Sitio de Ostende

Batalla de Nördlingen


Un 5 de septiembre del año 1634 comenzaban los primeros combates de una de las batallas más importantes de la Guerra de los 30 años. En Nördlingen las tropas españolas, imperiales y de la Liga Católica asestaban una severa derrota al ejército sueco de Gustavo Adolfo, que se habían enseñoreado de los campos de batalla alemanes. 

La Guerra de los 30 años llevaba algo más de una década cuando los suecos, con el rey Gustavo Adolfo II de Suecia a la cabeza, desembarcaron en las costas alemanas en 1630. Las revolucionarias tácticas de combate que había promovido el rey, habían convertido al ejército sueco en una moderna máquina de guerra que avanzaba imparable desde el norte de Alemania. Los suecos introdujeron modificaciones como el añadir 4 piezas ligeras de artillería más por regimiento. También la formación de la brigada, compuesta por 2 regimientos; redujeron la profundidad y aumentaron la extensión de sus formaciones y también incrementaron la potencia de su fuego con la creación de la táctica de la doble salva.

España, bajo el reinado de Felipe IV, había decidido ayudar al emperador en la guerra; los lazos dinásticos y la continuación de la hegemonía Habsburgo en Europa. De esta manera los ejércitos católicos se habían impuesto a la revuelta Bohemia, el levantamiento de los protestantes alemanes agrupados en torno a la figura de Federico el Palatino, y habían derrotado al rey Cristian de Dinamarca en su intento de lanzar una ofensiva contra los católicos en Alemania.

La nueva amenaza ahora eran los suecos, que desde su llegada al continente en julio de 1630 había avanzado por Pomerania y Magdeburgo con la ayuda de su aliada Sajonia-Weimar, y derrotando a los católicos en Breitenfeld, Lech y Lützen, por lo que el emperador necesitaba la ayuda de España si quería detener al poderoso ejército sueco que, aunque había perdido a su rey, seguía constituyendo la fuerza más poderosa en ese momento en el continente. Así que el rey de España armó un ejército en Milán bajo el mando de Diego Mexía Felipe de Guzmán, marqués de Leganés. Éste debía auxiliar a los católicos en Alemania y llevar al Cardenal-Infante, Fernando de Austria, hijo de Felipe III, a tomar posesión del cargo de gobernador de los Países Bajos, tras el fallecimiento de Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II.

En junio de 1634 las tropas españolas partían desde Milán; iban 2 Tercios de infantería vieja española, el de Idiáquez y el de Fuenclara, 4 tercios italianos, los napolitanos de Toralto y Cárdenas, y los dos de Lombardía de Guasco y Lunato, un regimiento de alemanes y cerca de 2.000 caballos de 23 compañías lombardas, napolitanas y borgoñonas bajo el mando de Gerardo Gambacorta. Cuando tras pasar los Alpes por la ruta de la Valtelina, atravesando las nevadas cumbres del Paso del Stelvio, llegaron a comienzos de agosto a Múnich, se les unieron las tropas que mandaba el difunto Gómez Suárez de Figueroa, III duque de Feria, en Alsacia. 

Esta nueva fuerza pasó inadvertida para los espías venecianos que erróneamente enviaron a los franceses las cifras del ejército de Mexía. Francia, que oficialmente no estaba involucrada en la guerra, enviaba grandes sumas de dinero a los enemigos de España, con los que conspiraba a pesar de la ayuda prestada desde los tiempos de Felipe II en sus luchas de religión. Las tropas del marqués de Leganés, sumadas con las fuerzas españolas concentradas en Alsacia sumaban unos 15.000 infantes y cerca de 4.000 jinetes. 

Los españoles debían reunirse con las tropas de la Liga Católica y las fuerzas imperiales de Fernando de Hungría, hijo de Fernando II, que por aquel entonces contaba con solo 26 años y poca experiencia militar, por lo que el mando nominal de la fuerza recaía en uno de los comandantes de mayor prestigio del ejército del ya fallecido Wallenstein, Matthias Gallas. Avanzando desde Múnich y evitando a los ejércitos protestantes de la zona, los españoles se hicieron con el control de varias villas y al fin, tras cruzar el Danubio por Donauwort, el día 2 de septiembre llegaban a las afueras de la ciudad de Nördlingen, al oeste de Baviera, donde las huestes imperiales del general austriaco Gallas, tenían sitiada la ciudad, tras haber tomado antes Ratisbona.

