta durante el invierno de 1502-1503.

Guerreros: Juan del Águila


El año 1545 fue testigo del nacimiento de uno de los más destacados y notables soldados de cuantos sirvieron en los ejércitos de la monarquía española; Juan del Águila nacía en Ávila y pasaría, por derecho propio, a la historia como maestre de campo de los tercios españoles.  

Era el cuarto hijo de una familia de la nobleza local y pasó su infancia en la villa abulense del Berraco. No siendo primogénito las opciones que tenía el joven Juan pasaban por los hábitos o las armas y, como se podría comprobar más adelante, tenía una especial aptitud para la guerra, por lo que decidió sentar plaza como soldado en la compañía de Gonzalo de Bracamonte cuando éste se encontraba reclutando infantes en Ávila para el ejército del rey Felipe II, allá por 1563.

Con 18 años pues, siguió la bandera de su capitán y se incorporó al Tercio Viejo de Cerdeña. No tardaría mucho Bracamonte en hacerse con los mandos del tercio. En 1564 era nombrado maestre del mismo y enviado al Peñón de Vélez de la Gomera. Era principios de septiembre y la expedición de 93 galeras y decenas de otras embarcaciones, comandada por García Álvarez de Toledo, se presentaba ante el inexpugnable refugio de piratas argelinos y otomanos y lo ocupaba, permaneciendo éste en poder español hasta nuestros días.

Los Tercios: Soldados y Empleos


Entre los soldados de los tercios de los ejércitos hispánicos podíamos encontrar desde primogénitos de grandes de España, pasando por segundones de casas nobles, caballeros, hidalgos, célebres escritores y por supuesto hombres humildes de toda condición y profesión. Fernando Martínez Laínez calcula que el veinticinco por ciento de los soldados de los tercios tenían derecho al "don", es decir, eran bachilleres o nobles. Esto, por supuesto, no tenía parangón con ningún otro ejército de cuantos campaban por Europa, donde era inconcebible que un noble combatiese a pie como infante, algo muy común entre los españoles. 

El proceso para entrar a formar parte de los tercios era bastante simple. Cuando se necesitaban soldados el rey mandaba designar capitanes que levantasen bandera, esto es, reclutasen gente. Los capitanes se escogían de entre los soldados veteranos que se habían ganado a pulso y por méritos propios la posibilidad de mandar una compañía. Para ello debían presentar ante el Consejo de Guerra sus papeles; éstos eran las cartas y certificados que sus mandos habían firmado y donde se les atribuían méritos, logros y acciones, y que todo soldado llevaba siempre encima. Una vez examinados los papeles por el Consejo, y si era merecedor del cargo, era nombrado capitán y el propio rey firmaba la patente. Este documento lo nombraba capitán, le asignaba un sueldo a él y a sus futuros hombres y le autorizaba a levantar bandera. 

El capitán se presentaba en una población y reclutaba gente de todo tipo; desde veteranos soldados que aspiraban al cargo de sargentos o cabos, así como hombres que tan solo buscaban un salario, o que aspiraban a alcanzar fama, gloria o fortuna. La única condición era que no fuesen ancianos, impedidos o menores de 20 años, aunque esto último muchas veces se incumplía. En la España del siglo XVI resultaba todo un espectáculo ver entrar a los capitanes en los pueblos, acompañados de sus ayudantes, tambor y pífanos lo que unido a las historias que circulaban sobre aventuras y riquezas, lo hacía especialmente atractivo a los ojos de los jóvenes de la población. Al nuevo soldado se le entregaba algo de dinero por adelantado, y vestido y calzado, así como el arma, que se le descontaba de su futura paga.

Guerreros: Sancho Dávila



Sancho Dávila y Daza vino al mundo un 21 de septiembre del año 1523 en la ciudad castellana de Ávila y alcanzó merecida fama por sus notables éxitos militares en las 4 décadas en las que combatió en los campos de batalla de media Europa y del norte de África.

Sancho de Ávila o Dávila era hijo del militar comunero Antonio Blázquez Dávila, veterano del asedio de la fortaleza de Fuenterrabía, y de Ana Daza, de notoria familia hidalga. Tuvo dos hermanos, Tomás y Beatriz, y quedó huérfano a la temprana edad de 15 años, por lo que se encomendó a los hábitos, como muchos otros hidalgos en España.

