Batalla de Pavía

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Las Guardas de Castilla. Orígenes



Las Guardas de Castilla se constituyeron como el primer cuerpo militar profesional y permanente en España, ideadas como una tropa de élite que debía proteger el reino de las amenazas internas y externas, a semejanza de los hombres de armas o gendarmes de Francia. 

La Guerra de Granada supuso un punto de inflexión en las tácticas militares españolas. La renovación bélica que se va a producir en las siguientes décadas es de una crucial importancia en la propia historia de España y Europa; desde los Reyes Católicos al emperador Carlos V, su nieto, se va a avanzar a un ritmo imparable pasando de la Santa Hermandad a los afamados Tercios, que se convertirían en la más eficiente máquina militar durante siglo y medio hasta su declive a partir de la segunda mitad del siglo XVII. 

De esta forma a finales del siglo XV tendremos en España un conjunto de fuerzas militares de distinta procedencia y utilidad, formado por las Guardas de Castilla, la Santa Hermandad, la caballería de vasallos y las distintas fuerzas aportadas por los nobles y por los concejos, así como una fuerza dedicada exclusivamente al manejo de la artillería. De todas ellas, solo las Guardas tenían un carácter permanente y, lo que es más importante, estaban formadas por auténticos profesionales de la guerra, no obstante las integraban los llamados hombres de armas, y dependían únicamente de la autoridad real. 

Los Tercios: Tercios Embarcados. Orígenes


Antecedentes históricos.

Los soldados en la marina ya existían en la Edad Media en Castilla y Aragón; pero esto ni mucho menos era una novedad, ya que tanto egipcios, como griegos, persas o romanos, por poner algunos ejemplos, venían empleando este tipo de unidades militares y construyendo las embarcaciones más idóneas para transportarlas. Estos hombres eran contratados de forma temporal para alguna jornada o empresa concreta y se les licenciaba al finalizar esta.

En España el antecedente histórico más lejano se atestigua en Las Partidas del rey castellano Alfonso X: "et sobresalientes llaman otrosi a los hombres que son puestos además en los navíos, así como los ballesteros y otros hombres de armas... no han de facer otros oficios sino defender a los que fueren en su navío lidiando con sus enemigos". Es decir, los sobresalientes eran soldados embarcados cuya única función era el combate, pero no se constituían como un ejército permanente, sino que eran reclutados individualmente cuando las circunstancias lo reclamaban.

Además debían ser "esforzados, recios et ligeros lo más que ellos pudiesen, et cuanto más usados fuesen de la mar, tanto será mejor", es decir, hombres que tenían relación con las armas, experiencias en combate, sobre todo pequeñas incursiones en costas enemigas y defensa y ataque de buques. En la costa del Cantábrico se podían reclutar algunos de los mejores hombres para este tipo de misiones, gentes curtidas en el mar y sus inclemencias.

Naves cántabras, en la batalla de la Rochelle

La Batalla de Ruvo


El 23 de febrero de 1503 las tropas españolas de Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán , tomaban al asalto la plaza de Ruvo, defendida por una guarnición francesa bajo el mando de Jaques de Chabannes, señor de La Palisse.

En el marco de las Guerras Italianas, el Tratado de Granada entre los Reyes Católicos y el monarca francés había hecho repartirse el centro y sur de Italia; Nápoles quedó bajo el dominio francés, mientras que Sicilia quedaba en manos de España. Pero pronto surgieron las discrepancias en la interpretación de los términos del acuerdo y el monarca francés, Luis XII, no dudó en invadir las posesiones italianas españolas para colmar sus ambiciones expansionistas a mediados de 1502.

Los franceses, aprovechando la sorpresa y su gran superioridad numérica, avanzaron hacia el sur de la península itálica y cercaron a las tropas españolas del Gran Capitán en la villa de Barletta. Allí se atrincheró el brillante militar español durante el invierno de 1502-1503, permitiendo tan solo un singular combate, para guardar el honor de los españoles, entre 11 de sus jinetes y 11 franceses, en lo que se conoció como el Desafío de Barletta. 

