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El Socorro español de Irlanda. La campaña de Kinsale (Parte I)

 


El 1 de octubre de 1601 el grueso de la flota española enviada por Felipe III para socorrer a los católicos irlandeses que luchaban contra Inglaterra en la Guerra de los Nueve Años, anclaba en el puerto de Kinsale, al sur de Inglaterra. La ayuda prometida desde España durante años llegaba al fin. 

Y es que desde los comienzos del reinado de Felipe II, Irlanda se constituyó como un escenario de interés para el monarca español, más aún con la intervención a favor del pueblo católico irlandés por parte de la Santa Sede. En Irlanda las tensiones entre los señores católicos de Irlanda y las autoridades inglesas presentes en la isla iban cada vez a más y la situación amenazaba con una revuelta contra el control extranjero. Los ingleses habían establecido a finales del siglo XV, en el este de la isla, una zona fortificada de una extensión de unos 30 kilómetros cuadrados llamada The Pale, o la Empalizada, un terreno llano y fértil entre los montes Wicklow al sur, y la ciudad de Dundalk, al norte, que permitía mantener una buena posición defensiva de guarniciones. 

Desde allí los ingleses trataban de extender su dominio a toda la isla. Y es que durante los siglos XIV y XV las rebeliones irlandesas, los brotes de peste negra, los asentamientos escoceses, y la Guerra de las Dos Rosas, habían dejado casi toda Irlanda en manos de los señores irlandeses que impusieron la cultura y la lengua gaélica irlandesa en sus territorios. Los ingleses se habían servido de uno de los clanes más poderosos de Irlanda para el control administrativo de la isla, los Fitzgerald, del condado de Kildare, pero en 1531 Enrique VIII eligió para el gobierno a los Butler, del condado de Oromond, lo que provocó la rebelión encabezada por Thomas Fitzgerald, X conde de Kildare, la cual fracasó y concluyó con la ejecución de su cabecilla. 

La reforma religiosa que impulsó el monarca inglés propició el aumento de las tensiones lo que condujo a diversas rebeliones, como la de Leinster, en 1550, las de Munster, en 1560, 1570 y 1580, o las de Desmond, en 1569 y 1579. Muchos irlandeses, católicos, se exiliaron a España y pasaron a la protección del monarca. Todo ello mientras proseguían los ataques irlandeses a La Empalizada. Los ingleses conjugaron la represión militar con la colonización de tierras irlandesas para acabar con la amenaza que estas rebeliones representaban a su autoridad. Desde España estas revueltas no pasaban inadvertidas; Felipe II, aunque ocupado con los asuntos de Flandes primero, y el trono de Portugal después, no perdía detalle de lo que ocurría en la isla, y mostraba un creciente deseo de ayudar al pueblo irlandés frente a su sempiterna enemiga, Isabel I de Inglaterra. 

Los acontecimientos se precipitaron con el intento inglés de apoderarse del Ulster y de mermar el poder de Hugh O´Neill, II conde de Tyrone, y el noble irlandés más poderoso de la época. Criado en La Empalizada tras el asesinato de su padre, Mathew, en las luchas por hacerse con el condado de Tyrone, estuvo bajo la protección de la familia Hoveneden. Ya mayor volvió al Ulster y participó del lado inglés en las revueltas de Desmond, por lo que en Londres se le consideraba una persona de confianza. La Guerra de los Nueve Años estalló en 1594 y Hugh O´Neill consolidó su poder en Irlanda tras ser nombrado en 1595 como jefe del clan O´Neill, lo que significaba asegurarse la lealtad del Ulster. 

- Contactos españoles. Las misiones diplomáticas en Irlanda

Ya desde 1586 los contactos establecidos con los rebeldes irlandeses eran bastante constantes y serios. Bernardino de Escalante, reputado marino, cosmógrafo y clérigo, escribió a Felipe II ese año advirtiendo de la necesidad de enviar un ejército a Irlanda que atacase las ciudades más importantes en poder inglés: Dublín y Warterford, y de allí saltar a Inglaterra e invadirla. Escalante reflexionaba sobre la importancia de enviar en el ejército a los numerosos exiliados irlandeses que se encontraban en España: "y para que esto tuviesse effecto (la invasión) seran de mucha importançia los cavalleros y prelados de aquella ysla que Su Magestad tiene entretenidos en España, y los demás señores y cavalleros que alla ay, a quien la Reyna no a podido reduçir a su obediençia". 