Inició estudios eclesiásticos esperando seguir los pasos de su tío, Pedro Daza, que era el archidiácono de la catedral de Ávila, recibiendo formación en filosofía, latín, gramática y teología, pero viajó a Italia para seguir formándose y cambiaron todos sus planes, descubriendo la pasión de las armas. Fue en Italia, concretamente en Roma, donde decidió unirse al Tercio de Hungría de Álvaro de Sande, veterano soldado de Túnez, que marchaba para Alemania para luchar en las disputas del Emperador Carlos V con la Liga de Esmalcalda.

Los Tercios: Las Armas


Los tercios hispánicos fueron una máquina de guerra perfecta que, durante siglo y medio, impusieron su fuerza en cualquier teatro de operaciones en el que la Monarquía Española tuviera que desenvolverse. Esto fue posible gracias a los hombres que componían sus filas y a los mandos que los dirigían. 

Y es que los soldados hispánicos, concretamente los españoles, eran los mejores de su época; la cultura de la guerra, ya que en la península ibérica se estuvo batallando durante 8 siglos con muy pocos momentos de paz, unida a la constante innovación táctica y técnica, fundamentalmente en los dominios italianos, y un orgullo sin parangón, que haría que el soldado español prefiriera la muerte a la deshonra, hizo de esto posible. El rey francés Francisco I, durante su cautiverio en Madrid exclamaría: "¡Bendita España, que pare y cría los hombres armados!", como aseveran Martínez Laínez y Sánchez de Toca en su libro Tercios de España: la infantería legendaria. 

Y es que estos hombres aprendían a combatir desde muy pronto. Apenas siendo niños eran habituales los juegos con espadas de madera, así que el manejo de las armas era algo natural en los españoles. Los hombres que ingresaban en los ejércitos de la Corona Española recibían armas, cuyo coste se les descontaba de sus pagas. Pero los soldados españoles, orgullosos como eran, solían hacerse con las mejores armas posibles; un buen armamento aumentaba la honra, es decir, la opinión que los demás tenían de ellos. Y es que honor y honra fueron dos conceptos que todo español que se preciara llevaba a límites insospechados.

Las Campañas del duque de Osuna en Sicilia: Batalla naval de Ragusa


El 22 de noviembre del año 1617, en aguas del mar Adriático, frente a las costas de Dubrovnik, la armada española de Nápoles, comandada por Francisco de Rivera vencía a una poderosa flota veneciana al mando de Lorenzo Veniero.

España, bajo el reinado de Felipe III, vivía un relativo periodo de paz en Europa gracias a la tregua de los 12 años, que detenía momentáneamente la Guerra de los 80 años. Pero esta tregua no significaba el fin de las hostilidades entre España y sus enemigos. Ni mucho menos.

Un ejemplo de ello fue el teatro de operaciones del Mediterráneo, donde los españoles se batieron el cobre contra el turco, o donde tuvieron que lidiar con los constantes roces entre la República de Venecia y el virreinato de Nápoles. Venecia y Saboya constituyen un quebradero de cabeza para Felipe III; La primera está inmersa en la llamada Guerra de Gradisca contra el archiduque de Austria, mientras que Saboya, con el apoyo francés, se encuentra sumida en la Primera Guerra del Monferrato contra el ducado de Mantua, que cuenta con el respaldo español.

Los Tercios: Tercios Viejos


Si bien las Ordenanzas de Génova dieron lugar a la denominación formal de los Tercios, éstos ya existían antes del 15 de noviembre de 1536. Los tercios se habían creado como unidades de respuesta a las necesidades militares de España en sus posesiones italianas y en cualquier teatro de operaciones en los que se les necesitase. De esta forma, comúnmente se ha atribuido el origen de los primeros tercios en Italia; los Tercios Viejos, como así ha denominado la historiografía tradicional a esa primeras unidades militares de carácter permanente que convergieron en Italia en el contexto de las guerras que el emperador Carlos V estaba librando contra el rey francés Francisco I, y que serán los que aparezcan nombrados en las instrucciones que se dan en 1536, es decir, los tercios de Lombardía, Nápoles, Sicilia y Málaga. 