Batalla de Garellano


El 28 de diciembre de 1503 las tropas españolas del Gran Capitán cargaban sobre el ejército francés en las inmediaciones del río Garellano, obteniendo una brillante victoria y poniendo fin a las pretensiones de Luis XII sobre Nápoles, quien se vería obligado a firmar la paz con España. 

Las pretensiones del rey francés Carlos VIII sobre el trono napolitano en 1494 habían dado comienzo a las llamadas Guerras Italianas. Francia fue derrotada por España y sus aliados: Venecia, Milán, el Sacro Imperio y los Estados Pontificios. Su sucesor en el trono, Luis XII, reanudó la guerra en 1499 y conquistó el Ducado de Milán, apresando al duque Ludovico Sforza, contando esta vez con el apoyo veneciano y del papa Alejandro VI y su hijo César Borgia.

Luis XII, que no quería repetir los errores de su predecesor, firmó con Fernando el Católico el Tratado de Granada mediante el cual se repartían el centro y el sur de Italia; Nápoles para Francia y Sicilia para España. Las discrepancias pronto surgieron y los franceses, a mediados de 1502, invadieron las posesiones españoles en Italia. La superioridad numérica francesa pronto dejó a los españoles en una situación crítica en la península itálica, quedando el Gran Capitán encerrado en la plaza de Barletta durante el invierno de 1502-1503.

Los Tercios: El Origen. De los Reyes Católicos a las Ordenanzas de Génova


Mucho se ha especulado con el origen de los tercios, las unidades de infantería que iban a emplear los reyes de España para extender sus dominios por Europa y allende los mares. La versión más extendida sobre los orígenes es la que apunta a la época del Gran Capitán durante las dos primeras guerras de Italia contra Francia, y señalan al militar español como el introductor de una serie de reformas que posteriormente darían lugar a los tercios, que acabarían convirtiéndose con el tiempo en una máquina de guerra casi imparable durante siglo y medio. 

Sin embargo el doctor en historia por la Sorbona de París, René Quatrefages atribuye el origen a los propios Reyes Católicos y su adaptación del modelo suizo de piqueros. Sea como fuere, es obvio que no no podemos olvidar las labores organizativas del ejército español que lleva a cabo Gonzalo Fernández de Córdoba como capitán general del ejército, como tampoco las evoluciones que poco después se van a ir desarrollando en Italia, principalmente en Lombardía, donde un ejército permanente va a ser usado por el emperador Carlos V para responder a sus necesidades bélicas, y cuyas unidades, de la mano de generales tan prestigiosos como Próspero Colonna, el marqués de Pescara, o el marqués del Vasto, se van a enseñorear de los campos de batalla.

Tampoco podemos olvidar la particularidad de las gentes de la guerra españolas. A diferencia del resto de reinos europeos, los distintos reinos cristianos de la Península Ibérica han pasado los últimos ocho siglos combatiendo frente al invasor musulmán; haciendo de la guerra una cuestión de supervivencia y, sobre todo, una forma de restablecer el antiguo reino visigodo, del que los distintos reinos se consideraban herederos. Esta característica va a cristalizar definitivamente a finales del siglo XV y principios del XVI, y de esta forma asistiremos a una revolución militar como pocas se hayan visto, con el uso masivo de las armas de fuego, que pondrá a la Monarquía Española al frente de la innovación en el arte de la guerra, haciendo caer en el olvido los modelos combativos que hasta el momento dominaban los campos de batalla de la vieja Europa. 

Batalla de Ceriñola


Un 28 de abril del año 1503, se producía la batalla de Ceriñola, que enfrentó a los ejércitos de Francia y de España por el dominio del Reino de Nápoles, tras haber roto los franceses el Tratado de Granada, firmado en octubre de 1500, y que establecía un reparto conjunto de estos territorios italianos. 

Se suele hablar de esta batalla como el origen de la hegemonía militar española en Europa. Ocurrida durante el transcurso de la Guerra de Nápoles (1501-1504), dentro de las conocidas como Guerras Italianas, enfrentó al ejército español bajo el mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como El Gran Capitán, contra el ejército francés de Luis de Armagnac, duque de Nemours y conde de Guisa.