Ahora los católicas lograban juntar los 3 ejércitos: el español, el de la Liga del duque de Lorena, y el imperial de Gallas, teniendo a su disposición algo más de 20.000 infantes, destacando los 2 tercios españoles, los 4 napolitanos y los 3 lombardos, y más de 12.000 jinetes y 32 piezas de artillería. En Nördlingen se hallaban también los ejércitos suecos y sajones, mandados por el mariscal de campo sueco, el conde Gustaf Karlsson Horn, y por Bernardo de Sajonia-Weimar respectivamente. Sumaban en total cerca de 16.500 soldados, casi 10.000 jinetes y más de 70 piezas de artillería. Eran menos, sí, pero las innovadoras tácticas de combate de los suecos, hasta la fecha imbatidos, antojaban un combate a cara de perro.

El primer contacto se estableció el día 5 a eso de las 3 de la tarde, cuando la vanguardia sueca se topó con una fuerza de 500 arcabuceros a caballo españoles que presentaron una fuerte resistencia retrasando así el avance de los protestantes durante más de 3 horas, hasta que finalmente el ejército de Bernardo ocupó el Himmelreich y el bosque de Arnsberg. Mientras tanto el conde Horn se apresuró a tomar las vitales cimas de Heselberg y Albuch. 

El conde Juan de Cervellón, al cargo de la artillería española, envió 500 mosqueteros a reforzar a sus arcabuceros a caballo, tomando la cima de Heselberg y deteniendo el avance de Bernardo de Sajonia. Pero Horn tardó casi 6 horas en desplegar sus fuerzas y para cuando estaba listo ya eran aproximadamente las 10 de la noche, por lo que tuvo que enviar en plena noche una fuerza de 3.000 hombres para desalojar a los españoles de la cima.

Éstos pelearon duramente causando muchas bajas a los suecos, y retrasando durante horas el avance del enemigo, para replegarse posteriormente en perfecto orden hacia el Albuch, adentrándose en un bosquecillo que había a su falda. Los suecos cargaron sobre su posición y el marqués de Leganés envió 400 mosqueteros del Tercio del conde de Fuenclara, bajo el mando del sargento mayor Francisco Escobar, para recuperar el bosquecillo, algo que hicieron con muchísimo esfuerzo y en abrumadora inferioridad numérica. La ausencia de refuerzos de caballería y la nueva carga sueca hicieron que los españoles abandonasen el bosque y alcanzasen la cima, cayendo el propio sargento mayor preso.

Allí en la cima esperaban los regimientos alemanes de Salm y de Wurmser, enviados por el marqués de Leganés anteriormente, y que habían tomado la cima a eso de las 4 de la tarde. Para cuando los mosqueteros y jinetes españoles llegaron, sobre de las 2 de la madrugada, los alemanes habían levantado una serie de fortificaciones defensivas en forma de trébol. Este hecho pudiera parecer menor, pero sin duda alguna el Albuch se iba a antojar determinante en este batalla y seguramente, de haber caído esa noche en manos suecas, el resultado de la contienda hubiera sido bien distinto.

Con las primeras luces del día 6 los ejércitos se habían desplegado en orden de combate. Las tropas católicas dispusieron su campamento general sobre la pequeña colina de Stoffelberg, desde donde dominaban el acceso a la ciudad de Nördlingen que se encontraba al noreste de su posición, desplegando sus fuerzas a lo largo de un frente de unos 2 kilómetros. En el ala derecha, y divididos en dos líneas, se situaron las fuerzas de infantería imperiales en vanguardia, y detrás su caballería, formando en el extremo derecho la caballería ligera croata y en el izquierdo unos 1.000 efectivos del regimiento bávaro de Ruepp, quedando Carlos de Lorena con la caballería de Werth por detrás. Por delante de la infantería se situó la batería de artillería apuntando hacia el norte.

Disposición de las tropas

El centro de la formación la ocupaban en vanguardia y de derecha a izquierda los tercios del conde de Fuenclara, con 1.900 efectivos, el de Lunato, con 1.300 hombres, y los de Torrecusa y Cárdenas con 950 hombres cada uno. Por delante de ellos estaba colocada la artillería y a su espalda formaban una segunda línea las 24 compañías napolitanas del príncipe San Severino junto a diversas compañías de infantería imperial. Cubriendo el flanco izquierdo de esta fuerza, y situado en la ladera este del Albuch, se encontraba la caballería de Gerardo Gambacorta y la de Octavio Piccolomini. Todas estas fuerzas estaban bajo el mando del marqués de Leganés, quien seguía atentamente las instrucciones dadas por el Cardenal-Infante desde el campamento general.