Por todos es sabido que en 1588 se envió una armada para invadir Inglaterra. El marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, era el encargado originariamente de llevar a cabo tan magna tarea y, entre otras cosas, planificó en primera instancia un desembarco en Cork o en Wexford, al sur de Irlanda, ya que aquellas costas eran bastante conocidas por los españoles, sobre todo después de que Lope de Avellaneda realizase un exhaustivo informe sobre los puertos del sur de la isla en 1586. Alejandro Farnesio, duque de Parma, rechazó esta idea por considerarla demasiado arriesgada: "temo que lo de la diversion por la via de Irlanda podria ser de notable daño, haziendolos levantar gente forastera y aperçevirse de otras cosas para la defensa". 

De este modo la armada se dirigió a Flandes para embarcar al ejército que allí aguardaba bajo el mando del duque de Parma. Nunca lo logró. Muchos supervivientes de aquella armada acabaron en tierras de Irlanda y fueron auxiliados por señores de aquel lugar. Por ejemplo, el navío San Marcos naufragó en el condado de Clare, en la zona conocida como Spanish Point, territorio de la familia O´Brien. El San Nicolás lo hizo en Toorglass, en el condado de Mayo, bajo la influencia de los Burke; y el Santa María de la Visión, lo haría en el condado de Sligo, de la familia O´Rourke. Estas familias que ayudaron a los españoles fueron represaliados por los ingleses, lo que reforzó los lazos de unión entre España e Irlanda. 

La Gran Armada española de Felipe II

Pero no podía arriesgar el monarca español otra empresa de la magnitud que la Gran Armada de 1588, y menos en las condiciones en las que se encontraban aún los irlandeses, todavía divididos ante los ingleses y sin una preparación militar adecuada. Los contactos se multiplicaron a comienzos de la década de los 90, cuando la revuelta parecía ser inminente. Hugh O´Donnell, uno de los líderes de la revuelta, escribía desde Donegal a los caballeros irlandeses al servicio de España el 8 de abril de 1593: "Por esto, de comun consintimiento de todos, hemos tenido por bien de embiar el Arzobispo Tuamense para tratar desto con Su Magestad, y para llevar a V. ms. los cavalleros que halli estan nuestras cartas para que hablen juntos con Su Magestad y le pidan con brevedad socorro. Y señores, procuremos todos assistir aqui y pelear y combatir por el servicio de Dios y para defender y ganar nuestras tierras". 

De esta forma James O´Healy, arzobispo de Tuam, se desplazó a Madrid para buscar el apoyo de la Monarquía Católica al mismo tiempo que desde Lisboa lo hacía el obispo irlandés Cornelius Laonen. Laonen escribía a la Corte pidiendo el envío de un ejército prometiendo que si ganaban, Felipe II conseguiría "perpetuo nombre, y un Reyno grande, y muy fertil, y sera en la puerta para entrar en Engalaterra, y no abra ingles por todas estas costas de España ni en Flandes, ni en Francia contra V. Magestad". Los contactos diplomáticos siguieron, dándose anécdotas tan curiosas como la que protagonizó John de Lacey cuando le envió un memorial sobre cómo debía ser el socorro español de Irlanda. 

Lacey propuso a Felipe II la creación de una orden militar en Irlanda a imagen y semejanza de la Orden de Santiago española, que sería llamada de San Patricio. Esta orden tendría sus sede en un enclave situado a orillas del lago Lough Derg, en Donegall, territorio del conde de O´Donnell, y el cargo de maestre de la orden sería ofrecido al monarca español, o en su defecto al hermano del emperador o a los hijos del duque de Saboya y la princesa Catalina Micaela: "y si a Su Santidad y a Su Magestad no les pareciere ser cosa conveniente elegir por maestre a ninguno de los principes arriba nombrados, soy de pareçer que por la primera vez se eliga uno de los grades de España o un hijo suyo, con tal de que vaya en persona a poner en su punto la instituçion desta santa orden y echar los ereges del Reyno de Yrlanda". 

La propuesta acabó muriendo con su creador en una tempestad, en la primavera de 1594, que hundió el barco en que iba embarcado el propio Lacey y algunos destacados miembros irlandeses, entre ellos el arzobispo O´Healy. España siguió mandando misiones diplomáticas y de inspección de las costas de la isla, más aún cuando las revueltas estaban obteniendo notables éxitos y la reina de Inglaterra empezó a tantear la posibilidad de una paz con ventajosas condiciones para los rebeldes. España no se podía permitir, en plena guerra contra Inglaterra, que el frente abierto por la revuelta irlandesa se cerrase, por lo que Felipe II envió en la primavera de 1596 al alférez Alonso Cobo a reunirse con los principales señores irlandeses en el castillo de O´Donnell, y negociar la continuación de la guerra. 