La repentina ruptura de hostilidades por parte de la Francia de Luis XII, a comienzos de 1502, rompiendo los acuerdos alcanzados en el Tratado de Granada, cogió por sorpresa a las tropas españolas en Italia. Armagnac invadió las posesiones españolas y forzó a Fernández de Córdoba a retirar su ejército a la protección de la plaza de Barletta, villa de la región de Apulia situada a orillas del Adriático, en pleno golfo de Manfredonia. Los franceses consiguieron ocupar todo el Reino de Nápoles a excepción de las regiones de Apulia y Calabria.

El duque de Nemours, una vez aseguradas las posiciones arrebatadas a los españoles, mandó sitiar Barletta, estableciendo su campamento en la ciudad de Bisciglie, al sur de la plaza española. En septiembre de ese mismo año, y tras aguantar las constantes provocaciones francesas, Gonzalo Fernández de Córdoba aceptó un duelo a caballo en la ciudad de Trani, situada a mitad de camino de las posiciones españolas y francesas y por aquel entonces neutral. 11 caballeros de ambos reinos se batieron en duelo el 20 de septiembre en lo que se conoció como el Desafío de Barletta. 

Leyes de Burgos


El 27 de diciembre de 1512 el rey de España, Fernando "El Católico", firmaba en la ciudad de Burgos unas pioneras leyes, creadas por una comisión de expertos juristas y teólogos, que organizaban la conquista del Nuevo Mundo y sobre todo, desarrollaban el primer cuerpo jurídico donde se otorgaban derechos a los indios.

Casi 20 años habían pasado ya desde que la expedición dirigida por Cristóbal Colón llegase al Nuevo Mundo, y los españoles se habían extendido por las islas del Caribe, las selvas de Colombia y Panamá, y exploraban hacia el norte la costa mexicana. El descubrimiento de tierras llevaba consigo la necesidad de repoblarlas y sobre todo, de cultivarlas y trabajarlas. Y es que los españoles no habían ido hasta allí a buscar puertos comerciales, como hacían los portugueses, y más adelante los franceses, ingleses u holandeses; los españoles iban a trasplantar España al Nuevo Mundo.

Casi desde el inicio de los viajes a América, en los barcos españoles no solo viajaban hombres, también lo hacían mujeres y familias enteras. A comienzos del nuevo siglo la esclavitud de los indios había sido prohibida, bajo pena de muerte, por la reina Isabel. A los colonos que se establecían en tierras americanas se les asignaba una parcela de terreno y una serie de indios para trabajarlo, los cuales entregaban un tributo fijo, bien fuera en alimentos o minerales, y a cambio los españoles debían darles asistencia, protección y trato justo; esto se llamaba encomienda.

Conquistadores: El regreso de Vicente Yáñez Pinzón


El 30 de septiembre del año 1500 regresaba al puerto de Palos Vicente Yáñez Pinzón. Lo hacía con tan solo 2 de las 4 carabelas con las que partió menos de un año antes, y tras haber descubierto las costas de Brasil y el río Amazonas.

Vicente Yáñez Pinzón era el menor de los famosos hermanos Pinzón. Nacido ente 1461 y 1462, provenía de una familia de gran tradición marinera, de las más influyentes de la región de Palos de la Frontera. Pocas cosas se saben de su infancia y Juventus salvo que su hermano mayor, Martín Alonso Pinzón, le instruyó en el arte de la navegación y en las prácticas corsarias en las costas berberiscas, demostrando grandes dotes marineras y de donde obtuvo provechosos conocimientos náuticos y militares.

Vicente no dudó en sumarse a su hermano Martín en el apoyo a la empresa de Cristóbal Colón. Ambos participaron activamente en el reclutamiento de la tripulación, así como en los preparativos de la expedición a las Indias. Al fin, el 3 de agosto de 1492 partieron, siendo Vicente el capitán de la carabela "Niña". En los momentos más difíciles de la expedición siempre se mantuvo del lado de Colón, ayudando a sofocar los motines y rescatándole cuando la "Santa María" naufragó.