-Tercio de Lombardía

Siguiendo con esta visión, que más adelante veremos que no podemos aceptar sin más, en 1534 aparece el Tercio Ordinario del Estado de Milán, nombre que se le da a la unidad acantonada en el Milanesado, y que más tarde sería conocido comúnmente como el Tercio Viejo de Lombardía. Pero esto, algo que ha asumido como veraz el propio Ejército de Tierra de España, tal y como lo refleja en su web, donde designa a este tercio como el antecesor del Regimiento de Infantería Galicia 64 de cazadores de montaña ni mucho menos podemos tomarlo al pie de la letra. Lo cierto es que investigaciones recientes, como la del historiador Fernando Mogaburo, demuestran que este tercio se crea de la disolución del tercio de Álvaro de Grado cuando se amotinó en 1530 al ser enviado a Hungría. Una serie de compañías irían a Sicilia y posteriormente a Grecia, bajo el mando del maestre de campo Gerónimo de Mendoza, estableciéndose la unidad en el ducado de Milán tras ser anexionado a las posesiones de Carlos V en 1535.

En 1536, concretamente el 6 de septiembre, se pasa revista a este tercio, y de la muestra se obtiene que estaba formado por 1.320 soldados encuadrados en seis banderas, aunque un mes más tarde, cuando se le abonen las pagas relativas a la campaña del emperador en Provenza, tendrá siete. Gerónimo de Mendoza era su maestre de campo, con una compañía a su nombre de 276 soldados, mientras que el resto de capitanes eran Pedro de Acuña, Hurtado de Mendoza, Fernando de Figueroa, Toribio de Santillana y Juan de Vargas, quien más adelante se haría cargo del tercio de Málaga. Algunas unidades del tercio se desplegarían por todo el territorio del estado, con guarniciones en Milán, Cremona, Mantua, Pavía, Varese, Sondrio, Brescia, Como y Bérgamo, y con tres principales plazas fuertes: el castillo de Milán, el de Castiglione y el de San Germano, aunque no era la función de los tercios ocupar presidios, ya que habría unidades establecidas para tal fin. Posteriormente fue disuelto por corrupción de varios de sus capitanes por el marqués del Vasto en 1538. 

Los Tercios: El Origen. De los Reyes Católicos a las Ordenanzas de Génova


Mucho se ha especulado con el origen de los tercios, las unidades de infantería que iban a emplear los reyes de España para extender sus dominios por Europa y allende los mares. La versión más extendida sobre los orígenes es la que apunta a la época del Gran Capitán durante las dos primeras guerras de Italia contra Francia, y señalan al militar español como el introductor de una serie de reformas que posteriormente darían lugar a los tercios, que acabarían convirtiéndose con el tiempo en una máquina de guerra casi imparable durante siglo y medio. 

Sin embargo el doctor en historia por la Sorbona de París, René Quatrefages atribuye el origen a los propios Reyes Católicos y su adaptación del modelo suizo de piqueros. Sea como fuere, es obvio que no no podemos olvidar las labores organizativas del ejército español que lleva a cabo Gonzalo Fernández de Córdoba como capitán general del ejército, como tampoco las evoluciones que poco después se van a ir desarrollando en Italia, principalmente en Lombardía, donde un ejército permanente va a ser usado por el emperador Carlos V para responder a sus necesidades bélicas, y cuyas unidades, de la mano de generales tan prestigiosos como Próspero Colonna, el marqués de Pescara, o el marqués del Vasto, se van a enseñorear de los campos de batalla.

Tampoco podemos olvidar la particularidad de las gentes de la guerra españolas. A diferencia del resto de reinos europeos, los distintos reinos cristianos de la Península Ibérica han pasado los últimos ocho siglos combatiendo frente al invasor musulmán; haciendo de la guerra una cuestión de supervivencia y, sobre todo, una forma de restablecer el antiguo reino visigodo, del que los distintos reinos se consideraban herederos. Esta característica va a cristalizar definitivamente a finales del siglo XV y principios del XVI, y de esta forma asistiremos a una revolución militar como pocas se hayan visto, con el uso masivo de las armas de fuego, que pondrá a la Monarquía Española al frente de la innovación en el arte de la guerra, haciendo caer en el olvido los modelos combativos que hasta el momento dominaban los campos de batalla de la vieja Europa. 