El ala izquierda católica se situaba en el Albuch. En la vanguardia de la cima estaban los regimientos alemanes de los coroneles Wurmser y Salm, con unos 4.500 hombres, apoyados por los regimiento de Leslie y Fugger, con unos 1.600 infantes, y el Tercio de Gaspar de Toralto, con poco más de 750 hombres. El Tercio de Martín de Idiáquez, con 1.800 hombres, se quedó en su retaguardia, ya que Wurmser había pedido ocupar la vanguardia por sus más de 30 años de servicio al rey de España. El flanco izquierdo abierto de los españoles fue cubierto por la caballería de La Tour y de Arberg, con unos 900 caballos. Ostentaba el mando de estas fuerzas el conde de Cervellón, quien dispuso en su frente 14 piezas de artillería ligera.

El ejército protestante se desplegó al norte de las posiciones católicas, al oeste de Nördlingen en dos alas. Las tropas suecas bajo el mando del conde Gustav Horn, con algo más de 9.000 infantes entre los que se encontraban los temibles regimientos Amarillo, Azul y Negro, que tan bien habían combatido en las campañas de Gustavo Adolfo, se desplegaron desde el Heselberg hasta el río Rezenbach. Formando en 4 escalones y divididos en 5 brigadas de infantería y 21 escuadrones de caballería con unos 4.000 jinetes, su ejército quedaba amparado por un bosquecillo que le ofrecía una buena cobertura y 18 piezas de artillería, mientras cubriendo su flanco izquierdo se situó la caballería del general Kratz.

Por su parte Weimar ocupaba el ala izquierda con el resto de las tropas. Situados delante del Heselberg, Bernardo dividió su infantería en 3 brigadas que ocupaban el centro de la formación apoyadas por 18 cañones ligeros y el resto de cañones pesados, apuntando la mayoría hacia el ala derecha y el centro católico. Contaba también con 21 escuadrones de caballería, más 4 de escuadrones de dragones situados en su flanco izquierdo a las órdenes del brillante coronel Taupadel, y 15 escuadrones de caballería más en su flanco derecho formando dos líneas. Las diferencias entre Horn y Weimar traerían no pocos problemas a los protestantes.

A las 5 de la mañana los cañones protestantes abrieron fuego dando comienzo a las hostilidades, mientras que los católicos, bajo el grito ¡Viva la Casa de Austria!, respondieron con presteza al fuego enemigo. Instantes después, y sin consultar con Weimar, Horn lanzó a su infantería, con la caballería como apoyo, a tomar el Albuch, situado frente a su posición. La caballería, con el impulsivo coronel Witzleben al mando, avanzó demasiado rápido y se vio inmediatamente sorprendido por el fuego de mosquete del Tercio de Toralto y el ataque sorpresa de la caballería de La Tour y Arberg, de la cual no se habían percatado. Solo la intervención de la fatigosa infantería sueca y escocesa les salvó del desastre.

Movimientos de ambos ejércitos

Una vez contenida solventada esa primera sorpresa, los suecos lanzaron su primera carga, la cual consiguió ser repelida por los regimientos de alemanes y por el tercio de Toralto, gracias a la intervención de la caballería de Gerardo Gambacorta, que penetró hábilmente por el flanco sueco. Pero Gustav Horn no cejó en su empeño de tomar la posición, sabiéndola de vital importancia, y mandó una segunda carga de su poderosa caballería, esta vez apoyada por el regimiento Amarillo y por los valerosos mercenarios escoceses. 

Los alemanes, muchos de ellos soldados bisoños, se deshicieron como la mantequilla ante el avance del experimentado ejército sueco, cuyos jinetes cargaban rodilla con rodilla ascendiendo imparables la colina y llegando hasta la posición de la artillería de Gamassa. Los coroneles Wurmser y Salm no cedieron y, junto a varios de sus oficiales, resistieron todo lo que pudieron cayendo finalmente muertos y cumpliendo la promesa de servir al rey de España. Ahora eran solo los italianos los que aguantaban la embestida sueca, pero no podrían hacerlo por mucho tiempo.

Ante tan alarmante situación, el conde de Cervellón mandó al Tercio de Idiáquez pasar a la acción. Ahora eran los españoles quienes tomaban el mando de la batalla y de quienes dependía todo el flanco izquierdo católico y el punto vital de la batalla, la cima del Albuch. El Tercio cerró filas y caló las picas, evitando así que los alemanes que escapaban en completo desorden retrasaran su avance. A su vez el guipuzcoano Martín de Idiáquez envió varias mangas de mosqueteros que corrieron rápidamente hasta alcanzar las posiciones italianas. 