Guerreros: Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán


El 1 de septiembre del año 1453 nacía en Montilla, villa de la provincia de Córdoba, Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar, destacado miembro de la nobleza de Andalucía que revolucionó las tácticas de la guerra y padre del primer ejército moderno, siendo considerado hoy por muchos el mejor militar español hasta la fecha.

Era el segundo de los hijos de Pedro Fernández de Aguilar y Elvira de Herrera y Enríquez. Fue criado en Córdoba junto a su hermano Alfonso, pasando a ser paje del hermano de la futura reina Isabel la Católica, el infante Alfonso, en Segovia. Por aquella época Castilla se hallaba dividida por un conflicto interno entre los partidarios del infante Alfonso y los del rey Enrique IV. La muerte en 1468 de Alfonso centró las miradas en Isabel, y Gonzalo, tal y como lo había hecho con Alfonso, pasaría a ser un fiel servidor de la futura reina.

Al no ser el primogénito solo podía escoger entre el ejército o el sacerdocio, así que escogió lo primero. La guerra de sucesión castellana tras la muerte del rey en 1474, que enfrentaba a los partidario de Juana de Trastámara, hija del rey, con los leales a Isabel de Castilla, legítima heredera por el Tratado de los Toros de Guisando, supuso el inicio de su brillante carrera militar, destacándose en la batalla de Albuera, en 1479, donde dirigió una compañía de 120 jinetes, bajo las órdenes del maestre de la Orden de Santiago.

Conquistadores: Colón parte hacia las Indias


El viernes 3 de agosto de 1492 partía del puerto de Palos de la Frontera la expedición dirigida por Cristóbal Colón, compuesta por las carabelas "Pinta" y "Niña" y la nao "Santa María", con la misión de llegar a las Indias a través del Atlántico.

Poco se sabe de los años anteriores a que Cristóbal Colón se presentase en el monasterio andaluz de La Rábida. Se le da por nacido a mediados del siglo XV, probablemente en Génova. Su hijo Hernando dejó escrito que estudió en Pavía, donde Cristóbal aprendió navegación y cosmografía. De esta forma se lanzaría a la mar en los años 70 y en 1476 un naufragio en las costas portuguesas le llevaría hasta la capital de aquel país, donde consiguió trabajo como agente comercial para la casa Centurione de Madeira.

Es en esa época cuando contrae matrimonio con Felipa de Moniz y cuando tiene a su hijo Diego. Como agente comercial viajará a multitud de países y se afianzará como un reputado y experto navegante, y también comenzará a preparar su plan de llegar hasta Cipango a través de occidente. Con esta idea se presentó ante la corte de Portugal, la primera potencia naval del momento. El rey, Juan II, recibió el proyecto y mandó someterlo a la consideración de la Junta de Matemáticos la cual lo rechazó.

La Inquisición

Todos hemos oído que la Inquisición nació para reprimir a los herejes; cierto, y esa es la imagen que la inmensa mayoría tiene de ella. Pero también se creó para evitar linchamientos y atropellos indiscriminados. Sin duda esta es la parte menos conocida; y más ocultada.

En la época medieval, la simple disputa entre vecinos podía acabar en el asesinato, con la excusa de ser un hereje. Por lo tanto, su propósito era reglamentar el delito de herejía, a modo de tribunal, evitando que la gente se tomara la justicia por su mano. Y en esto conviene aclarar que se refería a los herejes, es decir, todo aquel bautizado que rechaza algún dogma sagrado. Ergo no tenía jurisdicción sobre moros o judíos.

Primero surge en el sur de Francia a finales del siglo XII, en la zona de Languedoc. El Papa Lucio III decreta la bula "Ad abolendam", como medio para acabar con la herejía Cátara. Más tarde, se instaura en Aragón, en el 1249, y llegará a Castilla tras la unión de ambas con los Reyes Católicos. La española ha sido la Inquisición más duramente castigada por el mito de la Leyenda Negra, propagada por los enemigos de España, fundamentalmente a partir del siglo XVI.