Sitio de Middelburg


El 4 de noviembre de 1572 las tropas protestantes de Jerome de Tseraart comenzaban un duro asedio sobre la villa católica de Middelburg, en el corazón de Zelanda, defendida valientemente durante casi un año y medio por Cristóbal de Mondragón.

Inmersas en la Guerra de los 80 años, las tropas españolas tratan de contener el avance de los protestantes holandeses por todos los Países Bajos. En la provincia de Zelanda los protestantes comenzaron una brillante campaña de la mano del gobernador de Flesinga, Jerome de Tseraart, que había levantado un ejército de unos 7.000 hombres, entre holandeses, mercenarios alemanes e ingleses. Solo resistían en Zelanda las villas de Middelburg, la capital de la provincia, Goes y Arnemuiden.

Guerreros: Julián Romero


Nacido probablemente en Torrejoncillo del Rey, Cuenca, en algún momento del año 1518, Julián Romero de Ibarrola estaba destinado a convertirse en uno de los más grandes militares españoles de todos los tiempos, un hombre que pasó de mozo de tambor a maestre de campo general. 

Su padre, Pedro de Ibarrola, hijo de noble familia de Éibar, fue uno de los tantos vizcaínos que buscaron fortuna en otras tierras de España, algunos de los cuales acabaron en la serranía de Cuenca, como Pedro. Éste era maestro mayor de obras y se casó con Juana Romero, de familia de cristianos viejos e hidalga.

En Torrejoncillo pasó su infancia Julián, que había adoptado el apellido de su madre, soñando con huir de la monotonía de aquel lugar y revivir las grandes victorias del Gran Capitán. Fue allí donde, con 16 años de edad, se alistó en el ejército real, y es allí donde empieza la gran aventura en forma de vida de Julián Romero.

Guerreros: Antonio de Oquendo


Aunque se desconoce el día, sabemos que Antonio de Oquendo y Zandategui vino al mundo en octubre del año 1577, en San Sebastián. Era hijo de ilustre familia, ya que su padre, Miguel de Oquendo Segura, era capitán general de la Armada de Guipúzcoa y su madre. María de Zandategui, era la señora de la Torre de Lasarte.

Antonio llevaba el mar en la sangre. Siendo hijo de quien era y viviendo donde vivía, su sitio natural estaba en un buque. Con tan solo 4 años vio a su padre embarcar rumbo a las Terceras donde, a las órdenes del genial marino Álvaro de Bazán, se distinguió en la victoria española y rindió la almiranta francesa, y con 11 lo perdió para siempre en el desastre de la Grande y Felicísima Armada.

Jodoigne. Los Tercios soprenden a los holandeses.


El 16 de octubre de 1568 los Tercios del duque de Alba sorprendían a las tropas mercenarias de Guillermo de Orange en las cercanías de la villa de Jodoigne cuando intentaban cruzar el río Geete.

Poco tiempo atrás se había iniciado el conflicto que sería conocido como la Guerra de los 80 años, tomando las revueltas protestantes un cariz de tal violencia que Felipe II hubo de emplearse a fondo. Guillermo de Orange había comenzado una serie de campañas contra el gobierno del duque de Alba meses atrás sin demasiado éxito. Guillermo basaba su estrategia en la superioridad numérica, gastando ingentes cantidades de dinero en reclutar tropas, muchas veces de calidad bastante pobre, e intentando plantar batalla.

Conquistadores: Urdaneta y el Tornaviaje


El 8 de octubre de 1565 el buque español San Pedro llegaba al puerto de Acapulco tras haber recorrido 7.664 millas por mares desconocidos; Andrés de Urdaneta había completado el Tornaviaje e inaugurado la futura ruta del Galeón de Manila.