De esta forma los irlandeses acordaban seguir la lucha contra Inglaterra por su deseo de servir al rey Felipe, incluso llegaron a ofrecer el título de rey de Irlanda al cardenal archiduque Alberto de Austria, a condición de que residiese en la isla. Los preparativos para enviar una armada con un socorro se aceleraron, más aún después del ataque de una flota angloholandesa sobre Cádiz. Como comandante en jefe de la fuerza iría el adelantado mayor de Castilla, Martín de Padilla, y se envió un mensaje urgente a Irlanda: "Que en comun diga a todos los catholicos en virtud de su creençia, que Su Magestad se ha condolido de sus travajos y dessea tanto que la religion catholica buelva alli a su punto antiguo, que ha resuelto de socorrerlos, y assi trata de embiarles un buen numero de soldados". 

Una parte de los barcos zarparon desde Lisboa para reunirse con el resto de la flota en Ferrol en octubre de ese año. En total eran 98 buques que transportaban cerca de 17.000 hombres, pero a la altura de Finisterre se vieron azotados por un terrible temporal que dispersó la flota. Algunos barcos embarrancaron por la costa cantábrica y cerca de 2.000 vidas se perdieron. Lo cierto es que no se puede asegurar con certeza que la flota se dirigiera a Irlanda. Autores como Ricardo Cerezo Martínez en su obra Las Armadas de Felipe II, o Martin Andrew Hume en Españoles e Irlandeses en el siglo XVI, son de la opinión de que la flota tenía como destino las costas de Irlanda. Mientras que otros como Henry Kamen en Felipe de España, aseguran que la flota se dirigía realmente a las costas de Bretaña. 

Sea como fuere los irlandeses se quedaron ese año sin el socorro prometido desde España, siguiendo la lucha a pesar de las tentadoras ofertas de paz de los ingleses. El monarca español no desistió en su empeño y el 18 de octubre de 1597 zarpaba de La Coruña una flota que tenía como objetivo la costa sur de Cornualles, Inglaterra. La flota estaba comandada por Martín de Padilla, que tenía a su cargo algo poco más de 4.000 hombres y unos 300 caballos, pero a la entrada del Canal de la Mancha no tuvo más remedio que abortar la misión debido a un nuevo temporal. O´Neill y O´Donnell, los líderes de la revuelta, asistían con estupor a la tardanza del auxilio, y la muerte de Felipe II el 13 de septiembre de 1598 en El Escorial, no auguraba mejores perspectivas. 

Pero a pesar de ello los señores irlandeses continuaron la lucha y redoblaron los esfuerzos diplomáticos por tratar de conseguir la ayuda española, esta vez de la mano de Felipe III. De esta forma Hugh O´Neill y Hugh O´Donnell, en 1599, renovaron su compromiso jurando sobre libro misal y crucifijo, como indica Óscar Recio Morales en su Socorro de Irlanda en 1601 y la contribución del Ejército a la integración social de los irlandeses en España. Así mismo otros nobles gaélicos se apresuraron a hacer lo mismo como los líderes de los McDonnell o de los O´Rourke. Ahora el monarca español tenía un dilema muy serio: aceptar o no la soberanía sobre Irlanda que le ofrecían los señores de Irlanda, ya que aceptarla podía significar confrontar ese ofrecimiento con la soberanía que los reyes ingleses alegaban sobre la isla desde el siglo XII. 

Hugh O´Neill

Felipe III optó por enviar ayuda a los señores irlandeses. A comienzos del verano de 1599 se envió al sargento mayor Fernando de Barrionuevo a Irlanda para proveer de armamento y munición a los sublevados. Así, se desembarcaron en las costas irlandeses un millar de arcabuces y de picas, grandes cantidades de pólvora, plomo y cuerda. La guerra llevaba ya casi siete años y el ánimo y las fuerzas de los irlandeses comenzaban a menguar y su situación cada vez era más insostenible, haciendo llegar el mensaje al rey española a través de Barrionuevo. 

Para abril del siguiente año sería el capitán Martín de la Cerda el encargado de llevar nuevas provisiones a los irlandeses. Les entregó diversos retratos del monarca español, varias cadenas de oro, 1.000 ducados y centenares de arcabuces, así como pólvora y suministros. En verano el Consejo de Estado emitió consulta al monarca sobre la cuestión irlandesa, y éste se mostró con ánimo de auxiliar al fin a los hermanos católicos. "Esta obra sera tan servicio de Dios que ayudara a vençer las dificultades que se apuntan, y el mucho cuydado y zelo con el que el Consejo avivara los ministros a quien se encomendare la execución, y yo mandare proveer el dinero, aunque sea quitandole de lo necesario para mi persona y a de ser este año, y por esso lo resuelva todo el Consejo con gran prisa". 