Por fortuna para los españoles un aprovisionamiento de pólvora en el Albuch se prendió accidentalmente y la consiguiente explosión retrasó milagrosamente el avance sueco, por lo que los españoles tuvieron tiempo de llegar a la vanguardia y organizarse junto a los infantes italianos de Toralto. Los suecos de Pfuhl y las tropas escocesas no fueron rival para los veteranos infantes españoles, los mejores de la época, algunos de ellos oficiales reformados, antiguos capitanes y alféreces.

Horn insistió en su avance y desde el bosque pegado a la colina empezó a batir las posiciones españolas e italianas con su artillería. El marqués de Leganés decidió enviar más mangas de mosqueteros y arcabuceros, procedentes de los tercios de Cárdenas y de Torrecusa para aguantar la posición y reforzar al maltrecho Tercio de Toralto, que había sufrido lo indecible. Mientras tanto Gallas enviaba a parte de la caballería de Piccolomini para reforzar a Gambacorta. Este segundo ataque fue frenado en seco por los aguerridos españoles, que daban un respiro a los napolitanos de Toralto.

El mariscal sueco mandó la tercera carga del día, en un alarde de obstinación y falta de previsión terrible. El cañoneo y el fuego de mosquete sostenido de los protestantes no minaron la moral de los tercios que ocupaban la cima del Albuch, y nuevamente resistieron la carga gracias al apoyo de Gerardo Gambacorta y sus jinetes, que aparecieron providencialmente para poner en fuga a la caballería sueca de Kratz y Witzleben, por lo que su infantería no tuvo más remedio que desistir del ataque. Pero Horn no iba a dejar que los españoles le rechazaran y, tras reagrupar filas, mandó una nueva carga. Los hombres de Idiáquez y Toralto aprovechan el parón para recomponerse, cerrar filas, y retirar los cadáveres que desde la vanguardia pasaban en volandas por toda la formación hasta la retaguardia.

Habían pasado 2 horas desde el inicio de los combates, ya eran las 7 de la mañana y Horn envió al resto de su élite, los regimientos Negro y Azul, que acompañarían en su ataque al Amarillo. Mientras esto ocurría el ejército de Bernardo y la derecha católica solo habían intercambiado fuego de artillería y alguna que otra escaramuza menor entre la caballería croata y los dragones de Taupadel. Por su parte, durante la cuarta carga sueca nuevamente las tropas de Martín de Idiáquez no se arredraron y el veterano maestre animaba a sus tropas e impartía instrucciones. 

Idiáquez ordenó a los soldados aguantar lo máximo posible y echarse a tierra solo cuando escuchasen la detonación de los mosquetes suecos. "¡Ea, señores, parece que estos demonios sin dios nos quieren dar la puntilla, y contra nosotros viene lo mejor que pueden poner en el campo, será cuestión de redaños y aguantar firme. Cuando esos demonios amarillos se dejen ver no quiero que ninguno desfallezca, aguantad firmes ante ellos y esperad a oir la detonación de sus mosquetes, en ese momento todo el mundo a tierra".

Tercio de Idiáquez en Nördlingen. Pintura de Ferre Clauzel

Subieron los suecos con sus mosqueteros en vanguardia preparados para su innovadora táctica de disparo, consistente en formar 3 filas, disparando la primera rodilla en tierra, mientras que la segunda y tercera lo hacían sobre el hombro y cabeza respectivamente y de manera simultánea. Cuando se encontraron a distancia de mosquete, los suecos abrieron fuego, dando el maestre Idiáquez la orden a sus hombres de echarse al suelo. Levantándose a toda prisa, los españoles descargaron una poderosa salva de arcabuz y mosquete sobre la vanguardia sueca, destrozándola para luego protegerse tras las líneas de picas. Varias cargas más resistieron los católicos en la cima del Albuch. Cada vez que los suecos se retiraban entraba en acción la caballería de Gambacorta, que acosaba a la infantería dejando en cada acometida decenas de muertos.

Envió entonces Bernardo a la brigada de Thurn para reforzar al mariscal Horn, que estaba en serios apuros. Thurn avistó el Albuch desde su cara norte, observando las fuerzas de Leslie y de Fugger, unos 1.600 soldados. Thurn marchó con sus 3.350 hombres a toda prisa a desalojar a los católicos de su posición pero carecía de caballería con la que flanquear las fortificaciones que los católicos habían hecho la noche anterior. De esta forma quedó expuesto cuando la caballería de Gambacorta entró en escena y empezó a hostigarlo. Horn reaccionó rápido y envió a buena parte de su caballería a apoyar a Thurn pero, a pesar de la superioridad numérica de la que disfrutaban, no lograron vencer la resistencia de los jinetes católicos.