Andrés de Urdaneta y Ceráin nació en Ordicia, Guipúzcoa, entre finales de 1507 y principios de 1508. Sus padres eran burgueses del Goierri, Juan Ochoa de Urdaneta y Gracia de Ceráin. Andrés tuvo una aplicada educación en ciencias y en letras. Con 17 años se hizo a la mar mostrando importantes conocimientos marinos.

Del motín de Alost al Saco de Amberes


El 4 de octubre del año 1576 las tropas españolas de Sancho Dávila, refugiadas en la ciudadela de Amberes, pedían socorro a los españoles amotinados en Alost, ante la traición de las autoridades de la ciudad que habían dejado entrar en ella a los ejércitos protestantes del conde de Egmont.

Inmersa en la Guerra de los 80 años la Hacienda Real española no podía seguir soportando los ingentes gastos que conllevaba dicho conflicto. En 1574 Felipe II enviaba el doble de dinero al gobernador de los Países Bajos, Luis de Requesens, que en los tiempos del Duque de Alba, pero el 1 de septiembre de 1575 la Corona se quedó sin fondos y declaró la suspensión de los pagos de los intereses de la deuda contraída, por lo que se cortó el grifo de la financiación y los Tercios se quedaron sin pagas.

El ejército de Flandes se vio sin dinero y rodeado de enemigos. Guillermo de Orange no perdió el tiempo y movilizó todas sus fuerzas contra los españoles. Requesens logró tomar Zirickzee, en un asalto encabezado por Dávila, pero la pésima situación financiera impidió la ofensiva sobre Zelanda, así que trató de cerrar acuerdos con las provincias católicas en previsión de lo que se venía encima pero falleció casi repentinamente el 5 de marzo de 1576. Ahora el conde Pedro Ernesto de Mansfeld se hacía cargo de un ejército de más de 80.000 soldados que no cobraban sus pagas.

La Campaña de Frisia: La Batalla de Noordhorn


El 30 de septiembre de 1581 las tropas católicas comandadas por el coronel español Francisco Verdugo obtenían una aplastante victoria sobre los protestantes en la ciudad de Noordhorn, en la provincia de Groninga.

En 1580, con la Guerra de los 80 años en pleno auge, el conde de Rennenberg, Georg van Lalaing, gobernador de Frisia, se había pasado al bando español, entregando la provincia a los católicos. Situada al noroeste de los Países Bajos, la entrega de Frisia a los españoles abría un nuevo y peligroso frente en la retaguardia de los holandeses, pero también obligaba a los católicos a redoblar sus esfuerzos y enviar tropas lejos de sus líneas.

Los holandeses habían levantado un ejército bajo el mando de John Norreys, militar inglés al servicio de los protestantes de los Estados Generales. Éste había logrado levantar el asedio de Steenwijk, y se disponía, en el verano de 1581, a sitiar varias ciudades católicas, entre ellas la de Groninga, la más importante de las cercanas a Frisia.

La Conquista de las Azores


El 2 de agosto del año 1583 las tropas españolas de Álvaro de Bazán tomaban la isla Terceira completando de esta forma la conquista de las Azores, poniendo fin a la guerra de sucesión portuguesa.

Tras la muerte sin descendencia del rey Sebastián I de Portugal en la batalla de Alcazarquivir, se desató una crisis en Portugal por la sucesión al trono del reino. Felipe II y Antonio, prior de Crato, eran los principales candidatos, pero el segundo se autoproclamó rey llevando al país a una guerra que debía decidirse el 25 de agosto de 1580 en Alcántara. Ese día las tropas españolas dirigidas por el Gran duque de Alba derrotaron a los portugueses y pusieron la corona del vecino país sobre la cabeza de Felipe II.

Pero el prior no aceptó la derrota y se refugió con sus partidarios en la Isla Terceira de las Azores. Desde allí, y apoyado por los ingleses y franceses, siempre ávidos de socavar el poder de España, formó un gobierno en el exilio. Felipe no podía consentir tal desafío a su autoridad y en 1582 ordenó al general Álvaro de Bazán tomar las Azores. El brillante marino español derrotó a la armada francesa, comandada por el almirante Felipe Strozzi, el 26 de julio de 1582 en las aguas de las Teceiras, si bien no pudo completar la conquista de las Azores en ese momento debido a diversos problemas logísticos.

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