Como se ha explicado, uno de los fines de la Inquisición, era poner fin a los abusos que se cometían por los tribunales civiles o por los propios hombres. Los primeros tribunales de la Inquisición (administrada a nivel local y de reinos por obispos), de hecho, eran bastante laxos en cuanto a herejía se trataba. Paulo Hungarus, Inquisidor Mayor en Hungría, defendió a los chamanes paganos húngaros, asegurando que éstos, al adorar al sol, adoraban al ente supremo que era el mismo Dios, por lo que no hallaba razón para condenarlos.

No será hasta 1231 cuando Gregorio IX, mediante la bula "Excommunicamus", cuando se cree la Inquisición Papal, administrada principalmente por los dominicos, bajo la ulterior autoridad papal. En 1252, la bula "Ax Extirpanda", del Papa Inocencio IV, sienta las bases del procedimiento, para el cual se autoriza la tortura, solo en casos extremos y prohibiendo la mutilación y las heridas graves, y siempre bajo la presencia de un médico. La inmensa mayoría de los procesos no llegaban nunca a tal extremo, y la abjuración conllevaba la conmutación de la pena por cárcel, multa, destierro o incluso arresto domiciliario, como en el caso de Galileo.

Aunque desde 1249 la Inquisición existía en Aragón, como ya se ha indicado, tardaría casi 250 años en implantarse en Castilla, dando origen a la Inquisición española, sin duda la peor parada, y la que tanto nos gusta a los españoles sacar a relucir en cualquier conversación sobre religión. Ésta se crea mediante la bula emitida por Sixto IV, en 1483, dependiendo directamente de los propios Reyes Católicos. Su primer Inquisidor General sería Tomás de , uno de los más damnificados por la Leyenda Negra.

La inquisición era una institución tremendamente cuidadosa y organizada, por lo que las causas de herejía están muy detalladas en sus registros. Los resultados de la revisión, según la "Suprema", conservada en el Archivo Histórico Nacional, donde todos los tribunales locales remitían las actas anualmente, arrojan bastante luz a la cuestión del número de víctimas de la Inquisición en España. Desde sus orígenes hasta 1560, cuando apenas se conserva documentación, las recientes investigaciones admiten un número de condenas a muerte que oscila entre los 1.400 y los 7.500. De las 49.092 causas abiertas por la Inquisición entre el año 1560 y el 1700, dan una cifra de entre 930 y 980 condenados a muerte. En esas condenas por herejía, se contemplaban también crímenes como la violación o la piratería.

Otro de los grandes mitos son las matanzas orquestadas por la Inquisición contra los protestantes. Bien, el número de protestantes condenados por la Inquisición española entre 1520 y 1820 asciende a 220, de los cuales solo 12 fueron quemados. Autores como Gustav Henningsen, Jaime Contreras o Ricardo García Cárcel, entre otros estudiosos de la "Suprema", sostienen estas cifras.

Estas cifras resultan ridículas si las comparamos con las muertes que dejó la reforma anglicana, por ejemplo. Según la catedrática de historia moderna de la Universidad de Navarra, Rocío García Bourrellier, en Irlanda existían más de 2.000 monjes católicos antes del anglicanismo; solo 2 sobrevivieron a la represión de Enrique VIII. Durante el reinado de Isabel I, se ejecutaba a alrededor de 800 católicos al año. Y tuvo un reinado muy dilatado.

Además la Inquisición fue el primer tribunal del mundo que prohibió la tortura, cien años antes de que esto se prohibiese en otros tribunales. Muchos reos blasfemaban con el propósito de ser trasladados a cárceles inquisitoriales, más benignas que las prisiones comunes civiles.

Otro de las grandes leyendas dentro del mito en sí es la quema de brujas. La tan cacareada expresión de "Somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar", no es más que otro mito de la Leyenda Negra. Hubo persecuciones de brujas por parte de católicos en el siglo XV y XVI, pero las grandes cifras vienen de lado protestante después de la Reforma. Las caza de brujas en territorios alemanes, donde Lutero defendió vivamente su persecución, dejó un saldo de muertes que se cifran entre las 8.500 y las 15.000. En el distrito de Osnsbrück, por ejemplo, fueron quemadas 121 en tres meses en 1583. En Wolfenbutten quemaron a 10 en un solo día en 1593.También hubo una brutal persecución en la Inglaterra anglicana y en sus colonias.