A eso de las 9 de la mañana, y tras 4 horas de combates, Bernardo de Sajonia-Weimar se decidió a plantar batalla, lanzando a su caballería, considerada una de las mejores del momento, contra la formación del duque de Lorena. El ataque fue un error fatal, ya que no había infantería con la que apoyarlo, por lo que no le costó al duque aguantar el pulso y no solo eso, devolverle el golpe. Gallas había apostado numerosos mosqueteros y arcabuceros entre la arboleda y unas casas que había a la izquierda de la caballería sajona. Los protestantes no lo advirtieron y el resultado fue una carnicería agravada por la irrupción de la caballería ligera croata y la de Gonzaga y Werth, que se lanzaron en persecución de las maltrechas tropas de Weimar.

A esa misma hora los estoicas tropas católicas seguían aguantando de manera heroica en lo alto del Albuch, reforzados con hombres de los tercios italianos de Guasco y Paniguerola, y también con infantes de los regimientos alemanes de Salm y Wurmser, que habían vuelto a defender la posición, quizás conmovidos por la resistencia de sus aliados o por la valiente muerte de sus coroneles junto a varios de sus oficiales. La cifra de cargas suecas que resistieron en total es difícil de saber, aunque algunas fuentes citan hasta 15. Una auténtica sangría a la que se sumaba el incesante fuego de su artillería. Ante esto, el sargento mayor Orozco decidió descender la colina e internarse en el bosque de Hesselberg con diversas mangas de mosqueteros para vérselas con los restos de los regimientos de élite suecos y deshacer el peligro de su artillería.

Por su parte Thurn, que llevaba una hora y media combatiendo, había sufrido tantas bajas que se hacía insostenible su posición. Los suecos habían perdido al coronel Oxenstierna, aunque los católicos tuvieron que lamentar la muerte de Piccolomini. En ese momento el duque de Lorena envió dos batallones de infantería, 2 cañones y la mayoría de sus escuadrones de caballería a envolver la posición de Thurn. Las fuerzas de éste se deshicieron ante el ataque católico, abandonadas a su suerte por la caballería sueca, y menos de la mitad de sus hombres pudieron llegar a las posiciones protestantes que aún quedaban en pie en el Heselberg.

El Cardenal-Infante tenía ya al alcance la victoria, y ordenó el despliegue de las banderas de los tercios de Idiáquez y Toralto mientras redoblaban sus tambores. Eran las 12 de la mañana y ambas fuerzas empezaban a descender la colina de Albuch con las picas en alto y arrasando a todo enemigo que se encontraban en su avance triunfal. La suerte ya estaba echada y los protestantes solo podían huir y salvar algo de su ejército. Ya contaban en ese momento con más de 8.000 muertos y lo peor estaba por llegar. 

En completo desorden comenzaron a retirase ante el empuje de los españoles e italianos, cuando de repente apareció por su flanco izquierdo la caballería de Matthias Gallas y los jinetes croatas cebándose con las maltrechas fuerzas enemigas. Otros 5.000 muertos y más de 4.000 prisioneros completaron el desastre protestante. En total habían perdido 457 banderas y cornetas, todo el bagaje y 68 cañones. El propio Gustav Horn cayó preso de las fuerzas españolas, mientras que Weimar y los pocos hombres que le quedaban consiguieron replegarse hacia Alsacia.

Las bajas en el bando católico fueron de casi 2.000 muertos y unos 1.500 heridos. El Cardenal-Infante veía libre su camino hacia Bruselas, mientras que los tercios aún seguían siendo los amos y señores de los campos de batalla europeos. El bando católico recuperó la iniciativa acabando con la imbatibilidad del ejército sueco e inclinando la balanza de la guerra a su favor. Sin embargo, el cardenal Richelieu, receloso de los éxitos de los Austrias, se opuso a la llamada Paz de Praga, por la que se ponía fin a la guerra entre las fuerzas imperiales de Fernando II y las del bando protestante, y consiguió meter a Francia en la guerra en 1635.

Batalla de Nördlingen, por Jacques Courtois. 


Victoria de los Fernandos, por Rubens



Diego de Mexía, marqués de Leganés


Matthias Gallas

Cardenal Infante, por Velázquez

Gustaf Horn

Bernardo de Sajonia-Weimar



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