- Preparativos del socorro

Durante todo el año 1600 las peticiones de ayuda se sucedieron y España no podía ser ajena a ellas, menos aún cuando el monarca ya había dejado bien claro al Consejo su voluntad de actuar al fina. Pero ese año no podría ser dado que los preparativos para una empresa así eran lentos y cuantiosos. Felipe III se impacientaba y para colmo, desde la Santa Sede se presionaba para salvar el catolicismo en la isla de Irlanda. De 1601 no podía pasar el socorro; y así fue. Si bien los intereses alegados normalmente para la intervención española en el conflicto anglo-irlandés siempre han girado en torno a la religión, la realidad es que otras razones mucho más importantes estaban detrás de la decisión que llevaron a España a intervenir. 

La principal y más poderosa razón era la necesidad de sojuzgar a un enemigo como Inglaterra, con el cual llevaba en guerra formal desde 1585, aunque indirectamente eran muchos más los años. Inglaterra era el principal aliado de las Provincias Unidas, y terminar con ella supondría, a priori, dar un giro importante en la Guerra de los Ochenta Años, en la que los rebeldes holandeses, en los últimos años del siglo XVI estaban obteniendo importante victorias. La firma de la Paz de Verbins entre Felipe II y Enrique IV de Francia, acababa con la amenaza constante que los franceses representaban al sur de Flandes, por lo que España podría destinar los recursos destinados a este teatro de operaciones, en su lucha contra los ingleses. 

No hay que olvidar tampoco que la reina Isabel se encontraba ya en el final de su reinado, dado su avanzada edad, y los católicos que había en Inglaterra podrían tener más fuerza si los españoles e irlandeses conseguían una victoria en Irlanda. También había motivos económicos y de recursos, pues no olvidemos que Irlanda podía ser una fuente importante de materias primeras para España, fundamentalmente de madera de excelente calidad y además de buenos marineros. Por no hablar de lo que supondría contar con bases navales en aquella isla, que supondrían un seguro para las flotas de Indias. 

Los preparativos del socorro se aceleraban, aunque las opciones de alcanzar los recursos estimados cada vez eran menores. En febrero de 1601 se realizó un informe sobre los recursos necesarios; 6.000 soldados y algo más de 300.000 ducados para el inicio de la empresa y otros 300.000 para mantener a las tropas durante los dos meses que se preveía duraría la campaña para el auxilio a los irlandeses. Entre Lisboa, Coruña, las Cuatro Villas y Vizcaya se reunieron casi 320.000 ducados. A finales de julio de ese año el alférez Sandoval partió a Irlanda con el mensaje de que el socorro ya era inminente, para satisfacción y alegría de O´Donnell y sus hombres. 

A pesar de que varios mandos militares, como el condestable de Castilla, Juan Fernández de Velasco, insistieron en que los recursos eran insuficientes, el 18 de septiembre de 1601 zarpaba la flota desde Lisboa; 20 navíos y 13 urcas particulares. Encabezaba la flota la capitana, el galeón San Andrés, de 900 toneladas; la almirante era el galeón San Felipe, de 700 toneladas. El galeón San Pedro era el de mayor tonelaje, con 1.000. Con 350 toneladas estaban los galeones Nuestra Señora de la Cinta y el San Lorenzo; Los galeoncetes Crucifijo y La Fe, eran de 260 toneladas, y también de menor tonelaje eran los navíos Santa Catalina Dobladiza, San Juan Evangelista, Santa María de Agosto, El Placer, y El Delfín de Escocia. 

Cerraban la formación los filibotes Estrella Dorada, Tobías y Cisne Camello, de 180 toneladas cada uno, y el Espíritu Santo, San Pedrillo y Santa Isabel de menor tonelaje, y la galizabra La Concepción y el volante San Juan Bautista. En cuanto a las urcas particulares estas eran la León Dorado I, León Dorado II, Leona Roja Dorada, Jonás el Viejo, Jonás el Chico, Reynaldos, La Pinaza, La Paciencia, San Rafael, Santa María, Ángel Miguel, San Daniel y Falcón Dorado, tal y como se indica en la relación hecha por Juan de Pedroso en Lisboa el 6 de septiembre de 1601. Una de las cosas que más llaman la atención hoy en día de esta partida es la falta de instrucciones relativas al puerto donde la flota debía desembarcar las tropas. Una cuestión que ha suscitado no pocos debates entre los historiadores que han estudiado en profundidad del tema. 

Galeón español siglo XVI. Olaf Rahardt


Mapa de Irlanda de la época

Bibliografía: 

- El socorro de Irlanda y la contribución del ejército a la integración social de los irlandeses en España (Oscar Recio Morales). 

- La cuestión de Irlanda desde la antigüedad hasta nuestros días (Eduardo de Huertas).


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