En España, la Inquisición nunca se tomó en serio a la brujería como delito. Lo atribuían a ignorancia o falta de juicio. El obispo de Ávila, Alfonso de Madrigal, afirmaba en 1436 que los aquelarres eran fantasías producto de drogas. El dominico Lope de Barrientos, obispo de Cuenca, afirma que "nadie puede creer que una mujer pueda salir de una casa por una grieta, por un agujero de la pared o por una chimenea, porque con lo "luengo, ancho o rondo" de los cuerpos, no pueden pasar. Así concluye que creer en todo eso "no viene sino por falta de juicio". El Inquisidor General, Fernando de Valdés, en 1554 va aún más lejos: está convencido de que los casos de brujería "son simples imposturas, ya que es posible hacer confesar cualquier cosa a las brujas; en la mayoría de los casos, lo que hay que hacer es enviarlas a casa".

Según el hispanista francés, Jospeh Pérez, gran experto en la materia de la Inquisición Española, la Monarquía Hispánica constituye "un caso absolutamente único en toda Europa" pues frente a la "locura brujeril imperante", el Consejo de la Suprema y General Inquisición se convirtió en un "bastión de sensatez, prudencia y racionalidad" y no permitió "que se quemara una sola bruja" en las nueve "complicidades de brujas" en las que intervino entre 1526 y 1596. De hecho, de los archivos se desprende que hubo menos de 50 condenas a muerte en toda la historia de la Inquisición Española.

Hoy en día, los datos proporcionados por la inmensa mayoría de los historiadores modernos, no ofrecen la menor duda sobre la exageración desproporcionada de las atrocidades practicadas por la Inquisición, y más concretamente por la española. Sin embargo no parece que entre la gente común la leyenda negra de la Inquisición (sobre todo la española) haya desaparecido. Aún a día de hoy, muchísima gente cree que Galileo fue torturado y quemado en la hoguera. Incluso la mayoría atribuye a la Inquisición española la muerte en la hoguera de Miguel Servet, cuando precisamente murió a manos de los calvinistas.










Isabel La Católica

Hija de Juan II de Castilla e Isabel de Avis, dinastía portuguesa, nació en Madrigal de las Altas Torres, una villa de Ávila, en 1451. A los 3 años se le comprometió con Fernando (conocido después como el Católico), hijo de Juan II de Aragón, pero posteriormente el rey Enrique IV, quiso desposarla con otros pretendientes y 10 años más tarde se trasladará a la Corte en Segovia junto a su hermano Alfonso.

Por aquel entonces, el Rey Enrique IV había tenido una hija, Juana de Castilla, más conocida como Juana la Beltraneja, con la heredera portuguesa, Juana. Muchos nobles se opusieron a aceptarla como heredera dadas las sospechas de que era hija ilegítima del Duque de Alburquerque, Beltrán de la Cueva, y propusieron a Alfonso como heredero al trono.

Sin embargo éste murió en 1468, por lo que los nobles opositores a Enrique IV, la designaron a ella para ocupara al trono. Isabel no accedió a ello, por respeto al rey, que era además su hermanastro, pero consiguió ser proclamada Princesa de Asturias el 19 de septiembre de ese mismo año, en la ceremonia de los Toros de Guisando, y por tanto, optar al trono a la muerte de Enrique IV.

El rey, que veía en Isabel una rival formidable, siguió tratando de casarla con candidatos que le dejasen a su hija Juana libertad para finalmente acceder a la Corona de Castilla, pero Isabel se siguió negando y negoció en secreto con Juan II de Aragón, su matrimonio con Fernando, su hijo, a pesar del impedimento legal por ser primos segundos. Las capitulaciones matrimoniales se firmaron en Cervera el 5 de marzo de 1469, tras falsificar una bula papal de Pío II. Finalmente, el 19 de octubre contrajeron matrimonio en Valladolid, y 2 años después, obtuvieron la dispensa papal de la mano de Sixto IV.

El 13 de diciembre de 1474, 2 días después de la muerte de su hermanastro Enrique IV, fue proclamada reina de Castilla, en cumplimento del acuerdo de los Toros de Guisando. Pocas semanas después estalló la Guerra de Sucesión Castellana, donde Isabel y sus partidarios castellanos, apoyados por la Corona de Aragón, se enfrentaron a los partidarios de Juana, respaldados por Portugal y Francia. Rápidamente Isabel se impuso en Castilla, desplazándose el conflicto a Portugal, que se resolvió finalmente con la firma del Tratado de Alcaçovas, reconociendo a Isabel y Fernando como reyes castellanos.

Isabel fue una reina enérgica y decidida, siempre presente en el campo de batalla y allá donde se le necesitase. Prueba de ello fueron su presencia en todas las batallas libradas, siempre acompañada de sus hijos en la retaguardia, prestando cuantos servicios necesitasen sus tropas. En la rendición de Baza, Isabel jugó un papel clave; su presencia en el frente, acompañada de su hija Isabel, y su arenga a las tropas, levantaron la moral de éstas y acabaron por minar el ánimo de los sitiados, que presentaron su rendición solo ante la propia reina.

Otra prueba de su valor fue el comportamiento durante la revuelta segoviana que amenazaba con tomar el Alcázar, donde se encontraba su primogénita, debido a que ésta estaba al cuidado de un matrimonio de origen judío. Isabel, que se encontraba a más de 50 kilómetros de allí, partió rápidamente acompañada de apenas 3 guardias y cuando llegó el Alcázar, se dirigió personalmente a la multitud y escuchó una a una las peticiones de la gente. Los segovianos le juraron fidelidad a pesar de seguir confiando la educación de su hija al mismo matrimonio.

A Isabel de Castilla le debemos la creación de los hospitales de campaña. Su presencia permanente en el campo de batalla, le llevó a acompañarse de multitud de médicos y cuidadores para atender a los heridos, creando instalaciones especialmente dedicadas a ese fin en la retaguardia, reduciendo así el número de bajas entre sus tropas. Siempre interesada en los asuntos militares, tuvo en Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán, a su hombre más preciado y distinguido, fiel a sus servicios desde los tiempos de la Guerra de Sucesión Castellana, destacándose definitivamente en la toma de Granada.

Su carácter curioso y arriesgado le llevó a apostar decididamente por la propuesta de Cristóbal Colón. Se opuso a la esclavización de los indígenas y dictó las primeras normas otorgando derechos a éstos, algo inédito en Europa, y que darían lugar posteriormente a las Reales Ordenanzas y a las Leyes de Burgos. También decretó la creación de un cuerpo policial para evitar el bandidaje y hacer más seguro el comercio, la Santa Hermandad, a petición de los concejos municipales.

En 1494 firmó con Portugal el Tratado de Tordesillas, marcando los límites de influencia de España y Portugal en el Atlántico. En 1496 el papa Alejandro VI concedió a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos, mediante la bula “Si Convenit”, que quedaría en herencia para sus sucesores. También concedería a Isabel, en 1500, el título de Rosa de Oro de la Cristiandad.

Falleció el 26 de noviembre de 1504, en el Palacio Real de Medina del Campo, tras llevar tiempo sumida en una profunda depresión por su enfrentamiento con su hija Juana y ver cómo morían su madre, su primogénita, su único hijo varón y su nieto, Miguel, que estaba llamado a unir las coronas española y portuguesa. En su testamento dejó escrito, según registros del político Diego Clemencín y Viñas: “Mi cuerpo sea sepultado en el monasterio de S. Francisco que es en el Alhambra de la ciudad de Granada (...) en una sepultura baja que no tenga bulto alguno, salvo una losa baja en el suelo, llana, con sus letras en ella. Pero quiero e mando, que si el Rei eligiere sepultura en otra cualquier iglesia o monasterio de cualquier otra parte o lugar destos mis reinos, que mi cuerpo sea allí trasladado e sepultado junto.”

Es en la Capilla Real de Granada donde yacen sus restos, junto a los de su marido, Fernando, su nieto y su hija Juana y el marido de ésta, Felipe el Hermoso, además de su propia corona y el cetro real.









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